Santiago en mí

Las cosas del juez Manduley

Otras de las historias recurrentes en esos momentos en que mi abuelo se vuelve el más locuaz de la familia, es la del juez Manduley. En sí, son varias historias fusionadas en una sola, gracias al hilo conductor de los recuerdos de mi abuelo. Cuenta, que allá por la década del 40 ó 50 del pasado siglo, en un juzgado de la calle San Basilio, en Santiago de Cuba, impartía justicia de una manera muy peculiar el juez Manduley. No abunda nunca, mi abuelo, en detalles físicos acerca del juez, o al menos no me vienen a la mente ahora, sólo que en el juzgado, se colocaba unos espejuelos muy pequeños, sobre la punta de la nariz, como si amenazaran con caer al piso de un momento a otro, y miraba por sobre ellos inclinando brevemente la cabeza.

Las anécdotas que dejó este señor eran todas muy simpáticas. Una de ellas está referida a ese prejuicio racial tan enraizado durante largo tiempo en nuestro país. Dice mi abuelo que, cuando llevaban ante el juez Manduley, a algún acusado o sospechoso de piel negra, el magistrado, mirando por sobre la armadura de los espejuelos apoyados en la punta de la nariz, sentenciaba:

-Negro y con alpargatas, ¡culpable!, treinta y un días de prisión.

Historias como esta le ganaron tal fama, que muchas de las personas que por algún motivo estaban pendientes de juicio, al preguntar qué juez oficiaría su caso, decidían no presentarse e ir directo a la cárcel, cuando se enteraban que sería Manduley.

Lo de los treinta y un día d prisión era algo característico de él. En otra oportunidad, al salir una mañana de su casa en el elitista barrio de Vista Alegre, se encontró con que le habían robado las cuatro gomas a su automóvil, dejándolo colocado sobre cuatro cajas de Coca-Cola. Desde ese día, cada vez que impartía sentencia en el juzgado, agregaba treinta y un días más al acusado con la lapidaria justificación:

-¡Por si acaso fuiste tú quien robó las gomas de mi auto!

Nunca se conoció al verdadero autor del robo.

Un caso muy llamativo también y en el cual el juez Manduley tuvo un papel decisivo, fue el del llamado Rey de las Tuberías, un ladrón que se dedicó al robo de tuberías en la ciudad y que, cada vez que resultaba capturado, sufría sentencias leves luego de las cuales volvía a las andadas. Hasta que le tocó enfrentar a Manduley. Durante el juicio el magistrado pidió al acusador y dueño del conducto sustraído, que dibujara en un papel la forma de la red de tubos. Una vez hecho esto, el juez, fue sumando días por cada una de las partes que componían la tubería sustraída. De esta forma, el destronado rey recibió una condena ejemplarizante.

Una característica peculiar de este magistrado y que mi abuelo recuerda no sin cierta malicia en su mirada, es la de su zalamería e incontrolable gusto por las piernas de las mujeres, en otras palabras, su vena de “mirón”, aunque no de los que usan para este oficio, el espacio de una hendidura, sino de los que aprovechan cualquier brecha brindada por el desenfado o dejadez de un santiaguera. Dicen, que al pasar frente a alguna mujer sentada, a la cual se le mostrara algún resquicio de sus piernas, Juaniquito Manduley, como también le llamaban, volvía sobre sus pasos una y otra vez, para disfrutar mejor del “paisaje” que mostraban las extremidades de esa cubana. Quizás esa debilidad por las mujeres fue su punto débil. Recuerda mi abuelo que el mejor salvoconducto que podía presentar un acusado que fuera llevado ante Manduley era un papel del puño y letra de la dueña de un de las tantas Casas de Cita que existían en la ciudad, y a la que, parece, Manduley era asiduo visitante. Dice mi abuelo desde sus recuerdos que se aseguraba que, aquel que le entregara al juez Manduley una carta de esta señora pidiendo intercediera en su caso, resultaba absuelto sin necesidad de juicio, en plena calle santiaguera.

Así son los personajes de mi Santiago vistos desde la octogenaria memoria de mi abuelo.

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