Santiago en mí

Paseando por Enramadas (I)

Quizás se trate de la calle más popular y concurrida de Santiago. Lo prueba el mar de gente que desanda su empinada anatomía a toda hora del día y la noche, estrechando con sus inquietas humanidades, la anchura de la que presumió en sus años primeros, al extremo que llevó a bautizarla como Calle Ancha, para diferenciarlas del resto de las calles que fundaron la ciudad.

Vista de la Calle Enramadas

Cómo tantas otras de las rúas que delimitan el Santiago añejo, Enramadas dibuja con su cauce, la anatomía montañosa de esta ciudad, descendiendo, desde las enormes puertas de hierro forjado que abren su trayecto en lo alto de la Plaza de Marte (aún cuando se extiende más allá, hasta el Reparto Santa Bárbara), hasta alcanzar el Paseo de la Alameda, luego de un zigzagueante recorrido cargado de historia y curiosidades, el cual les invito a seguir conmigo en esta breve aproximación

De Calle Ancha a Enramadas

Desde los primeros pasos de ciudad de la séptima villa fundada en Cuba, la calle Enramadas, entonces Calle Ancha, demostró ser un escenario propicio para el establecimiento de comercios de toda índole y menesteres: barberías, peluquería, sastrerías, almacenes, carnicerías y un largo etcétera.

Su entonces modesta estampa de calle de tierra endurecida por el continuo trajín ciudadano, que se volvía lodazal con las primeras lluvias; recibió con beneplácito la idea de los comerciantes que la poblaban, de guarecer sus negocios bajo el frescor de verdosas pencas de guano para atenuar el agobiante calor que, también en aquellos tempranos tiempos, regala el sol por estos lares.

De inmediato, la agilidad mental de los pobladores comenzó a identificar a la vía por sus vistosas enramadas; y como siempre ocurre cuando el bautizo tiene lugar por vox populi, la anterior definición de Calle Ancha fue quedando relegada al olvido de los archivos históricos.

Pero las frescas enramadas que perpetuaron la imagen de una calle, también fueron protagonistas de sus desgracias. Cierto día de carnaval, la malacrianza de un niño de la aristocracia criolla, volcaron un caldero de chicharrones, provocando quemaduras a varias personas, incluida la dueña del puesto de ventas. Durante el barullo por el incidente, carbones encendidos saltaron y prendieron rápidamente las pencas, propagándose el incendio hacia otros negocios cercanos, hasta ser extinguido a tiempo de evitar males mayores. No fue este el primero ni el último de los incendios acontecidos en Enramadas. Éstos siniestros eran bastante frecuentes a lo largo de toda la calle, tal y como queda registrado en las Crónicas de Santiago de Emilio Bacardí. Ante estas funestas perspectivas, las autoridades de la ciudad decidieron eliminar, de forma definitiva, las cubiertas de enramadas, acción esta que, sin embargo, no logró borrar el portentoso nombre de Calle de las Enramadas con el cual comenzó a aparecer en los diferentes planos de la ciudad realizados por el francés (radicado en Santiago de Cuba) Louis François Delmés.

Siempre fue Enramadas, junto con la zona limítrofe del puerto, de los puntos más concurridos de la ciudad, sobre todo en el área que ocupaba el Mercado en la calle Carnicería, donde precisamente existía un cobertizo dedicado a estos fines, y en el cual la actividad comercial comenzaba desde muy temprano en la madrugada y se extendía hasta las diez de la mañana. Allí se vendían todo tipo de productos (carne de res, tasajo, diferentes tubérculos y frutas), aunque no siempre de la mejor calidad, tal y como refiere el viajero francés Decourtilz citado por la historiadora María Elena Orozco Melgar en su Génesis de una ciudad del Caribe …:

“Me decidí con mucha repugnancia, a comprar esa carne mal cuidada, cubierta de fango y polvo, en fin más despedazada que cortada (…) el fétido olor de las negras vendedoras, de la cuales, me irritó cada vez más y me restringió a comer sólo frutas”

Esta descripción del francés también podía haberse extendido al resto de la calle, dado las malas condiciones higiénico-sanitarias que mostraba, al igual que el resto de la ciudad, pero incrementada por su constante actividad comercial.

Alrededor del año 1822, las ventas del Mercado se trasladaron para la Plaza de Dolores, dejando en su cobertizo de Enramadas, sólo las carnes y sus derivados.

“Reverdecen” las Enramadas

El interés mostrado por los principales notables santiagueros, agrupados alrededor de la Real Sociedad Económica de los Amigos del País, por cumplir con las Instrucciones de Sabatini para dotar a la ciudad de un prestigio basado en el mejoramiento de su salubridad; así como la importante contribución que este aspecto aportó la creciente presencia francesa de inicios del siglo XIX, favoreció especialmente a Enramadas como arteria comercial de la urbe, la cual vio cómo poco a poco su cauce fue empedrado y sus fachadas se transformaban con la construcción de nuevas edificaciones de exquisitas arquitecturas.

Cine Teatro Oriente

Cine-Teatro Oriente, hoy en reparación. En este sitio radicó el "Teatro de la Reina" en el siglo XIX

En 1848 se colocó la primera piedra del llamado Teatro de la Reina (hoy Cine-Teatro Oriente; en reparación). La construcción de dicha obra se le encargó a una Sociedad Anónima representada por el Licenciado Miguel Estorch, la cual compró para este fin, en 15 mil pesos, un amplio solar en la parte baja de la calle Enramadas. El acto lo presidió el gobernador Mac Crohon y en el mismo, Estorch resumió las labores hechas a tal efecto y las causas que promovieron su construcción:

“Careciendo esta ciudad de una escuela de costumbres, se formó una Sociedad Anónima con el objeto de cubrir una necesidad que nos ponía en ridículo a los ojos del mundo civilizado. Buscóse el lugar más apropósito, encargándose de los planos a un hábil ingeniero y después de haberse solicitado licitadores para la obra, celebróse el remate a favor de una persona que la llevará a cabo, más por espíritu de patriotismo que por especulación. Hoy es el día de colocar la primera piedra del edificio destinado a instruir recreando (…)”

El teatro estuvo terminado en julio de 1850, con una capacidad para 1300 a 1400 personas, en forma de “364 lunetas, 41 palcos en el primero y segundo piso, y en el tercero 3 palcos tertulia y cazuela”. La primera función fue a beneficio de la Casa de Beneficiencia de la ciudad, y estuvo a cargo de la compañía Robreño con la obra “Cada cual con su razón”, de José Zorilla.

Con el tiempo nuevos teatros fueron poblando la ciudad, como una alternativa de los jóvenes santiagueros que pretendían expresar su cubanía, dado que el tablado del Teatro de la Reina, se mantuvo durante mucho tiempo como espacio privilegiado de la élite local. Años después, Enramadas vio nacer otro teatro al cual se le denominó Heredia (donde hoy radica la Sala-Teatro Van Troi). Este nuevo espacio promovió una especie de emulación cultural entre ambas sedes, interesadas en proponer el mejor espectáculo, que a la larga benefició a los amantes de las artes escénicas en la ciudad.

Luego del triunfo de la Revolución, específicamente en el año 1967, toda la calle Enramadas fue sometida a una minuciosa restauración que permitió recuperar obras arquitectónicas de incalculable valor, las cuales se encontraban en lamentable estado debido al daño acumulado en sus centenarias construcciones. Pero transcurrió otro largo período de “olvido”, acrecentado por las carencias que impuso el llamado Período Especial, en el se resintieron los añejos esqueletos de la urbe. Enramadas parecía apenas una mala fotografía de lo que fue.

Por suerte, en el año 2006 se promovió el llamado Proyecto Centro como un “plan inmediato de reanimación urbanística, basado en la Conservación de la Ciudad Histórica dentro de la urbe santiaguera” que prometía mejorar “la imagen del entorno, la imagen del espacio público” y rescatar “valores patrimoniales”. Y así ha sido. En poco menos de cuatro años, la imagen de Santiago, y de Enramadas como parte inseparable de su Centro Histórico, ha cambiado para bien. Cada día nuevos ejemplos de esta reanimación sorprenden a los santiagueros. Aunque queda mucho por hacer. Ahí aguardan entre sus ruinas, edificaciones como el propio Teatro Oriente y el Hotel Imperial, en espera de que el impulso conservador llegue hasta ellos.

Hotel Imperial

El Hotel Imperial aún espera por su restauración

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