Santiago en mí

Santiago: una tierra que se mueve (III)

Crónicas de terremotos

El terremoto de 1852

En el tercer tomo de sus Crónicas de Santiago, don Emilio Bacardí Moreau recoge la siguiente crónica sobre el terremoto y réplicas del 20 de agosto de 1852:

“TERREMOTO          (20 de agosto) A las 8 y media de la mañana un fuerte terremoto atemoriza a la población; las gentes se echan a la calle; y solo se oye el grito ¡¡Misericordia!! Desde esa hora hasta las dos de la madrugada nueve sacudimientos se suceden después de los tres primeros fortísimos, en junto doce temblores. Hasta el día 25 se van sucediendo temblores de menor intensidad hasta el día 31 que se hizo sentir uno tan fuerte como el primero, siguiéndolo fuertes aguaceros y vientos huracanados. Los habitantes de la ciudad huyen a los campos o los buques anclados en la bahía.

“El Hospital Militar se establece en el Tinglado.”

En cuanto al número de víctimas, Bacardí escribe:

“VÍCTIMAS               Las únicas víctimas de los terremotos fueron un niño, sobre el cual cayó una pared, y una anciana, Doña María de los Ángeles Reyes, fallecida a consecuencia de una caída”

Quizás bastara la breve descripción del Hijo Predilecto de Santiago de Cuba para tener una idea de la tragedia sufrida por los habitantes de la ciudad en aquel agosto de 1852; sin embargo, la historia cuenta con la extensa crónica del suceso, escrita por el licenciado don Miguel Estorch, socio de Mérito de la Real Sociedad Patriótica de la Habana, bajo el título Apuntes para la historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de agosto de 1852 y temblores subsiguientes, e impresa por D. Loreto Espinal, en su imprenta de la calle S. Pedro No 54.

Nos narra don Miguel Estorch cómo percibió, personalmente, el terremoto del 20 de agosto de 1852:

“A la vez que mis oídos percibían el cercano bramido de los desencadenados elementos subterráneos, mis pies sintieron un fuerte movimiento de trepidación, que levantaba y dejaba caer la ciudad entera, como pudiera un niño hacerlo con un ligero juguete. La sensación que me causó es la más profunda de mi vida, sin embargo de haber presenciado grandes conmociones populares, y corrido grandes borrascas. No encuentro palabra a propósito para trasmitir lo que sentí, y solo los que se hallaban en Santiago de Cuba podrán comprenderme. Gemía la tierra hondamente debajo de mis pies que bamboleaban al par de edificios; e todos los rostros se veía el terror de un modo que pintor alguno nunca podrá imitar.

“Apenas nos habíamos convencido de que había usado (sic) el primer sacudimiento, y apenas repuestos un tanto los ánimos, se dejó sentir otro, pero no tan fuerte como el primero. De las 8 y 36 minutos a las 10 se contaron tres muy marcados. En este intervalo la inmensa mayoría del vecindario se había trasladado a las plazas, a los solares espaciosos y a las orillas, dejando las casas abiertas y abandonadas.”

Resalta también Estorch los gritos de ¡Misericordia! que se dejaron escuchar por toda la ciudad; algunos vecinos se arrodillaban, rezando ante la inmensidad de la catástrofe. Da fe de las réplicas sentidas luego de la sacudida inicial:

“…de la una a las tres se sintieron dos sacudimientos, que si bien de corta duración, bastaron para que continuase la ansiedad y la zozobra que se habían apoderado del vecindario y para que nadie quisiese dormir, o sea velar en su morada.

“…poco después de la las tres y media de la madrugada se sintió un acudimiento tan fuerte o más que el primero, si bien de menos duración. Este movimiento fue de ondulación, y a esto se debe quizás el que no hayan sido destruidos mucho más edificios.”

Es lapidario don Miguel cuando dice:

“(…) creí no ver más la ciudad de Velásquez; creí que había llegado el último día de Santiago de Cuba”

El terremoto parece haber movido de su sitio también el quehacer diario de los habitantes de la ciudad de Santiago de Cuba. Narra Estorch:

“De día eran poquísimos los que transitaban, y no sin cuidado, por las calles: de noche solo se veían procesiones de penitentes, los más con los pies descalzos, y de todos edificantes (sic), que solo recorrían las calles que habían experimentado menos desastres, no atreviéndose a internarse hasta la Plaza de la Catedral, en otro tiempo el foco de las principales plegarias, y hoy desiertas hasta sus alrededores, a causa del mal estado de aquel hermoso y moderno edificio que recuenta el terremoto del año 1766.”

Insiste en su crónica, Estorch, sobre las consecuencias del terremoto en las construcciones de la ciudad; y la resume en el siguiente párrafo donde describe el Aspecto físico de la ciudad:

“…es rara la casa que ha dejado de sufrir algún desplome, y son varias las que tendrán que reedificarse; lo menos en gran parte (…) Los grandes edificios como templos, cuarteles, palacios, cárceles, (…) han sufrido más, como es natural, que los pequeños.”

A dos millones de pesos de la época ascienden los daños materiales calculados por Estorch, a partir de los cálculos realizados por autoridades locales a las cuales él tiene acceso. El desglose de los perjuicios materiales directos, según Miguel Estorch, es el siguiente:

“Hospitales, Templos, Cuarteles, Palacio de Gobierno, Cárcel y demás edificios públicos 300,000 $

“Cien casas arruinadas del todo o en gran parte, una con otras a cuatro mil pesos 400,000$

“Quinientas casas cuyo deterioro no baja de mil quinientos 750,000$

“Las reparaciones de las restantes 550,000$”

La intensidad del terremoto de 1852 ha sido apreciada alrededor de 7 grados en la escala de Richter, pero, más allá de la posible intensidad del sismo, la crónica de sus víctimas habla del verdadero terror sufrido por la población santiaguera de la época. Mucho más se puede saber de la vida del Santiago de esos días y de sus poblados colindantes (donde también se sufrió el terremoto y sus réplicas) en los Apuntes… de Estorch. Conocerá entonces de las muestras de solidaridad entre los vecinos, de cuál fue la respuesta inmediata del gobierno de la época, de cómo trascurrieron los días entre el 20 y el 31 de agosto.

Santiago siguió su vida. La tierra no dejó de temblar, ni ese año, ni otros; todos registrados en mayor o menor extensión, por la pluma certera de Bacardí en sus Crónicas…Para muchos, el terremoto de 1852 quedó en anécdota, en historia a contar tras el susto efímero que le sigue a un ligero sismo. Otros eventos de variada trascendencia colmaron los días de Santiago y sus habitantes. En 1868 dio inicio la Guerra de los Diez Años que abrió, para los cubanos todos, un largo período de lucha por la independencia. Seguramente en el Santiago de mediados y finales del siglo XIX, la guerra y sus secuelas colmaron los comentarios de barrios y tertulias, desplazando, como impone el correr de los días, la constante amenaza de los sismos. Así sería hasta ya avanzado el siglo XX cubano, con su nueva carga de saberse neocolonia yanqui; cuando, apenas pasado dos años de la tercera década, Santiago de Cuba volvía a sacudirse por un terremoto.

http://books.google.com/books?pg=PA5&dq=Estorch&id=BSfnYwo4fZ0C&hl=es#v=onepage&q&f=false (Apuntes para la historia sobre el terremoto que tuvo lugar en Santiago de Cuba y otros puntos el 20 de agosto de 1852 y temblores subsiguientes.)

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