Santiago en mí

Pregones

Cada mañana mi barrio despierta con los simpáticos versos de uno de los tantos revendedores de los panes de corteza dura bautizados por el verbo popular como “pan especial”:

El buen pan/ tostadito, calentito, fresco/ sabroso, rico, exquisito/

Con sabor a mantequilla/ con sabor a mostaza/

De buena harina y en la puerta de su casa.

Desconozco el nombre del vendedor. Incluso, para referirse a él, muchos lo llaman “con sabor a mantequilla”. Por otra parte, es innegable la gracia de su pregón, tanto que a veces resulta una alevosía comprar un pan antes que culmine el último de los versos. Hay incluso quien espera tenerlo cerca y con una sonrisa amplia, sincera, feliz, completa el canto (…y en la puerta de su casa) cómo invención propia a medida que extiende los 5 pesos a los que asciende el mercado de segunda mano del pan especial, quedando en este caso, en ocasiones, la satisfacción de pagar por la ingeniosidad del vendedor.

No abundan en Santiago, sin embargo, muchos cultivadores del verso inteligente y rítmico de los pregones, aun cuando la ciudad se enorgullezca del desandar pausado de Bertha “la pregonera”, una de las defensoras a ultranza del arte del pregón. Ella misma ha dicho “No, la gente no pregona, la gente dice cosas, sin ninguna originalidad. Todos repiten lo mismo”.

Razón no le falta a Bertha. De un tiempo a esta parte, y como con muchas otras cosas que han sucedido, para bien de la ciudad, con la llegada del nuevo secretario del PCC en la provincia, Lázaro Expósito, se trató de recuperar la tradición del pregón al habilitar una serie de carretas tiradas por caballos que ahora deambulan por Santiago trayendo a los habitantes de la urbe las sabrosas frutas del Caney. Ese proyecto recibió el nombre de Rescate del Pregón, pero, lamentablemente, no bastó el nombre para lograr el objetivo. Más allá de las quejas por los precios de los productos que ofertan, o de que todas cargan con la misma mercancía, deseando muchos que culmine la época de mango para ver si las carretas cambian sus colores de un amarillo ya extenuante, lo cierto es que prácticamente ninguno de los que guían sus bestias por las estrechas calles santiagueras  se esfuerza por pregonar sus productos y se conforman con la seca mención de la mercancía. Apenas unos días atrás descubrí, quizás, al único de estos nuevos “carretoneros oficiales” que desgarraba la tarde en una de las calles cercanas a mi centro laboral, con los sonoros y simpáticos (como deberían ser todos los pregones) versos de un pregón.

Alguna que otra vez he escuchado que la Necesidad ha acabado con los pregones. Para mi una cosa no tiene por qué estar reñida con la otra, todo lo contrario. De pequeño siempre recuerdo varias ocasiones en que la gracia de un vendedor al promocionar su mercancía, pudo más que cualquier otra razón para impulsar a mi madre a comprar determinado producto. Crecí convencido de esto y en más de una oportunidad ha sido lo que me ha llevado a inclinar la balanza en mi indecisión por comprar algo.

Claro, tener gracia para vender no necesariamente incluya el pregonar. Hay quienes con sólo un monosílabo o una simple exclamación, se hacen imprescindibles en las tardes santiagueras. Así venden por nuestros barrios aquel del pan especial en bicicleta cuyo “Eh-eh!” lo delata con varias cuadras de antelación; o ese vendedor de maní tostado que sin tener que entonar “El manisero” de Moisés Simons, le basta con un sencillo “Di tú!” para hacerse de un sello personal; o aquel simpático, aunque a veces irritante, vendedor de escobas y “brilladores” artesanales que sorprende en medio del silencio bullicioso de una tarde en Enramadas, y sin previo aviso grita a todo pulmón “¡Eeeeee’cobaaaaaaaaa, briiiiiiilladoreeeeeeeeeeee!” sobresaltando a más de uno que luego se alegra de no padecer del corazón.

No obstante, queda el sabor agridulce de la nostalgia. La envidia sana de vivir lo que nuestros abuelos vivieron en una época donde el pregón adornaba cada esquina de la ciudad. Bertha “la pregonera” ha dicho que “el pregón es ahora una tradición porque la gente dejó de ser quien tenía que ser”. Es hora de que el pregón deje de ser una tradición para convertirse, definitivamente, en una realidad de la vida en Santiago.

Rita Montaner, la voz que dio fama a "El manisero" de Simons

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