Santiago en mí

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El Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba

Cada ciudad tiene el poder de sorprendernos, de conmovernos hasta los huesos; aunque la hayamos habitado durante toda una vida (centenaria en algunos afortunados casos). A veces basta un nuevo impulso, un nuevo objetivo, para mirar con ojos renacidos la añeja ciudad y descubrir (redescubrir) lo que siempre ha estado allí, generosamente esperando por nosotros. Para mí, ese nuevo impulso es este blog; ese nuevo objetivo es esta necesidad de redescubrir (descubrir) con otros ojos mi ciudad, para, a la par que la voy reconociendo, mostrarla a todo aquel que desee compartirla conmigo.

Así, una tarde de esas en que todo lo planificado se derrumba, y el día amenaza con esfumarse en un decepcionante aburrimiento, un cartel de marmórea apariencia, tantas veces visto durante años, se me vuelve certeza por vez primera y me impulsa a subir la breve y amplia escalinata que, desde la calle San Pedro, me lleva hasta el costado izquierdo de la Catedral santiaguera. Vencido los escalones y un corto trayecto entre largos y delgados troncos de madera que descansan acostados, en espera de futuros apuntalamientos; llego a una puerta estrecha, la cual, a pesar de estar abierta, nos enfrenta a una pared y demora el descubrimiento de su verdadero contenido, dejando toda el protagonismo informativo a las letras que sobre arco informan que estoy a unos pasos de visitar, por vez primera, el Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba.

La Catedral santiaguera guarda en uno de sus laterales, parte de la historia de la Iglesia católica en Cuba

Para mi, que no profeso religión alguna, las impresiones despertadas por esta visita serán, necesariamente, diferentes a las de quienes, desde su fe, descubran en cada imagen, en cada mueble, en cada texto u objeto; un mensaje específico, más allá del mero valor histórico o artístico que me atrajeron durante casi una hora y más. Cuanto aquí les comento lo hago con un objetivo específico: despertar la curiosidad por conocer esta otra parte de la historia santiaguera que, en ocasiones, escapa de los libros. Les hablo hoy pues, sobre el Museo que guarda la historia de la Iglesia Católica en Santiago y en Cuba.

Basta atravesar la angosta puerta principal, ya nos rodea un ambiente diferente, matizado por una extraña penumbra que poco después se nos revela causada no tanto por la carencia de luz como por la aglomeración de objetos de enormes dimensiones, colocados en un espacio que se antoja demasiado pequeño y apenas deja estrechos pasillos entre las muestras, en los cuales, difícilmente puedan permanecer paradas dos personas, una al lado de la otra. Para llegar hasta estas muestras expositivas, se debe subir una escalera de pétreos escalones al final de la cual, la imagen de Joaquín de Osés y Alzúa, primer arzobispo de Cuba, nos observa con una religiosa seriedad. El retrato de Osés, es uno de los que cubren toda la extensión de tres de las cuatro paredes del salón principal, mostrando en sus lienzos las figuras de toda la genealogía episcopal de esta Catedral, a excepción del arzobispo actual, Dionisio García y su antecesor, Pedro Claro Meurice Estiu.

Lo segundo que irremediablemente llama la atención, es la presencia del responsable del museo, un señor de mediana edad, bigotes y espejuelos; el cual se sienta tras un grueso escritorio que bien pudiera ser uno de los objetos en exposición, mientras escucha en su una pequeña radio, la música que transmite una emisora local, lo que brinda al ambiente un irreverente anacronismo. Es precisamente este señor el que, con voz monótona, aburrida, y que delata un discurso repetido en infinidad de ocasiones; indica el sentido del recorrido por los improvisados pasillos del museo: desde el primer retrato (justo al lado de una angosta abertura con ínfulas de puerta que interconecta los dos únicos salones del museo), siguiendo el sentido de las manecillas del reloj; luego se pasa al segundo salón (que se visita en el orden que se desee); y por último se regresa al salón inicial para apreciar los objetos que desbordan todo el centro de la sala.

El primer cuadro de la muestra queda, tal y como mencioné, al lado de la apertura que da lugar al salón contiguo; pero es una pequeña pintura ubicada justo sobre la pared que dibuja el arco de esa puerta, lo primero que llama mi atención. Se trata de una copia de la plumilla del pintor Dennis Gallardo, cuyo original se guarda en el Archivo de Indias, en Sevilla, España, y en la cual se representa la Ermita de Santa Catalina, primera iglesia con que contó la séptima villa fundada por los conquistadores en esta isla; y la cual se ubicaba en las antiguas calles Marina y Callejón de San Francisco (hoy Aguilera y Padre Pico). A partir de él, sí asistimos a toda la cronología de obispos que han sido nombrados para esta Catedral, amén que hayan oficiado en ella o no. Además del mencionado Monseñor Osés y Alzúa, destacan los santiagueros Monseñor Santiago José de Hechavarría y Elquezúa, quien fuera obispo de Cuba en 1769, según consta en la Bula del Papa Clemente XIV (escrita en latín con una caligrafía exquisita pero ilegible para ojos inexpertos), convirtiéndose así en el primer obispo residencial nacido en Cuba; y la de Monseñor Francisco de Paula Barnada y Aguilar, nacido en esta ciudad el 24 de abril de 1835, y quien se convirtiera en el primer arzobispo de origen cubano al gobernar la arquidiócesis santiaguera entre los años 1899 y 1913. Resalta también en esta galería episcopal, el retrato de Monseñor Enrique Pérez Serantes, quien bendijera e inaugurara, el 28 de diciembre de 1963, este Museo que hoy ostenta su nombre. Monseñor Pérez Serantes ofició en la arquidiócesis santiaguera entre los años 1949 y 1968. A su muerte, fue sepultado en la Catedral.

El Monseñor Enrique Pérez Serantes, bautizó e inauguró en 1963, este Museo que hoy lleva su nombre

Completan la muestra de esta sala una serie de esculturas, muebles, documentos, objetos de los más diversos orígenes, cada uno más sorprendente que el otro. Así encontramos Bulas papales originales, bajo la firma y sello de Pío XI; mitras y báculos usados por algunos de los obispos que nos observan desde sus lienzos, así como algunos de los objetos personales usados por el Papa Juan Pablo II durante su visita a esta ciudad en enero de 1998. Sin embargo, una de las impresiones más significativas que me deparó este salón, fue lo sentido ante la imagen de Santa María Magdalena penitente, tallada en madera policromada durante el siglo XVIII; copia de la existente en la Sala Capitular del Convento de las Descalzas Reales, en Madrid, obra de Alonso Cano. Está la santa con su mirada alzada hacia el techo, como a la espera de una revelación. Sus ojos, hechos de un material que mimetizan el brillo natural de los ojos humanos, y la exquisitez del tallado de sus facciones, me hicieron permanecer parado durante largo rato ante ella, sin poder apartar mis ojos de los suyos, como si esperara que de un momento a otro, la santa bajara su mirada y la enfrentara con la mía. Fue realmente una experiencia muy extraña, un estado sugestivo que, adivino, sea exactamente el propósito buscado por quienes crean estas figuras.

El segundo salón del museo, ubicado unos centímetros más alto que el principal, está ocupado casi en su totalidad por una enorme mesa rodeada de sus respectivas sillas, todo el conjunto hecho de un maderamen ya centenario. Detrás de este inmobiliario se alza un hermoso librero que guarda tras sus vitrinas, textos decimonónicos y contemporáneos, para su consulta como material bibliográfico. Las paredes de este salón tampoco escapan a los cuadros de temática religiosa: santos, vírgenes, ángeles, abundan en los lienzos. Sobresale también un enorme crucifijo, rescatado del Castillo del Morro, ante el cual se arrodillaban los condenados a muerte que guardaban prisión en aquella fortificación durante la colonia. Guardan las diversas vitrinas de este espacio, notables documentos relacionados con la vida católica de esta región. Allí están las partituras de puño y letra del presbítero Esteban (Estevan) Salas, maestro de capilla de la Catedral de Santiago y uno de los íconos de la música clásica cubana; también las actas que recogen los detalles sobre el traslado de la Vírgen del Cobre desde su sitio de reposo en la Iglesia del poblado El Cobre, con motivo de los combates llevados a cabo en esa zona entre mambises y españoles durante nuestras guerras de independencia; así como las actas de la primera misa celebrada en la manigua redentora, en el siglo XIX cubano.

Pero destacan en esta sala, a mi entender, dos piezas de singular significación. La primera de ellas, la copia de uno de los clavos de la crucifixión de Cristo, la cual está acompañada por un documento fechado en abril de 1832, el cual, en latín, certifica su autenticidad:

“Universis et singulis praesentes litteras inspecturis fidem facimus, atque gillo colligatum, appositum fuiste supra unum ex Sacris Clavis quibus D.N.J.C. crucifixus fuit, et asservatur in nostro sacrarum Reliquirum sacello in Monasterio Sanctae Crucis in Jerusalem de Urbe, tamque affabre elaboratum esse ut similimus videatur.

Datum Romae in nostro Monasterio Sanctae Crucis in Jerusalem”

La otra, y quizás la de mayor valor en toda la colección; es el cuadro del “Santo Ecce Homo”; óleo sobre madera de la autoría del pintor colombiano Francisco Antonio, pintado en Cartagena de Indias a principios del siglo XVII; luego de los cual, fue traído a esta ciudad de Santiago de Cuba en 1610 por Francisco Rodríguez y colocado en la puerta del sagrario del Altar Mayor de la catedral. Esta pintura se considera la más antigua de Santiago, y quizás de Cuba.
En el cuadro se representa la imagen de Cristo atado a una columna después de ser flagelado por los romanos. Pero su trascendencia, más allá de su antigüedad, radica en las leyendas que lo han rodeado desde el siglo XVII santiaguero; aspecto este que resulta ampliamente tratado por el historiado Rafael Duharte Jiménez en su libro “Lo real maravilloso santiaguero”. Una pequeña tarjeta que acompaña al cuadro, resume el origen de la leyenda:

“El Chantre Juan Lizano y Luyando vio en varias ocasiones cómo este cuadro sudaba sangre, otro sacerdote, celebrando una misa por el vecindario, oyó una voz repetida desde lo alto que decía: Ecce Homo, y desde ese entonces comenzó a llamarse por este nombre”.

Según cuenta el profesor Duharte, fue el propio chantre Juan Lizardo quien dio inicio a la fiesta del Santo Ecce Homo en 1648, “con vísperas, procesión y toda solemnidad”. Al Ecce Homo se le adjudicaron, con el tiempo, numerosos milagros, y nuevas leyendas lo fueron rodeando de un aire místico; incluso se asegura que su primer milagro estuvo asociado al episodio histórico que inspiro el primer poema épico de la literatura cubana: Espejo de paciencia.

Durante años, la imagen del Santo Ecce Homo estuvo asociada a los largos períodos de sequía que sufría la ciudad, durante los cuales se le solicitaba ayuda, en reclamo de lluvias. De ahí que, según “Lo real maravilloso santiaguero”, el fin del culto al Santo coincidiera con el nacimiento del primer acueducto de la ciudad; aunque, según la opinión de Antonio López de Queralta Morcillo, director del Museo Arquidiocesano, citado pr Rafael Duharte en el mencionado texto, la extinción del culto se debió a que “no llegó a ser nunca una cosa netamente popular, quedó en el alto clero y las familias del patriciado criollo”.

Muchos más detalles pueden ser encontrados, por ojos más perceptivos que los míos, en cada una de las muestras que guarda la Catedral santiaguera en uno de sus laterales. Es un espacio no sólo para los que profesan una fe, sino para toda aquella persona sensible a la belleza de las artes, de las obras humanas en general. De mi parte, ya está hecha la invitación. El resto queda por ustedes.

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