Santiago en mí

La corneta china

Poco menos de un mes nos separa del inicio de la edición cincuenta de las Series Nacionales de Béisbol. El estadio Guillermón Moncada, de esta ciudad, volverá a encender sus luces (esperemos que vuelvan los juegos nocturnos), y las gradas y palcos se llenarán del júbilo, la camaradería y las ocurrencias de los aficionados, tal y como ocurre en muchos de los estadios del país. Sin embargo, algo singulariza la fiesta del béisbol en Santiago. En los palcos superiores de la línea de primera base, justo sobre el dugout del equipo anfitrión, volverá a escucharse el ritmo contagioso de “El Charangón de Raulito”, sin importar que el marcador favorezca o no, al equipo local; tocando su música por el mero hecho de hacer disfrutar a una audiencia que se deja guiar por los efluvios de la música, que baila al compás del ritmo impuesto por los tambores, que exclama ante cada cambio de armonía; y reclama: ¡Ud paró!…paró por qué!, si por algún motivo deja de escucharse el fondo musical que acompaña cada jugada en el terreno. El alma de esa conga es un instrumento que, en toda Cuba, es sinónimo de Santiago: la corneta china. Bastan las primeras notas agudas del extraño instrumento para que el estadio todo se vuelva un grito de aprobación; y las palmas batan y las caderas se muevan al compás de la conga que de inmediato irrumpe con su sonar de tambores, campanas y hierros.

Ignoro desde cuándo Raulito dirige su Charangón entre la multitud del estadio; o si corresponde a ellos el mérito de mezclar (como una forma más de este ajiaco cultural que somos los cubanos) la cultura tradicional con el deporte nacional, en una fiesta que agradece hasta el menos avispado de los cubanos. Incluso dudo que, aquella primera vez, durante los días previos al carnaval de 1915, cuando se dejó escuchar el peculiar sonido de la corneta china, se imaginaron que esta sería una más de los aficionados a la pelota.

Y es que, en efecto, la corneta china sonó por primera en Santiago, como el “arma secreta” de la comparsa “Los Colombianos” del populoso barrio del Tivolí, contra sus contrarios tradicionales del barrio de Los Hoyos, reunidos bajo el nombre de “Los hijos de Quirina” (para otros “Los nietos de Quirina”), en la constante batalla por lograr el primer lugar en el desfile de congas, comparsas o parrandas, que caracterizaba a los carnavales santiagueros.

El origen del “arma secreta” del Tivolí

La corneta china

En medio de un ambiente que cada año se caldeaba ante la proximidad de los carnavales en Santiago; y la ardua labor de barrios como Los Hoyos, Tivolí, Plaza de Marte, Placita de Santo Tomás y San Agustín, por organizar la mejor propuesta para sorprender al pueblo santiaguero y llevarse el honroso primer lugar en las fiestas; se presentaron en la casa número 18 de la calle Hermanos Tudela, en la barriada del Tivolí, Feliciano Mesa, líder de la comparsa “Los Colombianos”; Juan Ramón Sánchez; Rufino Márquez; Antonio (Toñoño) Portuondo; y un señor que le decían “Mayor”; todos, miembros renombrados del mencionado barrio de origen francés. Con ellos llevaron una corneta de extraña apariencia y se la entregaron a Juan Bautista Martínez, un joven de 17 años que tocaba el clarinete; con la encomienda expresa que aprendiera a tocar el instrumento traído especialmente desde la Habana para vencer a sus rivales en los próximos carnavales. El plazo otorgado al joven Juan fue de cinco días.

Sin embargo, vencido el plazo inicial, Juan no había logrado arrancarle melodía alguna a la corneta; y se encontraba presto a devolverla; pero los líderes de las comparsas del Tivolí no se lo permitieron, y en cambio, le ofrecieron otros cinco días de entrenamiento, pues necesitaban que el instrumento sonara a como diera lugar.

A los pocos días ya Juan Martínez dominaba por completo la corneta china y al mostrarles sus destrezas a los líderes del Tivolí, éstos ni bien esperaron los primeros compases y llevaron al adolescente negro a las afueras de la ciudad donde, acompañada de un par de tambores, la corneta china sonó libremente en Santiago, por primera vez, y alejada de los curiosos. La sorpresa estaba lista.

Se devela la sorpresa

Como sucede a menudo en las calles santiagueras, el rumor de la existencia de la extraña corneta se adelantó a su presentación oficial y se convirtió en la comidilla entre los que se movían en el mundo de las parrandas.

Apenas cuatro días antes del inicio del Carnaval, el agudo grito de la corneta china se dejó escuchar por primera vez en las calles del Tivolí, creando euforia entre los presentes que de inmediato comenzaron a arrollar. No había transcurrido ni media hora desde que Juan Martínez comenzó a tocar, cuando ya los miembros del barrio de Los Hoyos acudían a presenciar la eficiencia de la nueva “arma” de los del Tivolí.
De inmediato, los dirigentes de la parranda llamada “Los hijos de Quirina”, del barrio de Los Hoyos, se dieron a la tarea de contrarrestar el efecto de la sorpresa, y se lanzaron en la búsqueda de una corneta similar. Viajaron por varias provincias del país sin encontrar nada similar.

Como último recurso contrataron a uno de los mejores trompetistas del Santiago de la época, apodado “Pulusa”; para intentar opacar al nuevo instrumento. Pero la estrategia no resultó: la corneta china le garantizó el primer lugar al Tivolí en los Carnavales de ese año.

Tocar la corneta también tiene sus riesgos

Tal era la pasión por las congas y parrandas en Santiago, y tan arraigadas las costumbres en los habitantes de los barrios de la ciudad, que a veces se llegaba a los extremos por intentar salir victorioso en el desfile carnavalesco.

La presencia de la corneta china en las filas de “Los Colombianos” del Tivolí, se vio desde el inicio como una amenaza para el resto de las comparsas, especialmente para los eternos rivales de Los Hoyos, quienes de inmediato aplicaron todos los medios a su alcance para evitar que el agudo sonido se dejara escuchar en los Carnavales.

Una noche, un vecino de Los Hoyos (según ha quedado registrado en la memoria popular) aseguró a Juan Martínez que se gestaba un envenenamiento contra él. Durante los ensayos de la comparsa, Juan cedió su puesto a uno de sus discípulos en el arte de tocar la corneta china, y al cual apodaban “el niño”. Durante un descanso, una “admiradora” de la melodía del instrumento se acercó al joven discípulo, confundiéndolo con Juan, y le ofreció una cerveza muy fría. Puesto sobre aviso de las amenazas vertidas sobre su joven corneta, Feliciano Mesa arrebató la botella para analizar su contenido en un laboratorio. El resultado fue: estricnina pura.

Poco tiempo después de este primer intento, se buscó una vía más violenta. En medio del bullicio del Carnaval, cuando Juan tocaba a todo dar su corneta, montado sobre un caballo y rodeado de los parranderos “colombianos” y una multitud de pueblo embriagado del particular sonido despedido por el novedoso instrumento; en las cercanías de la Calle Gallo, un hombre disfrazado de mujer, lanzó una puñalada al indeseable corneta. Por suerte el puñal se clavó en el caballo y Juan Martínez fue rescatado ileso, aún con la corneta en la mano.
Sin mayores consecuencias, la fiesta no se detuvo. El resto del trayecto Juan lo hizo sobre los hombros de un “moreno alto, de complexión fuerte”, que pertenecía al barrio del Tivolí, a la par que arrancaba, como un endiablado, las notas a la corneta china.

Tiempo después, a sus 73 años de edad, Juan Martínez aseguraba:
“Desde ese entonces yo recomiendo que la mejor forma de tocar la corneta china es en hombros de alguien, pues el entusiasmo del de abajo se trasmite al de arriba y viceversa”

Donde suene la corneta china siempre habrá una multitud

Muy pronto en la historia de las parrandas y congas santiagueras, la corneta china dejó de ser una exclusividad del Tivolí para pasar a ser, por suerte, un símbolo de las tradiciones santiagueras y orientales en general. En toda la isla el sonido de las congas de esta región es inconfundible, y lo mismo bailan los del este que los de occidente, ya sea en el Guillermón Moncada, o en medio del Latinoamericano; dejándose todos arrastrar por la magia del mágico instrumento.

Fuentes:

1. Invitación a una historia de la corneta. En http://desde-cuba.blogspot.com/2010/08/invitacion-una-historia-de-la-corneta.html
2. El día que sonó la corneta china. Marcelino Ortiz. Sierra Maestra, domingo 16 de julio de 1967

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