Santiago en mi

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En el espejo

“No deberían dejar espejos colgados en sus habitaciones”. Esta advertencia de Virginia Woolf nos previene de los peligros que acechan en un acto aparentemente anodino como es pararse frente al espejo. El espejo derrama una luz que fija, que parece algún ácido que desprende lo accesorio y lo superficial y deja solola verdad. Metomado la libertad de citar a la Wolf casi textualmente a propósito de algo que considero evidente: la verdad puede no ser placentera.

En el espejo ejemplifica este último aserto, muestra que detrás de los gestos y actitudes cotidianas subyace una realidad que trastoca el sentido de las relaciones interpersonales. El egoísmo, la mezquindad, la hipocresía latente de ciertas convenciones lastra y corroe los espíritus y, lo que es peor, lo envuelve en la nada, en el vacío. Somos criaturas venales, nuestro cuerpo es nuestra mejor mercancía: tabla de salvación, sitio donde se confirman o mueren las utopías que nos hemos forjado a lo largo de nuestras vidas.

Hay aquí un gustillo por lo grotesco y lo deforme, ello es, sin duda, la manera que tienen los artistas de pone el dedo en la llaga para arrancar el velo (la costra) que cubre nuestros ojos. El espejo ha devuelto la imagen que no queremos. El espejo es traicionero, brutal. El espejo es nuestro peor enemigo.

En el espejo confirma que las cosas no están como deberían, tampoco hace un decálogo, esa es su mayor virtud, de cómo tendrían que ser. No es asunto de los artistas mejorar el mundo, tampoco, el de crear ensoñaciones escapistas que de nada sirven. Su misión es la de provocar las preguntas que nadie se atreve a hacer.

Queda también la posibilidad, una entre tantas otras, de la risa zumbona, de la ironía que se desentiende de lo serio y se burla de sí misma y de todo lo que la rodea. Irónicay paradójicamente el espejo se torna, ahora, por una de esas vueltas de tuerca insospechadas, en nuestro mayor aliado, la imagen que devuelve, transformada y  nítida, es la de un yo nuevo, que no asqueado ni conforme, que asume su realidad, la realidad, como le viene en gana, sin quebraderos de cabeza ni gritos lanzados al vacío.

Javier Cascaret

Palabras al Catálogo dela Exposición Colectiva“En el espejo”

Galería Oriente, Santiago de Cuba, 9 de febrero de 2012-02-10

Obra colectiva de amigos y amigas. Desde la gestación de la idea hasta el intercambio en el marco dela inauguración. Losartistas: Elsa Ortiz Mella, Ceilán Domínguez Salmón, José Manuel Fernández Lavado y Yaraimis García Moro

En el espejo. catálogo

Regresos (I)

Regresar siempre tiene una magia que se afianza en los recuerdos y las nostalgias. Recuerdos que va emergiendo desde los diferentes escondrijos de la memoria, donde los fuimos guardando, más o menos accesibles, según los humores del alma. Nostalgias que se agolpan contra el pecho no bien el regreso se nos vuelve certeza con su aluvión de olores y sonidos creídos olvidados tiempo atrás.

Hay regresos que nacen despedidas. Son retornos a un oasis sensorial, descontaminación del día a día. Se apropian, con sus escenas renacidas, de cada centímetro del cuerpo y desplazan con su novedad reestrenada, esos pensamientos enraizados (y cuando digo enraizados quiero decir hirientes, dolorosos en su proceso de apropiación de toda idea) en esta mente contaminada e insomne.

Regreso a la ciudad bulliciosa; la de las apariencias. La ciudad de las guaguas y las colas, la que habla a otro ritmo, la que resume al resto del país en un (en ocasiones peyorativo) Oriente. Regreso a la ciudad narcisista que se mira (majestuosidades y miserias) en el mismo mar diferente, savia que brota del muro que se eterniza en tiempo y espacio, y desde donde se sueñan (casi se palpan) nuevos horizontes: unos, allá sobre la línea donde no termina el mundo; otros, a 969 km de regreso.

Esta es la ciudad de un pasado intemporal del cual tal vez aún guarde resabios de la cotidianidad de mis pasos. Esta es la ciudad de los amigos omnipresentes.  Esta ciudad, hoy, es un sitio que se me muestra honesto, con esa honestidad de lo ya escrito, de lo imborrable. Es, justamente, la balsa que me rescata de esas profundidades donde los brazos agotados de mi Santiago han perdido su primera batalla.

Estrena el artista de la plástica santiaguero, Roberto Botta, su blog-galería.

Atento al avance de las nuevas tecnologías y la necesidad de promocionar el arte joven que se realiza en Santiago de Cuba, el artista plástico santiaguero Roberto Botta, estrena un blog-galería desde el cual se podrá acceder a lo más reciente de su producción artística, además de recoge una muestra digital de cuanto ha sido su trayectoria hasta la actualidad.

Nacido en Santiago de Cuba el 7 de abril de 1982, Botta, miembro dela Asociación Hermanos Saízen esta provincia, incursiona ahora en el mundo de los blogs aprovechandola plataforma WordPresspara compartir su arte a todos los internautas.

En su blog, el artista define su obra en los siguientes términos:

Ha sido siempre objeto constante de interés e inquietud en mi obra, la conducta psicológica del ser humano y su interacción con los de su grupo y especie, o sea, para ser más exacto, el “individuo”, a la vez que pretendo analizar la veracidad del término. La pregunta que me formulo, trato de responder y demostrar, es hasta dónde en realidad somos individuos (de individuales: capaces de responder autónomamente a nuestros dictámenes sin sufrir las interferencias objetivas y subjetivas del grupo al que pertenecemos).

No pretendo nunca representar la realidad tal y como la procesan mis sentidos, le atribuyo soluciones pictóricas a manera de íconos, símbolos o personajes, empleando siempre la combinación de técnicas pictóricas en un intento de mantenerme investigando las posibilidades que oferta la pintura con sus disímiles técnicas y los resultados visuales novedosos para mí que esta puede arrojar.

Le deseamos suerte en este nuevo proyecto y desde acá le agradecemos el brindarnos la oportunidad de entrar en contacto el arte joven santiaguero.

Puede acceder al blog del artista desde el siguiente vínculo: Roberto Botta

Una ciudad, miles de ciudades

Hay instantes, etapas, épocas, en las que las sensibilidades andan a flor de piel; entonces, ese mundo nuestro, el tantas veces acusado de inamovible, monótono, perpetuo, se nos revela con nuevos matices e intensidades que nos sorprenden y, a la vez, renueva nuestra confianza en lo maravilloso.

Y creo que hice bien en declarar desde el principio ese mundo nuestro, porque, en esencia, lo que nos rodea no es más que un reflejo personal de una realidad preexistente, es la propia reconstrucción que hacemos, desde nuestras percepciones, desde nuestros recuerdos y vivencias, de ese entorno en el cual nos desarrollamos en ese diario que se llama vivir.

La ciudad no escapa de esta metamorfosis sensorial. Por el contrario, no creo hallar mejor ejemplo de cuanto digo que una ciudad, por ser ella el campo de nuestras acciones y, a la vez, la fuente de nuestras percepciones.

Cada ciudad es, potencialmente, miles (millones) de ciudades. Y no desde la aritmética sencilla del sumar cada uno de sus habitantes, sino desde la compleja matemática de ese otro mundo (inmenso, convulso y misterioso) que resulta la individualidad del ser humano.

De una de mis primeras lecturas de Saramago guardo una extensa cita que ha marcado profundamente mis creencias en el ser humano, y que en cierta medida creo que todos compartimos. Dice el universal portugués (y aquí, adrede, les transcribo un fragmento de la cita):

Viven en nosotros innúmeros (…) y de tantos innumerables que en mí viven, yo soy cuál, quién, qué pensamientos y sensaciones serán las que no comparto por pertenecerme a mí solo, quién soy yo que los otros no sean, o hayan sido o sean alguna vez.

Si damos por cierta nuestro carácter plural, entonces nos es más fácil entender esa volubilidad de nuestro entorno puesto que cada uno de nuestros innúmeros percibiría a la ciudad desde su propia naturaleza “individual”.

No obstante, pienso que para ser testigos activos de esa multiplicidad, se requiere de una sensibilidad exaltada, ya sea por don ¿divino? (natural, genético), tal y como ocurre a los artistas; o por sucesos que nos conmocionen (positiva o negativamente). Ambos casos son condiciones que se repiten durante la vida (incluso los artistas de mayor sensibilidad han de buscar experiencias que nutran ese don de llevar al arte la realidad), y cada una de ellas (llamémosle cada nueva experiencia) va conformando nuestra verdadera ciudad.

De esta forma, cada esquina, cada calle, cada parque, balcón, corredor, boulevard, adoptará la forma de nuestras experiencias en ellos. Ya la esquina no será la esquina, sino el lugar del encuentro fortuito; ya el parque no será el parque, sino el escenario del primer beso (o de la ruptura); ya la calle no será la calle, sino el camino que nos lleva hacia alguien o algo; y así, en un ciclo infinito que se renueva según nuestras propias vivencias.

Claro, también está el aporte físico, palpable, real, de la ciudad. Pocos la conocen en su totalidad. El día a día individual nos da una imagen sesgada de ella. Así, Santiago, para algunos, no es más grande que aquella villa primigenia que se escapaba del mar hasta la Ermita de Dolores; otros la extienden en una horizontalidad impuesta por los medios de transporte; no pocos la ven desde las nocturnidades bohemias de sus pasos; los menos, y más afortunados, son capaces de ubicarse en cualquiera de sus extensiones con sólo un risible esfuerzo mental; pero, incluso éstos, ¿cuán seguro están de conocer la ciudad? Creo que no mucho, y ellos mismos se sorprenderán redescubriendo barrios, callejones, parques, según sus propias historias vividas en ellos.

Es una estrategia interesante que adopta la ciudad para reinventarse; ¿o nosotros para reinventarla?, para no caer en la tentación de ceder a su fachada añeja, para renovar, con ella, ese amor que nos ata a sus perfiles empinados y a sus calles angostas, para convencernos que no hay barrios marginales sino marginados; para sentir que, en definitiva, la ciudad somos todos.

 

Mi breve espacio

Advierto a los lectores que esta entrada la dedico a mí, surge a modo de agradecimiento a esas personas que sin grandes pretensiones nos brindan una vuelta a la realidad y nos permiten salvarnos de los abismos que nos sorprenden en algún momento de este viaje que es vivir. A esos amigos, oportunos,…y por supuesto, a mi ciudad, dedico este breve espacio.

Tengo varios temas en el tintero. Me miran desconfiados de una espera que se traduce en días. Los miro condescendiente y comprensivo, sabedor de la aparente desidia, pero la cotidianidad me había absorbido, con su pragmatismo, sus miserias, sus giros inesperados; chocando contra mis días con un oleaje de acontecimientos imprevisibles y aletargantes que pospusieron los ímpetus y los ánimos.

Pero una vez más la ciudad sale a mi encuentro, como si por alguna extraña razón se viera comprometida (disculpen la vanidad) a retribuirme por estos últimos meses de renovado romance, por las horas trasnochadas e insomnes dedicadas a su estudio, a su redescubrimiento, siempre desde la humildad de mis ignorancias; la ciudad me abre sus noches tantas veces pospuestas, y me regala su más apacible instante y sus brisas barredoras de entuertos.

El milagro, como todos los que me ocurren con una frecuencia alarmantemente baja, una vez más no es divino, sino que llega de la mano de uno de esos amigos eternos, de los que se redescubren escondidos tras las décadas y se nos muestran reverdecidos, misteriosos, y en este caso, sumamente oportuno. Amigo que resurge de entre los olvidos involuntarios gracias a otra gran amiga, no menos misteriosa, no menos oportuna. Ambos, y la ciudad, me arrastran a otra cotidianidad, tan lejos de la propia que por un instante sólo somos tres (con la agradable omnipresencia de la cuarta).

Santiago, de noche, es un espectáculo que se lamenta haber pospuesto durante años casi. Sentarse en el Parque Céspedes cuando aún lo recorren los retardados pasos post jornada laboral, o va siendo tomado poco a poco, imperceptiblemente, por los bohemios de siempre, los que comienzan su vida cuando ya mis huesos se retiren de las inmediaciones de la plaza.

El Parque me hace un guiño cómplice de quien sabe se sabe expuesta a una nueva visión que se permite descubrir en sus arquitecturas, la historia que se escurre zalamera entre tantas otras cotidianidades. Ya me es difícil ver al Antiguo Club San Carlos sin sus tres pisos pre-terremoto, la Catedral se me antoja una vez más vulnerable a posibles sacudidas de tierra y a veces me descubro adivinando el sitio exacto en el que se alzaran alguna vez el espléndido y aún desconocido Arco de Triunfo, mientras supongo que de existir, tal vez pondría un poco más de gloria a la imagen anacrónica del Banco que hoy se roba el espacio y la historia del Antiguo Hotel Venus.

Por momentos me olvido de todo y sólo somos mi amigo, el parque y yo, pero de pronto pasa una afro descendiente con sus carnes gritando entre las dos tallas más cortas que intentan apresarlas y se abre un paréntesis…Sabes por qué las latinas son tan hermosas, porque son las mezcla perfecta entre las afro descendientes y las españolas?…la sentencia sin pretensiones se va detrás de las voluptuosidades y la noche vuelve a nosotros con su “atemporalidad.”

Luego el parque se hace caminata, las calles aprehendidas en la claridad de mis días se renuevan en matices de sombras y luces artificiales, como extendiendo sus encantos por las venas abiertas de la vetusta ciudad. Al final de mis pasos me exploro, me miro desde la misma hipercrítica posición en las que por estos días me observo, y una media sonrisa me alerta sobre los olvidos, los lastres abandonados y este pecho que ya no duele al respirar. Mañana será otro día. Gracias a la ciudad y los amigos, ya no da miedo despertar.

 

Obra del artista santiaguero Roberto Botta, el amigo.

 

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