Santiago en mí

Bajo el sol de Santiago

Santiago es la tierra caliente. Como un slogan es aceptada esta afirmación que, tal vez, podríamos incluir entre los tantos epítetos asignados a la ciudad. Sin embargo, para quienes acá vivimos, en ocasiones esta realidad se nos disipa en el día a día; o por el contrario, creemos que cada día es más caluroso que el anterior, y se escuchan frases comunes de tanto repetirse como “este año si que ha hecho calor”, o premonitorias como “prepárate para el invierno”. Luego nos asombramos cuando en el reporte del clima algún municipio granmense, que tal vez merezca en un futuro, y ya que en división política administrativa andamos, pertenecer a Santiago; reportó el récord de temperatura máxima en el día. Sea como sea, más allá de los récord, los 35 y 36 grados Celsius que como promedio alcanza la temperatura en las tardes santiagueras hacen pensar dos veces antes de desandar por las calles bajo el sol.

A la una de la tarde, en cualquier ciudad cubana, el sol cae perpendicular, con toda su fuerza, sobre el pavimento desnudo y la cabeza inocente de los transeúntes. Quien encuentra razón suficiente para enfrentarse al camino, es conciente de las consecuencias y lo demuestra con una sombrilla o una gorra. Ni una ni la otra llevaba yo. En todo el trayecto de ida y vuelta parecía como si el sol caminara a nuestro lado, incluso alrededor de las tres de la tarde, cuando podría suponer que iniciaba su declive de sombras. El calor era agobiante, pesado, como si cargara a las espaldas todos y cada uno de los rayos. Las calles y fachadas de los edificios reverberaban con tal brillo que lastimaba la vista. Cada paso se duplicaba en el cansancio. La garganta ardía de resequedad. Enramadas que en épocas donde casi toda la población trabaja desborda de pueblo, ayer estaba más vacía, como aquellos pueblos del oeste de cowboys a lo Hollywood, donde el viento solo arrastra polvo. Parecía que el sol se negaba a dejar su cenit, y las sombras no querían apartarse de las casas, insinuándose tan solo en una breve línea oscura.

Casi nunca antes como ayer, sentí todo el peso de vivir en la zona donde más calienta el sol en nuestra isla, donde el sol se enseñorea sobre las montañas en su eterna lucha contra las nubes que lo opacan. En estos tiempos se extrañan las lluvias, esas que en casi todo el país ya adeuda a varias presas. Hasta las bellezas de la ciudad se achican tras los párpados entrecerrados por el peso de la luz y, entonces, qué tranquilidad, qué sensación de alivio cuando desde las cimas de las empinadas calles nos sabemos rodeados de montañas, las mismas donde el sol quizás caliente con el mismo ímpetu, o las frondas que entintan de verde los horizontes, refrescan la tierra que las sostienen.

Santiago seguirá siendo tierra caliente, ayer, hoy y siempre, por su romance con el sol bravío, aunque también por su gente; pero de eso, ya llegará el momento de hablar en este blog.

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