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Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba: Una atenta mirada ( fotos) « portal de la ciencia cubana

La pintura del Santo Ecce Homo, considerada la obra pictórica más antigua en Cuba, es una de las piezas que más atrae la atención de los visitantes al Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba (más de 900 kilómetros al oriente de La Habana), desconocido para muchos a pesar de su casi medio siglo de existencia.

La institución, situada en uno de los laterales de la Catedral, atesora un valioso patrimonio que da fe de la historia de la Iglesia Católica en el país y del propio devenir de los cubanos.Creado en 1963 por el Monseñor Enrique Pérez Serantes, de quien toma su nombre, es uno de los más importantes dedicados al arte religioso en Cuba, y a sus archivos y documentos acuden estudiosos nacionales y extranjeros.

Una visita al recinto depara sorpresas que van desde partituras originales del prebístero Esteban Salas, quien fue aquí maestro de capilla y está considerado el Padre de la música cubana, hasta el acta de la primera misa realizada en Cuba libre, en El Cobre, el 8 de septiembre de 1898.

En la misma entrada pueden observarse las imágenes de los primeros obispos, incluido el primero cubano, Santiago José Echavarría, y el primer arzobispo, el catalán Joaquín de Osés Orzúa, quien construyó en 1819 la cuarta versión de la catedral, con estilo barroco e influencias criollas.

La muestra expuesta en el Museo refleja los avatares del inmueble, tras fenómenos naturales e incendios que demandaron sucesivas reconstrucciones. Tal es el caso de la realizada en 1851 bajo la tutela de San Antonio María Claret, después de un terremoto que destruyó la torre y requirió una transformación que la dejó tal como está actualmente en el interior.

En los tiempos fundacionales, alrededor de 1522, la Iglesia atendía desde este enclave una extensa área del Caribe, que incluía varias islas y una parte de la porción sur de América del Norte. Radicaba entonces la institución, tras su traslado desde Baracoa, en la intersección de las actuales calles Padre Pico y Aguilera, donde estuvo luego la cárcel municipal y acoge hoy a la Oficina de la Historiadora de la Ciudad.

El patrimonio atesorado incluye la copia de uno de los clavos de la crucifixión de Cristo, con su correspondiente documento de autenticidad fechado en 1832 y un crucifijo salvado del incendio de Bayamo, en una talla en madera policromada, de autor anónimo, en una manufactura criolla de finales del siglo XVII a principios del XVIII.

Entre las piezas, prendas utilizadas por el Papa Juan Pablo II durante su visita a esta ciudad en 1998: relicarios y casulla usados en la misa del 24 de enero de ese año en la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, donados a la institución.

Mediante fotos se recuerda la primera vez en que se coronó a la Virgen de la Caridad del Cobre en la avenida de La Alameda, el 20 de diciembre de 1936. Igualmente puede apreciarse una estatuilla de madera policromada de Santiago Apóstol, el Santo Patrón de la Ciudad, obsequiada al Museo por el político español Manuel Fraga Moreno, recientemente fallecido.

Entre las pinturas resaltan la consagrada a Nuestra Señora la Virgen del Carmen, un óleo sobre tela atribuido al artista cubano Nicolás de La Escalera, a mediados del siglo XVIII, y el óleo sobre cartón dedicado a la Virgen de la Caridad del Cobre por el español radicado en La Habana Víctor Patricio Landaluce, de la segunda mitad del XIX.

El Santo Ecce Homo, del colombiano Francisco Antonio, fue traído de Cartagena de Indias a Santiago de Cuba en 1610 y colocado en la puerta del sagrario del altar mayor de la catedral. Una leyenda local surgió después cuando uno de los asistentes a la misa del Espíritu Santo aseguró haberlo visto sudar.

Como refleja el historiador Rafael Duharte, uno de los cronistas mayores de la urbe, se fue construyendo así, entre los años 1630 y 1643, la devoción a la deidad al punto de imponerse en 1648 la fiesta del Santo Ecce Homo, con toda solemnidad. El paso del tiempo fue sumergiendo en el olvido ese culto, alrededor del cual se tejieron disímiles conjeturas que aún permanecen. “He aquí el hombre” es la traducción del latín y así parece decir hoy a los visitantes el más enigmático de los cuadros de este Museo Arquidiocesano

Tomado de Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba: Una atenta mirada ( fotos) « portal de la ciencia cubana.

Santiago de Cuba: guardiana de la pintura más antigua de Cuba

Hay tesoros que se mantienen escondidos a la vista del hombre, en cambio, existen otros que no, son nuestros ojos los que se muestran ignorantes a su luz. Tal es el caso de el Ecce Homo, una de las reliquias que guarda el Museo Arquidiocesano Enrique Pérez Serante.

Quienes lo ven quizás no sientan admiración por sus colores. Algunos no hallarán relevante la técnica empleada, otros, dudarán sobre el mejor nombre o la posición de la imagen. Lo que sí no se puede dudar es que constituye la pintura más antigua de Cuba.

“Muchos afirman que el Ecce Homo está asociado a una serie de milagros, diversos son los testimonios respecto al tema. Uno de ellos fue el del sacerdote Juan Lizano y Luyano, quien atestiguaba que en los primeros años de creado, vio al cuadro sudar sangre. Otro sacerdote, celebrando una misa por el vecindario, oyó una voz repetida desde lo alto que decía ‘Ecce Homo’, y desde entonces la pintura comenzó a llamarse por este nombre. También ataques de corsarios y piratas se vieron frustrados por las peticiones que se le hacían”, expresó José Agustín Fernández Cano, guía del museo.

Su nombre significa He aquí el hombre, y fue la frase que expresó el gobernador romano Pilato en el pretorio, cuando presentó a Cristo delante de los judíos que aclamaban su crucifixión.

Según José Agustín: “el cuadro fue pintado en 1610 en Colombia por Francisco Antonio, como un encargo hecho por la propia religión cristiana de nuestro país, ya que la imagen del Cristo azotado tenía mucha devoción entre la población que abrazaba esta religión.”

Entre 1617 y 1618 la pintura llega a Santiago de Cuba y es colocada en la puerta de un sagrario de madera en la Catedral, otra de las reliquias que conserva el museo actualmente.

En el libro Apuntes sobre el grabado y la pintura en Cuba, del historiador cubano del arte Jorge Rigol, aparece la referencia al Ecce Homo.

Así mismo en el libro La Catedral de Santiago de Cuba, de la historiadora de la ciudad la Doctora Olga Portuondo Zúñiga, también se pueden encontrar datos sobre la pintura.

Tomado de

Santiago de Cuba: guardiana de la pintura más antigua de Cuba.

Restauran catedral de Santiago de Cuba

 

La catedral metropolitana de esta ciudad, primera de Cuba, recibe hoy trabajos de restauración que contribuirán a mantener el esplendor de una de las edificaciones de mayor valor patrimonial en la urbe.

Omar López, director de la Oficina del Conservador de la Ciudad (OCC) y Premio Nacional se Arquitectura, explicó que esas labores se concentran ahora en la cúpula central y se insertan en el empeño de las autoridades por embellecer el centro histórico con miras al medio milenio de la villa.

Resaltó el esfuerzo y cuidado de los especialistas y trabajadores de la OCC por la calidad en esas labores, iniciadas en los últimos meses y comprometidas con la imagen de uno de los íconos visuales de la urbe.

Ubicada a la vera del céntrico parque Céspedes, desde su surgimiento en 1522 la catedral ha experimentado sucesivas transformaciones y ha sido reconstruida en cuatro ocasiones debido a las consecuencias de incendios, terremotos y ataques de corsarios y piratas.

El inmueble fue en sus inicios el mayor de madera en la Isla y desde 1882 ostenta el título de Basílica Menor.

En sus ámbitos funciona el Museo Arquidiocesano Monseñor Enrique Pérez Serantes, único de arte religioso en Cuba.

Tomado de: Noticias de Prensa Latina – Restauran catedral de Santiago de Cuba.

El Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba

Cada ciudad tiene el poder de sorprendernos, de conmovernos hasta los huesos; aunque la hayamos habitado durante toda una vida (centenaria en algunos afortunados casos). A veces basta un nuevo impulso, un nuevo objetivo, para mirar con ojos renacidos la añeja ciudad y descubrir (redescubrir) lo que siempre ha estado allí, generosamente esperando por nosotros. Para mí, ese nuevo impulso es este blog; ese nuevo objetivo es esta necesidad de redescubrir (descubrir) con otros ojos mi ciudad, para, a la par que la voy reconociendo, mostrarla a todo aquel que desee compartirla conmigo.

Así, una tarde de esas en que todo lo planificado se derrumba, y el día amenaza con esfumarse en un decepcionante aburrimiento, un cartel de marmórea apariencia, tantas veces visto durante años, se me vuelve certeza por vez primera y me impulsa a subir la breve y amplia escalinata que, desde la calle San Pedro, me lleva hasta el costado izquierdo de la Catedral santiaguera. Vencido los escalones y un corto trayecto entre largos y delgados troncos de madera que descansan acostados, en espera de futuros apuntalamientos; llego a una puerta estrecha, la cual, a pesar de estar abierta, nos enfrenta a una pared y demora el descubrimiento de su verdadero contenido, dejando toda el protagonismo informativo a las letras que sobre arco informan que estoy a unos pasos de visitar, por vez primera, el Museo Arquidiocesano de Santiago de Cuba.

La Catedral santiaguera guarda en uno de sus laterales, parte de la historia de la Iglesia católica en Cuba

Para mi, que no profeso religión alguna, las impresiones despertadas por esta visita serán, necesariamente, diferentes a las de quienes, desde su fe, descubran en cada imagen, en cada mueble, en cada texto u objeto; un mensaje específico, más allá del mero valor histórico o artístico que me atrajeron durante casi una hora y más. Cuanto aquí les comento lo hago con un objetivo específico: despertar la curiosidad por conocer esta otra parte de la historia santiaguera que, en ocasiones, escapa de los libros. Les hablo hoy pues, sobre el Museo que guarda la historia de la Iglesia Católica en Santiago y en Cuba.

Basta atravesar la angosta puerta principal, ya nos rodea un ambiente diferente, matizado por una extraña penumbra que poco después se nos revela causada no tanto por la carencia de luz como por la aglomeración de objetos de enormes dimensiones, colocados en un espacio que se antoja demasiado pequeño y apenas deja estrechos pasillos entre las muestras, en los cuales, difícilmente puedan permanecer paradas dos personas, una al lado de la otra. Para llegar hasta estas muestras expositivas, se debe subir una escalera de pétreos escalones al final de la cual, la imagen de Joaquín de Osés y Alzúa, primer arzobispo de Cuba, nos observa con una religiosa seriedad. El retrato de Osés, es uno de los que cubren toda la extensión de tres de las cuatro paredes del salón principal, mostrando en sus lienzos las figuras de toda la genealogía episcopal de esta Catedral, a excepción del arzobispo actual, Dionisio García y su antecesor, Pedro Claro Meurice Estiu.

Lo segundo que irremediablemente llama la atención, es la presencia del responsable del museo, un señor de mediana edad, bigotes y espejuelos; el cual se sienta tras un grueso escritorio que bien pudiera ser uno de los objetos en exposición, mientras escucha en su una pequeña radio, la música que transmite una emisora local, lo que brinda al ambiente un irreverente anacronismo. Es precisamente este señor el que, con voz monótona, aburrida, y que delata un discurso repetido en infinidad de ocasiones; indica el sentido del recorrido por los improvisados pasillos del museo: desde el primer retrato (justo al lado de una angosta abertura con ínfulas de puerta que interconecta los dos únicos salones del museo), siguiendo el sentido de las manecillas del reloj; luego se pasa al segundo salón (que se visita en el orden que se desee); y por último se regresa al salón inicial para apreciar los objetos que desbordan todo el centro de la sala.

El primer cuadro de la muestra queda, tal y como mencioné, al lado de la apertura que da lugar al salón contiguo; pero es una pequeña pintura ubicada justo sobre la pared que dibuja el arco de esa puerta, lo primero que llama mi atención. Se trata de una copia de la plumilla del pintor Dennis Gallardo, cuyo original se guarda en el Archivo de Indias, en Sevilla, España, y en la cual se representa la Ermita de Santa Catalina, primera iglesia con que contó la séptima villa fundada por los conquistadores en esta isla; y la cual se ubicaba en las antiguas calles Marina y Callejón de San Francisco (hoy Aguilera y Padre Pico). A partir de él, sí asistimos a toda la cronología de obispos que han sido nombrados para esta Catedral, amén que hayan oficiado en ella o no. Además del mencionado Monseñor Osés y Alzúa, destacan los santiagueros Monseñor Santiago José de Hechavarría y Elquezúa, quien fuera obispo de Cuba en 1769, según consta en la Bula del Papa Clemente XIV (escrita en latín con una caligrafía exquisita pero ilegible para ojos inexpertos), convirtiéndose así en el primer obispo residencial nacido en Cuba; y la de Monseñor Francisco de Paula Barnada y Aguilar, nacido en esta ciudad el 24 de abril de 1835, y quien se convirtiera en el primer arzobispo de origen cubano al gobernar la arquidiócesis santiaguera entre los años 1899 y 1913. Resalta también en esta galería episcopal, el retrato de Monseñor Enrique Pérez Serantes, quien bendijera e inaugurara, el 28 de diciembre de 1963, este Museo que hoy ostenta su nombre. Monseñor Pérez Serantes ofició en la arquidiócesis santiaguera entre los años 1949 y 1968. A su muerte, fue sepultado en la Catedral.

El Monseñor Enrique Pérez Serantes, bautizó e inauguró en 1963, este Museo que hoy lleva su nombre

Completan la muestra de esta sala una serie de esculturas, muebles, documentos, objetos de los más diversos orígenes, cada uno más sorprendente que el otro. Así encontramos Bulas papales originales, bajo la firma y sello de Pío XI; mitras y báculos usados por algunos de los obispos que nos observan desde sus lienzos, así como algunos de los objetos personales usados por el Papa Juan Pablo II durante su visita a esta ciudad en enero de 1998. Sin embargo, una de las impresiones más significativas que me deparó este salón, fue lo sentido ante la imagen de Santa María Magdalena penitente, tallada en madera policromada durante el siglo XVIII; copia de la existente en la Sala Capitular del Convento de las Descalzas Reales, en Madrid, obra de Alonso Cano. Está la santa con su mirada alzada hacia el techo, como a la espera de una revelación. Sus ojos, hechos de un material que mimetizan el brillo natural de los ojos humanos, y la exquisitez del tallado de sus facciones, me hicieron permanecer parado durante largo rato ante ella, sin poder apartar mis ojos de los suyos, como si esperara que de un momento a otro, la santa bajara su mirada y la enfrentara con la mía. Fue realmente una experiencia muy extraña, un estado sugestivo que, adivino, sea exactamente el propósito buscado por quienes crean estas figuras.

El segundo salón del museo, ubicado unos centímetros más alto que el principal, está ocupado casi en su totalidad por una enorme mesa rodeada de sus respectivas sillas, todo el conjunto hecho de un maderamen ya centenario. Detrás de este inmobiliario se alza un hermoso librero que guarda tras sus vitrinas, textos decimonónicos y contemporáneos, para su consulta como material bibliográfico. Las paredes de este salón tampoco escapan a los cuadros de temática religiosa: santos, vírgenes, ángeles, abundan en los lienzos. Sobresale también un enorme crucifijo, rescatado del Castillo del Morro, ante el cual se arrodillaban los condenados a muerte que guardaban prisión en aquella fortificación durante la colonia. Guardan las diversas vitrinas de este espacio, notables documentos relacionados con la vida católica de esta región. Allí están las partituras de puño y letra del presbítero Esteban (Estevan) Salas, maestro de capilla de la Catedral de Santiago y uno de los íconos de la música clásica cubana; también las actas que recogen los detalles sobre el traslado de la Vírgen del Cobre desde su sitio de reposo en la Iglesia del poblado El Cobre, con motivo de los combates llevados a cabo en esa zona entre mambises y españoles durante nuestras guerras de independencia; así como las actas de la primera misa celebrada en la manigua redentora, en el siglo XIX cubano.

Pero destacan en esta sala, a mi entender, dos piezas de singular significación. La primera de ellas, la copia de uno de los clavos de la crucifixión de Cristo, la cual está acompañada por un documento fechado en abril de 1832, el cual, en latín, certifica su autenticidad:

“Universis et singulis praesentes litteras inspecturis fidem facimus, atque gillo colligatum, appositum fuiste supra unum ex Sacris Clavis quibus D.N.J.C. crucifixus fuit, et asservatur in nostro sacrarum Reliquirum sacello in Monasterio Sanctae Crucis in Jerusalem de Urbe, tamque affabre elaboratum esse ut similimus videatur.

Datum Romae in nostro Monasterio Sanctae Crucis in Jerusalem”

La otra, y quizás la de mayor valor en toda la colección; es el cuadro del “Santo Ecce Homo”; óleo sobre madera de la autoría del pintor colombiano Francisco Antonio, pintado en Cartagena de Indias a principios del siglo XVII; luego de los cual, fue traído a esta ciudad de Santiago de Cuba en 1610 por Francisco Rodríguez y colocado en la puerta del sagrario del Altar Mayor de la catedral. Esta pintura se considera la más antigua de Santiago, y quizás de Cuba.
En el cuadro se representa la imagen de Cristo atado a una columna después de ser flagelado por los romanos. Pero su trascendencia, más allá de su antigüedad, radica en las leyendas que lo han rodeado desde el siglo XVII santiaguero; aspecto este que resulta ampliamente tratado por el historiado Rafael Duharte Jiménez en su libro “Lo real maravilloso santiaguero”. Una pequeña tarjeta que acompaña al cuadro, resume el origen de la leyenda:

“El Chantre Juan Lizano y Luyando vio en varias ocasiones cómo este cuadro sudaba sangre, otro sacerdote, celebrando una misa por el vecindario, oyó una voz repetida desde lo alto que decía: Ecce Homo, y desde ese entonces comenzó a llamarse por este nombre”.

Según cuenta el profesor Duharte, fue el propio chantre Juan Lizardo quien dio inicio a la fiesta del Santo Ecce Homo en 1648, “con vísperas, procesión y toda solemnidad”. Al Ecce Homo se le adjudicaron, con el tiempo, numerosos milagros, y nuevas leyendas lo fueron rodeando de un aire místico; incluso se asegura que su primer milagro estuvo asociado al episodio histórico que inspiro el primer poema épico de la literatura cubana: Espejo de paciencia.

Durante años, la imagen del Santo Ecce Homo estuvo asociada a los largos períodos de sequía que sufría la ciudad, durante los cuales se le solicitaba ayuda, en reclamo de lluvias. De ahí que, según “Lo real maravilloso santiaguero”, el fin del culto al Santo coincidiera con el nacimiento del primer acueducto de la ciudad; aunque, según la opinión de Antonio López de Queralta Morcillo, director del Museo Arquidiocesano, citado pr Rafael Duharte en el mencionado texto, la extinción del culto se debió a que “no llegó a ser nunca una cosa netamente popular, quedó en el alto clero y las familias del patriciado criollo”.

Muchos más detalles pueden ser encontrados, por ojos más perceptivos que los míos, en cada una de las muestras que guarda la Catedral santiaguera en uno de sus laterales. Es un espacio no sólo para los que profesan una fe, sino para toda aquella persona sensible a la belleza de las artes, de las obras humanas en general. De mi parte, ya está hecha la invitación. El resto queda por ustedes.

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