Santiago en mí

A propósito de la Feria del Libro en Santiago

Se desarrolla por estos días en la ciudad de Santiago de Cuba, y otras ciudades y poblados de la región oriental del país, la jornada final de la XX Feria Internacional de Libro, Cuba 2011. Más de 4 mil títulos, según asegura la prensa provincial, han sido a puestos a disposición de los lectores en la Sede Central de las actividades relacionadas con la feria en esta ciudad, el Teatro Heredia; y otras dos subsedes en librerías santiagueras; además del llamado Proyecto “Los libros andan”, con el cual se pretende llevar los libros hacia localidades apartadas dentro y fuera del marco citadino.

En esta oportunidad, mis obligaciones laborales casi me habían llevado a creer que este año no sería más que un actor pasivo del evento cultural-literario que atrae a una gran parte de la población. Sin embargo, factores que en otras ocasiones me han llevado a rezongar a diestra y siniestra ante la evidente apropiación de mi tiempo útil; me brindaron hoy la oportunidad de despejar mi horario y dedicar unos minutos para “darme un salto” hasta las vecinas áreas del Teatro Heredia y “empaparme” un poco, del ambiente que se vive en la ciudad.

Una vez más el punto elevado de toda esta fiesta que significa la Feria del Libro en Santiago, y Cuba en general, es la masiva concurrencia de público, incluso, en horarios que no son los más propicios. Este público, justo es aclarar, se compone en su mayoría de niños y jóvenes escolares que desbordan los espacios del Complejo Cultural Heredia, tiñendo cada área con lo colores de sus uniformes. Cientos y cientos de niños de primaria y secundaria básica que apenas dejan espacio para el resto de los visitantes; se aglomeran frente a los quioscos de venta; corren de un lado para otro, hilvanando juegos como las cuentas de un collar; se apropian de los “aparatos” que, a modo de Parque de Diversiones, les roban sus gritillos nerviosos y risas estridentes en el cercano parqueo de la Ciudad Deportiva; o se apostan expectantes frente al escenario del Pabellón de Papel, donde otros artistas en miniatura se desenvuelven al ritmo de la música, con la seriedad y el “profesionalismo” digno de empresas mayores.

Para mí, siempre ha sido un logro esta idea de la concurrencia masiva de niños a la Feria, esa asociación de los libros con la diversión, porque, a fin de cuentas, leer no es más que otra forma de diversión.

Pero, y siempre hay un pero, mis ya asiduas visitas a la versión santiaguera de la Feria del Libro, me llevan a comparar y a emitir mis juicios muy personales, de sus pro y sus contra, siempre con vistas a lograr (ambiciosa pretensión) que estos criterios pudieran contribuir a mejorar lo que, a todas luces, es mejorable.

En primer lugar, parece ser que los organizadores de la Feria en Santiago se han quedado cortos de ideas, pues no puede ser que año tras años se repitan los mismos errores, y entre las humanidades que desesperan en una cola, se escuchen las mismas quejas.

En una entrada anterior me alegraba que se retomaran este año las subsedes en librerías de la ciudad, pero está comprobado que dos librerías no bastan, menos, cuando las escogidas no son las que cuentas con mayor capacidad. Ahí tenemos a la espaciosa y bien acondicionada Librería Ateneo “Amado Ramón Sánchez”, justo en la céntrica calle Enramadas, y la no menos espaciosa Librería “José Antonio Echeverría”, en la Avenida Victoriano Garzón; incluso las áreas de la Plaza de Marte, la cual ya sirvió de librería al aire libre en una edición anterior; sin embargo, no actúan como subsedes del evento. Por otra parte, las amplios espacios del Teatro Heredia son subutilizados, comenzando por la llamada “Gran Librería”, que no es más que un eufemismo para un salón no muy grande donde, entre mesas, estantes, libros y personas, apenas se puede disfrutar de ese momento íntimo en que se acaricia un libro como sopesando, con el roce de las manos, la oportunidad de comprarlo en ese instante, o darle prioridad al texto que aún no se ha encontrado. Malabares se han de hacer para alcanzar los libros en las estanterías, incluso para leer por sobre decenas de hombros, el título que se oculta entre las sombras más profundas del anaquel. Todo esto, si antes no has sido vencido por el desespero que se va apoderando de los más pacientes, a la entrada de la “Gran Librería”, en una cola interminable no por lo extenso, sino por la demora.

Una vez visitado este salón principal donde, justo es reconocerlo, siempre se encuentran títulos de interés, dedicar un paseo a las áreas exteriores del Teatro, es una experiencia realmente decepcionante. Apenas cuatro estanquillos deslucidos son prácticamente devorados por la masa y el desorden de cientos de niños que se agolpan a la caza de los títulos infantiles que se roban el protagonismo ¡en los cuatro estanquillos!, y hacen preguntarse dónde suman 4 mil  los títulos expuestos.

Para no abusar de la crítica estéril me permito brindar algunas sugerencias. Primero, ¿por qué no están bien definidos los espacios de cada editorial, de forma que se puedan identificar sin dificultades las ofertas de cada una de ellas?; ¿por qué no dejar toda la planta baja del Teatro Heredia, incluidos sus descoloridos estanquillos, para la venta de literatura infantil (y el Pabellón de papel), y acomodar otros espacios en los pisos superiores, para los que asisten a la feria en busca de otros títulos; de forma tal que no tengan que “combatir” con las hordas de liliputienses que invaden cada espacio posible?; ¿por qué no se le brinda un espacio especial, visualmente agradable, a las ediciones provinciales, toda vez que muchos de sus títulos, por razones obvias, se pierden en su timidez monocromática, entre los coloridos títulos de editoriales nacionales? (algunos de los títulos que más llamaron mi atención en toda le previa a esta etapa de la feria, pertenecen a la Editorial Oriente, sin embargo, jamás puede hallarlos dentro de la vorágine de la versión santiaguera).

Una vez más mi visita a la Feria del Libro me deja un amargo sabor, aún cuando logré adquirir interesantes propuestas literarias. Desde ya, quedo a la espera próxima edición, para la cual, más allá de las expectativas por las novedades editoriales y el antiguo anhelo de hallar las lecturas adeudadas, conservo la esperanza de una mejor organización.

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