Santiago en mí

¿Cómo divertirse en un Parque de Diversiones?

El niño suelta la mano de la madre y corre a incorporarse a la hilera. Desde su posición inicia la primera de las muchas rabietas de la tarde, porque “quiere montar en el aparato” y la cola se le antoja eterna. La madre demora un regaño que se perderá entre las estridencias de la música que se apodera de todo el lugar sin que se pueda precisar de dónde proviene. Apenas se puede distinguir de qué canción se trata; el ambiente es una mezcla de sonidos de diversas intensidades y orígenes: música, gritos, risas, llanto, el crujir metálico de los equipos, la protesta de los niños, el regaño de los padres. Todo ocurre con una desordenada rutina, ires y venires de niños, adolescentes, jóvenes, no tan jóvenes, familias completas, padres, madres, amigos; todos contribuyen inconcientemente con sus conversaciones particulares, con sus risas, al jolgorio general. El amplio espacio se estrecha entre la multitud que desborda cada metro cuadrado, que engrosa las filas frente a las diferentes atracciones, o simplemente espera paciente su turno para comprar confituras, algodón de azúcar, o acceder al restaurante. Muchas son las opciones: además del clásico carrusel y la “subida a la gloria” (o sencillamente La Estrella), están los “aviones caza”, las sillas voladoras, los botecitos, las cestas-botes que recorren un sinuoso caudal artificial, el popular “deslizador” que culmina su caída libre en un estallido de agua y risas, y muchos otros, que dividen los gustos de generaciones. Pero no todo es mecánico. No faltan los juegos electrónicos, la sala de video, la piscina de múltiples terrazas donde los pequeños exponen su inocencia retozando en diez centímetros de agua, los juegos con pelotas, el tiro al blanco, y así toda una gama de entretenimientos que acortan el día, y dejan para el adiós nuevos berrinches de los niños que no entienden la fugaz naturaleza de las papeletas, o el cansancio de los padres luego de todo un día de tropelías.

Imágenes como estas vienen a mi mente cuando recuerdo mis años de infancia en las áreas que ocupa el Parque de Diversiones 26 de Julio, en la carretera a Siboney. Aquellos años en lo que apenas comenzaban a sentirse las carencias del llamado Período Especial, las cuales comenzaron a cobrar sus primeras víctimas entre las diversiones del parque, de un modo sutil, casi al azar, cuando en algunas visitas no se podía acceder a algún que otro aparato (el “deslizador” fue de los primeros en caer). Pero la sombra en los rostros pronto se borraba pues allí estaban muchos otros equipos, con sus inacabables colas como muestra de su vitalidad. El ambiente seguía siendo festivo.

Luego vino un largo período de casi veinte años en los cuales, sin saber bien por qué, no regresé al Parque, y las referencias que fui teniendo de él, me llegaban de aquellos que aún insistían en visitarlo. A través de sus crónicas, fui asistiendo, pasivamente, a al historia del deterioro paulatino de la imagen de mis recuerdos.
Sin embargo, el pasado domingo volví sobre mis pasos y regresé a las áreas del Parque de Diversiones. Tengo que reconocer que, ni siquiera las advertencias hechas por quienes en este largo período de ausencia continuaron siendo asiduos a los fines de semana en el Parque, pudieron prepararme para lo que me deparó mi regreso.

Deprimente. Es la única palabra que me vino a la mente al observar un paisaje triste, seco, vacío; donde ni siquiera la música que desde la lejanía se dejaba caer sobre los que desandábamos sus caminos, escapaba de las ausencias. Bastaría decir que sólo tres distracciones funcionan, imponiendo el crujir de sus añejos engranajes a la silenciosa presencia de los restos insepultos de los otros aparatos del Parque. El dolor se acumulaba ante cada imagen del deterioro. Los botecitos encallados en la sequedad de su lago; las tazas giratorias, detenidas en su asimétrica inclinación; el raíl oxidado extrañando el roce de las ruedas del trencito; los aviones sin despegar en un vuelo que sería ahora imposible por estar ocupado su espacio aéreo por la anatomía oportunista de las plantas que crecen en la cercanía; la enorme rueda de la Estrella, que mira inerte a la ciudad desde sus diferentes alturas, con los vidrios rotos de cada una de sus casetas inmóviles, envidiando una la posición de la otra: la de arriba ya mareada desde su altura, y la de a ras del suelo, aburrida de esperar la llegada de quien la ocupe; hierros, óxido, piezas sueltas, son ahora los habitantes de estos espacios que se llenan de ausencias: ausencia de aparatos, de niños, de familias, de gritos, de risas, de regaños, del “aquí para allá” de los que buscan la mejor posición en una cola. Ausencia que alcanza un Teatro guiñol vacío, una sala de video cerrada, un restaurante desecho.

"El Carrusel" es una de las tres únicas atracciones con que cuenta el Parque de Diversiones 26 de Julio

Qué de divertido puede tener este sitio donde la ocasión propicia el probar una y otra vez los mismos aparatos, donde no existe más atracción que la música de turno, donde las únicas ofertas gastronómicas son las mismas que pueden encontrarse en cualquier sitio de la ciudad rodeado de un paisaje menos sobrecogedor que el que brinda la arrasada superficie del Parque. Dónde están los payasos, los magos, los artistas que puedan llenar otra vez las gradas del Teatro Guiñol, aparentemente sin mayores deterioros arquitectónicos. Dónde están los juegos de tiro al blanco con pelotas, o con argollas a “colar” sobre el cuello de botellas. Dónde, los aparatos de fabricación artesanal que durante los días de carnavales llenan varias calles de Santiago, haciendo las delicias de los pequeños, y que una vez terminadas las fiestas, no vuelven a funcionar. Por qué desaprovechar un espacio tan amplio cómo el que brinda el Parque 26 de Julio.

Hoy, visitar el Parque no es más que una concesión a la nostalgia, una inocente esperanza de mostrarle a las nuevas generaciones un sitio donde tantos buenos momentos pasamos durante nuestra infancia. Es una lástima que la imagen que se lleven de un lugar pensado para la diversión, sea apenas el fantasma de lo que fue. ¿Qué quedará para sus descendientes?

Ojalá, y más pronto que tarde, se dignen a rescatar este resabio del pasado de tantas generaciones de santiagueros.

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