Santiago en mí

Santiago: una tierra que se mueve (I)

Vivía yo mis años de preuniversitario. Una tarde como otra cualquiera, de las tantas que en esa época comenzaban para nosotros con el monótono ritual de un vespertino previo al inicio de la extenuante jornada de clases, algo pintó el día de anécdota. Serían poco menos de la 1.30pm cuando sentí bajo mis pies un extraño oleaje de fuerza y alcance tan extraño, que llenó todo el espacio del patio interior del Instituto, con un pesado y prolongado silencio. Aquello duró el tiempo justo para que mi mente procesara todas las sensaciones y concluyera que lo sentido era un temblor de tierra; apenas unos segundos que resultaron, sin embargo, extremadamente lentos. De repente el silencio se vino abajo en un estrépito de gritos, comentarios, risas nerviosas, monólogos y todo cuando permitiera a los presentes dar fe de lo sentido. En efecto, había temblado la tierra; mas de allí no pasó la historia.

A la salida de clases quizás algunos todavía comentaran el incidente. La mayoría lo recodaría al llegar a sus casas y se percataran que sus padres, hermanos, abuelas, también habían sentido el sismo. Pero después, “zapatero a sus zapatos”, cada quien a su quehacer diario y del temblor ni acordarse. Porque somos así. Nacimos y crecimos en una tierra que tiembla, acostumbrados a que de vez en cuando, el piso se nos mueva bajo los pies, no en sentido figurado, sino porque en verdad lo hace. Tanto que hasta la picardía popular ha sentenciado: “aquí la tierra tiembla, pero no los hombres”. Hay quienes incluso disfrutan de cada temblor como una experiencia inigualable, y se quedan quietos en su lugar, sintiendo cómo el cuerpo se les mueve al compás de los antojos de la tierra.

Sin embargo esta “tranquilidad” de los santiagueros ante los sismos perceptibles se vio seriamente comprometida en este año 2010. El 12 de enero de este año, un fuerte terremoto (7.1 grados en la escala de Richter) arrasó la ciudad de Puerto Príncipe, Haití, dejando más de 200 mil muertos. Al mismo tiempo que Haití, Santiago se sacudía, ambos enclavados en la falla sísmica Bartlett-Caimán. Poco más de un mes después, y cuando aún el mundo observaba consternado el desastre haitiano, un terremoto de 8,8 grados en la escala Richter, removió los cimientos de Chile, tanto así que, según noticias luego circuladas, algunas ciudades se movieron de su lugar. Ya para esa fecha en el mundo se habían venido reportando numerosos temblores de tierra. Haití y Chile sufrían las réplicas que le siguen a todo temblor de gran intensidad. Mientras tanto por acá, pues también se nos movía el piso. Hasta el 17 de marzo de este año se habían reportado unos quince sismos perceptibles en la ciudad de Santiago de Cuba. Los comentarios en la calle eran muchos y muy variados, desde el simple asombro por la coincidencia de fenómenos similares, hasta los más pesimistas que auguraban el fin de la civilización. El clímax tuvo lugar el 20 de marzo de 2010. Así lo explicaba la Nota Oficial del Estado Mayor de la Defensa Civil a través de la prensa nacional el 21 de marzo de 2010:

“(…)Siendo las 02:08 p.m. hora local, la Red de Estaciones del Servicio Sismológico Nacional Cubano registró un sismo perceptible, localizado en las coordenadas 19.77 Latitud Norte y 75.32 Longitud Oeste, a 62 km al Sureste de Santiago de Cuba, con una profundidad de 7.6 km y una magnitud de 5.5 en la escala de Richter.

Este evento, por su magnitud, es el mayor registrado en nuestro país en el presente año. Fue perceptible en Santiago de Cuba, Guantánamo, Granma y Holguín y asociado al mismo, hasta las 05:00 p.m. hora local, se produjeron varias réplicas de menor magnitud, tres de ellas perceptibles, entre 3 y 4,8 en la escala de Richter. No se reportan pérdidas de vidas humanas y se continúa evaluando los posibles daños (…)”

Recuerdo que me encontraba ese día (sábado) sentado frente a la computadora en mi trabajo. Primero sentí un estruendo que sólo llamó realmente mi atención, cuando se hizo acompañar del convulso movimiento de todo cuanto me rodeaba. Las autoridades aconsejan en estas situaciones mantener la calma y buscar protección en el sitio donde se encuentre al momento del sismo. Pero a esa hora, ¡quién se acuerda de lo que orientan las autoridades! La sorpresa fue tal que sólo atiné a salir a la desbandada del local donde estaba y, en una carrera mezcla de Usain Bolt con Dayron Robles, fui sorteando obstáculos hasta salir del edificio, a tiempo para alcanzar a ver la vibración de los ventanales en las cercanías.

En la ciudad los parques se llenaron de personas, sobre todo, familias enteras que habitan en los edificios de 18 plantas en la céntrica Avenida Garzón. Muchos decidieron pasar la noche en lugares descampados, y hubo hasta quien de seguro, aceleró los planes de permuta. Creo que desde ese día, el santiaguero ha adquirido una nueva percepción del riesgo sísmico, toda vez que, las peores experiencias por las que la ciudad ha pasado en cuanto a sismos, sólo permanecen “frescas” en unas cuantas cabezas canosas que rondan ya los ochenta años.

La explanada de la Ciudad Escolar 26 de Julio (antiguo Cuartel Moncada) fue uno de los lugares descampados donde la población santiaguera se refugió de los temblores del 20 de marzo de 2010

Ahora hay quien guarda en su casa una “maletín de sismos” preparado con todo el avituallamiento necesario para “sobrevivir” a un temblor. Aunque sinceramente me pregunto, si tiembla y el maletín está a dos habitaciones de la persona, ¿realmente será capaz de alcanzarlo?

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4 pensamientos en “Santiago: una tierra que se mueve (I)

  1. gracias a todos los que dia a dia hacen posible que me ayuden a conocer siempre el poder de conocer mejor los estudios de como devemos empezar a conocernos mejor. hoy le deseo muchas bendiciones a todos y que dios siempre intervengan en nuestros pueblo para poder seguir conociendonos mejor, y dar gracias a dios por permitirnos estar protegido en su gracias amen.

  2. canario en dijo:

    Este artículo está muy bien para darnos una visión de cómo viven los santiagueros ese fenómeno natural de los seismos, que, según parce, no es raro por la zona, y en muchas ocasines con efectos devastadores, como el caso reciente de Haití o el más lejano, en el tiempo, de La Martinica.
    Desgraciadamente, las Antillas no solamente sufren los huracanes, sino también los terremotos y otros fenómenos volcánicos, dentro de las catástrofes naturales que suelen azotarlas.
    Por otra parte, me hizo gracia el dicho popular: “aquí la tierra tiembla, pero no los hombres”. Ya será menos, que por amor, por odio, o por el mismo miedo, los cubanos más de una vez en su vida alguna vez temblarán, igual que los demás hombres, como seres de carne y hueso que son también, Y CON CORAZÓN.

  3. Tiene razón Ernesto, claro que los cubanos también tiemblan: de frío, de emoción, de muchas otras cosas, además, hay que ver el corre-corre que se forma cunado tiembla la tierra..simplemente es una forma de jaranear en medio del susto

  4. Pingback: Crónicas de mi ciudad entre música y temblores | Santiago en mi

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