Santiago en mí

Carnavales

Cuentan que antes los carnavales santiagueros eran tan famosos como los brasileños. Yo siempre he tenido dudas al respecto; confiando más en la dosis de chovinismo de quienes así decían, que en la veracidad de tal afirmación. Aunque, justo es señalar, al menos en el ámbito que limitan nuestras costas, sí eran renombradas esas fiestas que por estos días del mes de Julio matizan el ambiente de diferentes barrios de la ciudad; tan así, que aún en la actualidad, cuando se refieren en cualquier medio oficial a los Carnavales de Santiago, me viene a la mente la tan llevada y traída frase “Cría fama y acuéstate a dormir”.

En la memoria se pierden mis primeros recuerdos de los Carnavales de Santiago. Sin embargo, permanece nítida  la imagen de mi barrio invadido por los inmensos quioscos de metal que se alzaban a velocidades fantásticas a lo largo de toda “mi calle”; quioscos sólidos  de una belleza metálica más llevadera que la de sus sucesores en mis años de adolescencia y madurez. Recuerdo cómo la tranquilidad imperaba, paradójicamente, en medio del bullicio típico del evento y en un barrio de una historia de violencia y  pillaje; pero así era. Para tomarse una cerveza de “termo” como las que ya no se encuentran, bastaba  cruzar la estrechez de la calle y regresar cargado de la espumosa frialdad al entorno familiar del portal, donde familiares y vecinos compartíamos de las alegrías y notas curiosas del Carnaval, convidando a una “perga” de cerveza a cuanto conocido pasaba cerca de nuestra posición y en espera de los más hermosos fuegos artificales.

Pero llegó el Período Especial y con él se fueron de mi barrio los Carnavales como tantas otras cosas propias y ajenas a las fiestas. Ahora para tomar la cerveza de un “termo” que supuraba un líquido amargo, aguado y tibio, teníamos que ir a un barrio diferente (por suerte no tan lejano del nuestro) y lidiar con una multitud de brazos alzados, cuerpos sudorosos y ofensas a flor de piel en pugna por la preciada bebida, servida no ya en las curiosas pergas de cartón, sino en cuanto envase fuera capaz de almacenar durante unos breves instantes el amargo brebaje.

Algo más que sufrió las inclemencias económicas fueron los paseos y carrozas del desfile principal, llegando a parecer un desfile monocromático de meneos corografiados, o trozos de cartones pintorreteados y llenos de luces que a veces faltaban en las casas, jalados por tractores apenas adornados y alimentados milagrosamente del combustible que en un tiempo mantuvio en jaque a cuanto se movía sobre ruedas.  Fuegos artificiales eran más humo que luces.

Con el pasar de los años las mayores carencias han ido quedando atrás y aunque han aumentado las ofertas gastronómicas, en áreas de fiestas, en lujos, decorados y más, mucha de la resaca de los caricaturescos carnavales que durante años se adueñaron de una fama ajena, aun permanecieron. La calidad de la cerveza de “termo” sigue siendo una ruleta rusa, aunque se ha logrado, con un mayor número de puntos de despacho y un abastecimiento contínuo, disminuir los tumultos para su consumo. No obstante seguimos extrañando las pergas de cartón; ahora se “agradece” el pulular de vendedores de jarritas de orígenes tan diversos como el metal pulido, el plástico o una botella plástica de refresco mutilada por la mitad. A mi barrio no han regresado los quioscos.

Confieso que tampoco soy el mejor punto de referencia. Jamás he sido de carnavalear. Quizás porque mi etapa de desandar por las noches carnavalescas con el grupo de adolescentes lampiños no me mostraba las mejores galas. Ya en la adultez “mis carnavales” consistían en una monótona caminata de ida-y-vuelta por una de las principales avenidas de la ciudad, “mirando” qué había de bueno, comprando tal vez alguna que otra chuchería o baratija y regresando en apenas una hora a la tranquilidad (y aburrimiento, por qué no?) de mi hogar, alejado del otro sonido de la urbe. La hora en que explotaba el júbilo de los fuegos artificiales muchas veces me sorprendió dormido o trepando en cuanto me servía de base en el patio de mi casa para tratar de adivinar las figuras que dibujaban las luces en la oscuridad del cielo santiaguero.

Por estos días, del 21 de julio al 28 del mismo mes, Santiago fue sacudido una vez más por los Carnavales; sin embargo, este año han existido muchos detalles (más allá de las celebraciones por el 495 aniversario de la Ciudad)  que  marcan, tal vez, una nueva etapa en la historia de estas fiestas, la mayoría de ellos positivos, otros todo lo contrario. Comento algunos.

Lo primero que llamó  mi atención de la diferencia de estos carnavales respecto a los de años anteriores fue su preparación. Desde comienzos del mes de junio varias calles de la ciudad fueron blanco de un movimiento atípico para la fecha lo que de inmediato despertó la suspicacia del santiaguero, “mal acostumbrados” como siempre estuvimos a que la construcción de los quioscos del Carnaval comenzaran a mediados de julio e incluso comenzaran las fiestas con los quioscos a medio contruir. Además de la prontitud también llamó de inmediato la atención, la calidad de las construcciones hechas; usando como material base la madera y el bambú la ciudad se fue llenando de simpáticos quioscos que brindaron una agradable uniformidad a las avenidas. Lo mejor de este aspecto llegó con  el inicio del mes de julio cuando, aún faltando más de quince días para la arrancada del “Rumbón Mayor” (como también se le conoce a este evento), los quioscos comenzaron a prestar servicios casi apenas recién construidos, llenando algunas de las calles santiagueras de una interesante oferta gastronómica. En este aspecto señalo algunas generalidades que particularmente me resultaron logros: la presencia de más tarimas para música en vivo, áreas especializadas, ofertas novedosas como un minizoológico, el rescate de tradiciones como los automóviles con potentes bocinas  graciosamente llamados “La salá”, entre otras.

Igualmente sobresaliente puede catalogarse lo relacionado con los paseos y carrozas. Una mayor diversidad de colores, de ideas, de proyectos; carrozas bellamente adornadas, impulsadas por tractores de los que apenas  se adivinaban las ruedas por debajo del esplendoroso decorado; sirvieron de colofón a la mayoría de los logros y marcaron un precedente difícil de superar.

Sin embargo, a pesar de tan superiores dividendos que nos guardó este reciente carnaval, muchos en la calle cedían el comentario principal de sus resúmenes carnavalescos a los desafortunados hechos de violencia fatal que tuvieron lugar durante esos días. Dicen los abuelos que no hay Carnaval sin muertos, pero ante tal afirmación muchos replican “Sí, pero como lo de este año…nunca“. No soy quien para decir la cifra exacta de fallecidos y lesionados, pero aunque fuera uno, no deja de ser lamentable que el brillo alcanzado po un lado, sea opacado por otro. Atrás quedaron los ajustes de cuenta a lo inglés, de guante al rostro; ahora por la mayor nimiedad se busca la agresión física letal, a veces de la forma más inhumana imaginada. ¡Bien se ve que hay quien no ha evolucionado!

Oficialmente el Carnaval 2010 culminó ayer 28 de julio, aunque muchas de las áreas permanecerán abiertas durante toda la etapa veraniega lo que la población, esa que  hace el día a día de Santiago,  agradece. Los recuerdos de este año quedarán grabados de diversas formas en cada uno de los santiagueros. Para mi, que fui testigo pasivo (una vez más) me deja un sabor agridulce. Para otros serán los mejores de la última década.

Santiago seguirá teniendo sus carnavales, tal vez no tan famosos como los de Río, pero suyos “al fin y al cabo” como nos gusta decir. Quizá no exista en Cuba pueblo tan carnavalero como el de Santiago, así que, con sus virtudes y defectos ¡que siga la fiesta!

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