Santiago en mí

Archivar para el mes “julio, 2010”

Resacas del Carnaval

En ocasiones pasan por la TV un video arte dedicado a una instalación realizada por el artista de la plástica Alexis Leyva Machado (Kcho) en plena Plaza de Armas en la parte vieja de la Ciudad de la Habana. Con música hecha para la ocasión por los raperos de Obsesión, en el video vemos cómo, ladrillos convertidos, por las manos mágicas del corpulento artista, en pequeños botes (ya todo un símbolo en la obra del autor),  son apilados sobre los asombrados adoquines de la plaza hasta formar una pequeña elevación  y, una vez alzada esta montaña rojiza y polvorienta da inicio lo que sería la verdadera idea de la instalación. El nombre lo indica todo :«Vive y deja vivir». Los botes-ladrillos o ladrillos-botes (como quiera que sea el uso que quieran darle), pasan con la urgencia que impone la necesidad, de su afímera elevación a manos, bolsos, carretas vagones de construcción y cuanto permita transportar la cantidad necesaria para levantar una pared o simplemente, lograr un remiendo en alguna que otra agrietada vivienda.

La genial idea de Kcho, hecha no sólo para compartir el arte sino también los materiales de contrucción que representan estos transmutados ladrillos, es narrada simpáticamente por los integrantes de Obsesión quienes «esperan» la futura y supuesta instalación que les garantice, de igual forma, hacerse de la arena y el cemento que los permita construir su propia pared.

Recordaba ayer este video que tanto me gusta en lo particular, al recorrer una de las avenidas de Santiago, aquella que porta el nombre de Carlos Manuel de Céspedes, y ver cómo la resaca de los Carnavales iba sufriendo una suerte parecida a la de los ladrillos de Kcho, aunque no fuera idea de éste u otro artista de la plástica santiaguera, y sí de la misma necesidad de obtener, por la vía que sea, cualquier materia prima de la cual se pueda dibujar un bosquejo de vivienda. Los quioscos de madera y bambú que tanto llamaran mi atención durante la previa de las fiestas y que guardaron en sí, durante el rumbón, las más diversas ofertas gastronómicas y de la industria ligera, van cayendo bajo el peso de los golpes de martillos, patas de cabra, machetes, mochas y  más, portados por quienes, tal vez, días antes degustaron ante ese mismo maderamen una sabrosa pizza o una mazorca de maíz hervido. La escena es interesante; casi siempre de a duos, ya sean dos hombres jóvenes, o de diversas edades, incluso niños; derriban techos, paredes, mostradores de bambú y luego dedican sus esfuerzos a separar madera de clavos y tornillos, lasqueando las tiras verdes de bambú, amontonando a un lado de los restos vencidos del quiosco, los frutos de su saqueo.

No puedo evitar una sonrisa maliciosa al observar esta singular zafra. Cuando apenas se dibujaban las siluetas de estos quioscos, y quizá un poco admirado de la limpieza y belleza del trabajo hecho por los carpinteros, yo mismo imaginé lo vistoso que se vería la baranda del corredor de mi casa si sustituyera el derruido maderamen actual por los vistosos verdes del bambú. Quisiera haber tenido la oportunidad, osadia?, inteligencia?, de ser quien desnudara de fibras los quioscos para vestir de novedad a las podridas tablas de mi casa. Ahora sólo me queda conformarme con la imagen de las carretas, carretillas, carros, hombros, que desaparecen por las entrecalles aquello que una vez, no hace mucho aún, guardó entre sus paredes ya inexistentes, golosinas de Carnaval.

¿Los usos de esos despojos?, cuantos puedan imaginar. Hoy en la mañana servían de leña a un enorme caldero donde una caldoza humearía, o tal vez hirviera el agua que servirá para limpiar de pelos la tersa piel del próximo cerdo asesinado. No dudo que pronto veré sobre las terrazas vecinas, hermosos barandales de bambú, o un «conuquito» donde compartir con amigos la cerverza bien fría.

En la capital de todos los cubanos se les llama «buzo» a quienes hurgan en la basura en busca de los objetos más inimaginados. Cual recicladores por cuenta propia, estos inmersionistas de pavimento, rescatarán de entre desechos desde viejos zapatos hasta las bien cotizadas laticas de cerveza y refresco que serán cambiadas en Materia Prima, por quién sabe qué otros bienes. Y me pregunto, esta depredación postcarnaval, ¿no tiene algo de «buceo»? Se me antoja que sí. Y más. Creo que los cubanos hemos aprendido a fuerza de necesidad, lo que es el reciclaje, incluso «el buceo de pavimento». No creo ser el único en haber escuchado historias de cubanos en el exterior que se dedican a colectar los objetos (de naturalezas tan increíbles como los electrodomésticos) que han cumplido con su tiempo de vida útil y que sus antiguos dueños, tan saturados de consumismo, desechan aunque funcionen medianamente bien. Acá las cosas alargan su vida útil hasta por diez. Trabajamos con máquinas (y cuando digo máquinas incluyo computadoras, maquinarias industriales, carros y todo cuanto quieran incluir en el listado) que «supuestamente» vencieron su vida útil hace años. De ahí surgieron los «aniristas» e innovadores. Los cubanos somos por naturaleza recicladores.

En unos meses aún recordaremos el Carnaval 2010, no porque haya sido el mejor de la historia o por los aspectos negativos que lo empañaran; sino porque pasaremos por delante de uno de esos, tan abundantes, «llega y pon» y leeremos, en grandes y desordenadas letras rojas sobre su paredes «Baconao en Carnaval 2010».

Carnavales

Cuentan que antes los carnavales santiagueros eran tan famosos como los brasileños. Yo siempre he tenido dudas al respecto; confiando más en la dosis de chovinismo de quienes así decían, que en la veracidad de tal afirmación. Aunque, justo es señalar, al menos en el ámbito que limitan nuestras costas, sí eran renombradas esas fiestas que por estos días del mes de Julio matizan el ambiente de diferentes barrios de la ciudad; tan así, que aún en la actualidad, cuando se refieren en cualquier medio oficial a los Carnavales de Santiago, me viene a la mente la tan llevada y traída frase «Cría fama y acuéstate a dormir».

En la memoria se pierden mis primeros recuerdos de los Carnavales de Santiago. Sin embargo, permanece nítida  la imagen de mi barrio invadido por los inmensos quioscos de metal que se alzaban a velocidades fantásticas a lo largo de toda «mi calle»; quioscos sólidos  de una belleza metálica más llevadera que la de sus sucesores en mis años de adolescencia y madurez. Recuerdo cómo la tranquilidad imperaba, paradójicamente, en medio del bullicio típico del evento y en un barrio de una historia de violencia y  pillaje; pero así era. Para tomarse una cerveza de «termo» como las que ya no se encuentran, bastaba  cruzar la estrechez de la calle y regresar cargado de la espumosa frialdad al entorno familiar del portal, donde familiares y vecinos compartíamos de las alegrías y notas curiosas del Carnaval, convidando a una «perga» de cerveza a cuanto conocido pasaba cerca de nuestra posición y en espera de los más hermosos fuegos artificales.

Pero llegó el Período Especial y con él se fueron de mi barrio los Carnavales como tantas otras cosas propias y ajenas a las fiestas. Ahora para tomar la cerveza de un «termo» que supuraba un líquido amargo, aguado y tibio, teníamos que ir a un barrio diferente (por suerte no tan lejano del nuestro) y lidiar con una multitud de brazos alzados, cuerpos sudorosos y ofensas a flor de piel en pugna por la preciada bebida, servida no ya en las curiosas pergas de cartón, sino en cuanto envase fuera capaz de almacenar durante unos breves instantes el amargo brebaje.

Algo más que sufrió las inclemencias económicas fueron los paseos y carrozas del desfile principal, llegando a parecer un desfile monocromático de meneos corografiados, o trozos de cartones pintorreteados y llenos de luces que a veces faltaban en las casas, jalados por tractores apenas adornados y alimentados milagrosamente del combustible que en un tiempo mantuvio en jaque a cuanto se movía sobre ruedas.  Fuegos artificiales eran más humo que luces.

Con el pasar de los años las mayores carencias han ido quedando atrás y aunque han aumentado las ofertas gastronómicas, en áreas de fiestas, en lujos, decorados y más, mucha de la resaca de los caricaturescos carnavales que durante años se adueñaron de una fama ajena, aun permanecieron. La calidad de la cerveza de «termo» sigue siendo una ruleta rusa, aunque se ha logrado, con un mayor número de puntos de despacho y un abastecimiento contínuo, disminuir los tumultos para su consumo. No obstante seguimos extrañando las pergas de cartón; ahora se «agradece» el pulular de vendedores de jarritas de orígenes tan diversos como el metal pulido, el plástico o una botella plástica de refresco mutilada por la mitad. A mi barrio no han regresado los quioscos.

Confieso que tampoco soy el mejor punto de referencia. Jamás he sido de carnavalear. Quizás porque mi etapa de desandar por las noches carnavalescas con el grupo de adolescentes lampiños no me mostraba las mejores galas. Ya en la adultez «mis carnavales» consistían en una monótona caminata de ida-y-vuelta por una de las principales avenidas de la ciudad, «mirando» qué había de bueno, comprando tal vez alguna que otra chuchería o baratija y regresando en apenas una hora a la tranquilidad (y aburrimiento, por qué no?) de mi hogar, alejado del otro sonido de la urbe. La hora en que explotaba el júbilo de los fuegos artificiales muchas veces me sorprendió dormido o trepando en cuanto me servía de base en el patio de mi casa para tratar de adivinar las figuras que dibujaban las luces en la oscuridad del cielo santiaguero.

Por estos días, del 21 de julio al 28 del mismo mes, Santiago fue sacudido una vez más por los Carnavales; sin embargo, este año han existido muchos detalles (más allá de las celebraciones por el 495 aniversario de la Ciudad)  que  marcan, tal vez, una nueva etapa en la historia de estas fiestas, la mayoría de ellos positivos, otros todo lo contrario. Comento algunos.

Lo primero que llamó  mi atención de la diferencia de estos carnavales respecto a los de años anteriores fue su preparación. Desde comienzos del mes de junio varias calles de la ciudad fueron blanco de un movimiento atípico para la fecha lo que de inmediato despertó la suspicacia del santiaguero, «mal acostumbrados» como siempre estuvimos a que la construcción de los quioscos del Carnaval comenzaran a mediados de julio e incluso comenzaran las fiestas con los quioscos a medio contruir. Además de la prontitud también llamó de inmediato la atención, la calidad de las construcciones hechas; usando como material base la madera y el bambú la ciudad se fue llenando de simpáticos quioscos que brindaron una agradable uniformidad a las avenidas. Lo mejor de este aspecto llegó con  el inicio del mes de julio cuando, aún faltando más de quince días para la arrancada del «Rumbón Mayor» (como también se le conoce a este evento), los quioscos comenzaron a prestar servicios casi apenas recién construidos, llenando algunas de las calles santiagueras de una interesante oferta gastronómica. En este aspecto señalo algunas generalidades que particularmente me resultaron logros: la presencia de más tarimas para música en vivo, áreas especializadas, ofertas novedosas como un minizoológico, el rescate de tradiciones como los automóviles con potentes bocinas  graciosamente llamados «La salá», entre otras.

Igualmente sobresaliente puede catalogarse lo relacionado con los paseos y carrozas. Una mayor diversidad de colores, de ideas, de proyectos; carrozas bellamente adornadas, impulsadas por tractores de los que apenas  se adivinaban las ruedas por debajo del esplendoroso decorado; sirvieron de colofón a la mayoría de los logros y marcaron un precedente difícil de superar.

Sin embargo, a pesar de tan superiores dividendos que nos guardó este reciente carnaval, muchos en la calle cedían el comentario principal de sus resúmenes carnavalescos a los desafortunados hechos de violencia fatal que tuvieron lugar durante esos días. Dicen los abuelos que no hay Carnaval sin muertos, pero ante tal afirmación muchos replican «Sí, pero como lo de este año…nunca«. No soy quien para decir la cifra exacta de fallecidos y lesionados, pero aunque fuera uno, no deja de ser lamentable que el brillo alcanzado po un lado, sea opacado por otro. Atrás quedaron los ajustes de cuenta a lo inglés, de guante al rostro; ahora por la mayor nimiedad se busca la agresión física letal, a veces de la forma más inhumana imaginada. ¡Bien se ve que hay quien no ha evolucionado!

Oficialmente el Carnaval 2010 culminó ayer 28 de julio, aunque muchas de las áreas permanecerán abiertas durante toda la etapa veraniega lo que la población, esa que  hace el día a día de Santiago,  agradece. Los recuerdos de este año quedarán grabados de diversas formas en cada uno de los santiagueros. Para mi, que fui testigo pasivo (una vez más) me deja un sabor agridulce. Para otros serán los mejores de la última década.

Santiago seguirá teniendo sus carnavales, tal vez no tan famosos como los de Río, pero suyos «al fin y al cabo» como nos gusta decir. Quizá no exista en Cuba pueblo tan carnavalero como el de Santiago, así que, con sus virtudes y defectos ¡que siga la fiesta!

Prólogo necesario

Nací y vivo en Santiago de Cuba, ciudad del oriente sur de la mayor isla del Caribe que ha sido blanco de más de una alabanza, incluso, alguna que otra vez, de algún reproche.No me considero mejor que fieles y apóstatas para crearles odas o sermones a mi ciudad. Soy, como muchos, un santiaguero más que hoy quiero dedicarle a esta urbe de planos inclinados y estrecheces, un espacio donde vuelque todo aquello que me brinda el vivir en ella, entre sus montañas y calores, entre el folcklore y la vulgaridad. Cuanto escriba aquí escapará irremediablemente a la imparcialidad, quedando signado por mi visión de una realidad compleja de por sí. No pretendo tener la verdad absoluta, pero sí MI VERDAD y como tal sólo pido se me respete, aunque a veces el pesimismo desborde mis textos, o en ocasiones peque de iluso.

Este «diario» no es más que espejo de un santiaguero común. Tal vez les resulte familiar a muchos, a otros les será inverosímil. Pero si al final de la jornada este blog contribuye a un acercamiento a esta ciudad tan real-maravillosa, como toda tierra del Caribe descrito por Carpentier, entonces me sentiré orgulloso de haber aportado ese granito de arena.

Navegador de artículos