Santiago en mí

Archive for the month “marzo, 2011”

Mi Santiago (fotorreportaje) | La pupila insomne

 

Santiago no deja de cautivar a propios y “ajenos” (si es que los cubanos lo somos en alguna provincia de esta ínsula). La singularidad de su ” historia, arquitectura, cultura, calor humano y cubanía”, cautivan en esta ocasión a Odette Fernández López, quien desde La pupila Insomne nos regala estas hermosas instantáneas.

Puede disfrutar de otras fotografías en el siguiente enlace: Mi Santiago (fotorreportaje) | La pupila insomne.

 

Una ciudad, miles de ciudades

Hay instantes, etapas, épocas, en las que las sensibilidades andan a flor de piel; entonces, ese mundo nuestro, el tantas veces acusado de inamovible, monótono, perpetuo, se nos revela con nuevos matices e intensidades que nos sorprenden y, a la vez, renueva nuestra confianza en lo maravilloso.

Y creo que hice bien en declarar desde el principio ese mundo nuestro, porque, en esencia, lo que nos rodea no es más que un reflejo personal de una realidad preexistente, es la propia reconstrucción que hacemos, desde nuestras percepciones, desde nuestros recuerdos y vivencias, de ese entorno en el cual nos desarrollamos en ese diario que se llama vivir.

La ciudad no escapa de esta metamorfosis sensorial. Por el contrario, no creo hallar mejor ejemplo de cuanto digo que una ciudad, por ser ella el campo de nuestras acciones y, a la vez, la fuente de nuestras percepciones.

Cada ciudad es, potencialmente, miles (millones) de ciudades. Y no desde la aritmética sencilla del sumar cada uno de sus habitantes, sino desde la compleja matemática de ese otro mundo (inmenso, convulso y misterioso) que resulta la individualidad del ser humano.

De una de mis primeras lecturas de Saramago guardo una extensa cita que ha marcado profundamente mis creencias en el ser humano, y que en cierta medida creo que todos compartimos. Dice el universal portugués (y aquí, adrede, les transcribo un fragmento de la cita):

Viven en nosotros innúmeros (…) y de tantos innumerables que en mí viven, yo soy cuál, quién, qué pensamientos y sensaciones serán las que no comparto por pertenecerme a mí solo, quién soy yo que los otros no sean, o hayan sido o sean alguna vez.

Si damos por cierta nuestro carácter plural, entonces nos es más fácil entender esa volubilidad de nuestro entorno puesto que cada uno de nuestros innúmeros percibiría a la ciudad desde su propia naturaleza “individual”.

No obstante, pienso que para ser testigos activos de esa multiplicidad, se requiere de una sensibilidad exaltada, ya sea por don ¿divino? (natural, genético), tal y como ocurre a los artistas; o por sucesos que nos conmocionen (positiva o negativamente). Ambos casos son condiciones que se repiten durante la vida (incluso los artistas de mayor sensibilidad han de buscar experiencias que nutran ese don de llevar al arte la realidad), y cada una de ellas (llamémosle cada nueva experiencia) va conformando nuestra verdadera ciudad.

De esta forma, cada esquina, cada calle, cada parque, balcón, corredor, boulevard, adoptará la forma de nuestras experiencias en ellos. Ya la esquina no será la esquina, sino el lugar del encuentro fortuito; ya el parque no será el parque, sino el escenario del primer beso (o de la ruptura); ya la calle no será la calle, sino el camino que nos lleva hacia alguien o algo; y así, en un ciclo infinito que se renueva según nuestras propias vivencias.

Claro, también está el aporte físico, palpable, real, de la ciudad. Pocos la conocen en su totalidad. El día a día individual nos da una imagen sesgada de ella. Así, Santiago, para algunos, no es más grande que aquella villa primigenia que se escapaba del mar hasta la Ermita de Dolores; otros la extienden en una horizontalidad impuesta por los medios de transporte; no pocos la ven desde las nocturnidades bohemias de sus pasos; los menos, y más afortunados, son capaces de ubicarse en cualquiera de sus extensiones con sólo un risible esfuerzo mental; pero, incluso éstos, ¿cuán seguro están de conocer la ciudad? Creo que no mucho, y ellos mismos se sorprenderán redescubriendo barrios, callejones, parques, según sus propias historias vividas en ellos.

Es una estrategia interesante que adopta la ciudad para reinventarse; ¿o nosotros para reinventarla?, para no caer en la tentación de ceder a su fachada añeja, para renovar, con ella, ese amor que nos ata a sus perfiles empinados y a sus calles angostas, para convencernos que no hay barrios marginales sino marginados; para sentir que, en definitiva, la ciudad somos todos.

 

Padre Pico, el hombre

Ya hemos hablado en este blog de la popular (por qué no famosa) Escalinata de Padre Pico, enclavada en la calle del mismo nombre, otrora calle Hospital. Sus cualidades, su historia, sus leyendas, han elevado a esta arteria a una especie de mito popular, robándole de esta forma, a su nombre, toda huella de la humanidad que alguna vez lo poseyó. Es por esto que hoy me nutro de un artículo aparecido en el número 24 del Boletín Acción Ciudadana (Octubre 31 de 1942) en el cual se nos presentan algunos datos biográficos del Padre Pico, el hombre.

Bernardo Antonio del Pico y Redín, nació en Santiago de Cuba el 20 de agosto de 1726 y fue bautizado en la Santa Iglesia Catedral nueve días después. La posición holgada de su familia le permitió darle al pequeño una educación muy cuidadosa que lo inclinó, desde muy temprana edad, a abrazar la carrera eclesiástica, la cual estudió en el Colegio Seminario San Basilio el Magno.

Joven aún, dados sus merecimientos e inteligencia, ocupó cargos de responsabilidad en la Iglesia Católica, como son los de Consultor de Santo Oficio, Cura Rector de la Iglesia de Santo Tomás Apóstol, Prebendado Racionero, Promotor Fiscal, Vicario Episcopal, Provisor y Vicario y Dean del Cabildo, este último, cargo con que fue distinguido por recomendación del Obispo y nombramiento del Rey.

Del Pico y Redín fue reconocido por su labor altruista y sus obras de “caridad y progreso”, siendo la más recordada la fundación de la Casa de Beneficencia. Se cuenta que días antes de su muerte, ante el temor de que “sus pobres” fueran abandonados, ratificó en la última voluntad de su testamento de fecha 10 de noviembre de 1813, que todos sus bienes fueran heredados por dicho establecimiento, como en efecto se hizo.

El Padre Pico falleció en esta ciudad y fue sepultado en la Iglesia Catedral, el 14 de noviembre de 1813.

Vista de la Escalinata de Padre Pico en 1939

El 12 de octubre de 1903, el Ayuntamiento de Santiago de Cuba, en mérito a la obra del estimado santiaguero, acordó designar una de las calles de la ciudad con el nombre de Padre Pico, y fue seleccionada al efecto, la antigua calle del Hospital, que ostentaba ese nombre por encontrarse por encontrarse en dicha calle el “Hospital de San Juan de Dios”. Apenas diez días antes, se había estrenado la popular escalinata que marcaría, para siempre, la trascendencia de esta arteria santiaguera.

Del Padre Pico, el Boletín Acción Ciudadana escribió:

“El Dr Bernanrdo Antonio del Pico y Redín, fue un sacerdote ejemplar, que predicó a la manera de Cristo, la religión que profesaba, encendiendo el amor en las almas y compartiendo su pan con los necesitados”.

Mi breve espacio

Advierto a los lectores que esta entrada la dedico a mí, surge a modo de agradecimiento a esas personas que sin grandes pretensiones nos brindan una vuelta a la realidad y nos permiten salvarnos de los abismos que nos sorprenden en algún momento de este viaje que es vivir. A esos amigos, oportunos,…y por supuesto, a mi ciudad, dedico este breve espacio.

Tengo varios temas en el tintero. Me miran desconfiados de una espera que se traduce en días. Los miro condescendiente y comprensivo, sabedor de la aparente desidia, pero la cotidianidad me había absorbido, con su pragmatismo, sus miserias, sus giros inesperados; chocando contra mis días con un oleaje de acontecimientos imprevisibles y aletargantes que pospusieron los ímpetus y los ánimos.

Pero una vez más la ciudad sale a mi encuentro, como si por alguna extraña razón se viera comprometida (disculpen la vanidad) a retribuirme por estos últimos meses de renovado romance, por las horas trasnochadas e insomnes dedicadas a su estudio, a su redescubrimiento, siempre desde la humildad de mis ignorancias; la ciudad me abre sus noches tantas veces pospuestas, y me regala su más apacible instante y sus brisas barredoras de entuertos.

El milagro, como todos los que me ocurren con una frecuencia alarmantemente baja, una vez más no es divino, sino que llega de la mano de uno de esos amigos eternos, de los que se redescubren escondidos tras las décadas y se nos muestran reverdecidos, misteriosos, y en este caso, sumamente oportuno. Amigo que resurge de entre los olvidos involuntarios gracias a otra gran amiga, no menos misteriosa, no menos oportuna. Ambos, y la ciudad, me arrastran a otra cotidianidad, tan lejos de la propia que por un instante sólo somos tres (con la agradable omnipresencia de la cuarta).

Santiago, de noche, es un espectáculo que se lamenta haber pospuesto durante años casi. Sentarse en el Parque Céspedes cuando aún lo recorren los retardados pasos post jornada laboral, o va siendo tomado poco a poco, imperceptiblemente, por los bohemios de siempre, los que comienzan su vida cuando ya mis huesos se retiren de las inmediaciones de la plaza.

El Parque me hace un guiño cómplice de quien sabe se sabe expuesta a una nueva visión que se permite descubrir en sus arquitecturas, la historia que se escurre zalamera entre tantas otras cotidianidades. Ya me es difícil ver al Antiguo Club San Carlos sin sus tres pisos pre-terremoto, la Catedral se me antoja una vez más vulnerable a posibles sacudidas de tierra y a veces me descubro adivinando el sitio exacto en el que se alzaran alguna vez el espléndido y aún desconocido Arco de Triunfo, mientras supongo que de existir, tal vez pondría un poco más de gloria a la imagen anacrónica del Banco que hoy se roba el espacio y la historia del Antiguo Hotel Venus.

Por momentos me olvido de todo y sólo somos mi amigo, el parque y yo, pero de pronto pasa una afro descendiente con sus carnes gritando entre las dos tallas más cortas que intentan apresarlas y se abre un paréntesis…Sabes por qué las latinas son tan hermosas, porque son las mezcla perfecta entre las afro descendientes y las españolas?…la sentencia sin pretensiones se va detrás de las voluptuosidades y la noche vuelve a nosotros con su “atemporalidad.”

Luego el parque se hace caminata, las calles aprehendidas en la claridad de mis días se renuevan en matices de sombras y luces artificiales, como extendiendo sus encantos por las venas abiertas de la vetusta ciudad. Al final de mis pasos me exploro, me miro desde la misma hipercrítica posición en las que por estos días me observo, y una media sonrisa me alerta sobre los olvidos, los lastres abandonados y este pecho que ya no duele al respirar. Mañana será otro día. Gracias a la ciudad y los amigos, ya no da miedo despertar.

 

Obra del artista santiaguero Roberto Botta, el amigo.

 

“Santiago de Cuba preserva y difunde su historia patriótica y revolucionaria”

A propósito de un artículo del periódico Sierra Maestra

Leo la siguiente noticia en la edición digital de la prensa santiaguera, y una vez más se despierta esa venita vanidosa del santiaguero orgullosos de su historia (

www.sierramaestra.cu – Santiago de Cuba preserva y difunde su historia patriótica y revolucionaria.

); sin embargo, me queda la certeza de que nunca es suficiente el esfuerzo que se haga por “preservar y difundir” el pasado histórico de una ciudad como Santiago.

Justo ayer tuve certeza de esta idea. Disfruté de la oportunidad de ver parte de la tesis titulada “Inventario de los componentes del sistema defensivo costera de la entrada de la bahía de Santiago de Cuba. Propuesta para una Gestión Patrimonial Integral”, de la especialista Raquel Blanco Borges, y no me explico cómo algunas de las propuestas que de ella se derivan no han sido aún llevadas a cabo.

Se trata de que, aún cuando el Castillo del Morro se alza majestuoso a la entrada de la bahía santiaguera, y se ha convertido con el devenir del tiempo, en un centro turístico y de promoción cultural; escapan, incluso a la vista y las sensaciones de quienes lo visitan, o quienes gozan de las playas cercanas, una gran parte de la historia colonial santiaguera, sumida en ruinas que se ahogan entre el oleaje de las plantas parásitas que cubren a la vista lo que debería estar expuesto al conocimiento público.

El Fuerte de la Estrella es uno cuyos restos a veces pasa inadvertidos

Gran parte de lo que fue el sistema defensivo santiaguero durante la Colonia, se reduce hoy, para el saber popular, en el Castillo del Morro y, sin embargo, muchos bajan por las laderas rocosas de su anatomía, caminan por sobre el remozado puentecillo de hierro de lo que fuera la Fortaleza de Avanzada, y se dirigen a la parada de los camiones que se apropian del transporte para esta zona, sin percatarse que han (hemos) caminado sobre las ruinas de una historia “mal contada”.

Como parte de la propuesta de Raquel Blanco, se menciona el señalizar parte de este recorrido, crear espacios recreativos en lugares como el Fuerte de Avanzada, o la recreación, mediante maquetas, de parte del armamento que señoreaba en estas zonas.

Orgullosos vivimos los santiagueros de nuestra historia, y mucho más estaríamos, si no se nos escapara entre los dedos del olvido, una parte casi desconocida más allá de los círculos académicos.

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