Santiago en mí

Mi mundo chiquito

A veces me pregunto de qué vale vivir en una gran ciudad. Incluso no tiene que ser Nueva Delhi, Shangai o New York; en ocasiones basta con vivir en Santiago de Cuba, el municipio más poblado del país, para que, en un alarde reduccionista, escuchemos con más frecuencia de lo imaginado la frase: “qué chiquito es el mundo”.

Una exageración, ciertamente, pretender que un mundo donde habitan más de seis mil millones de personas es pequeño; incluso, que Santiago de Cuba, municipio más poblado del país, pueda clasificar como “un mundo chiquito”. Sin embargo, no siempre esta supuesta inmensidad basta para pasar inadvertidos, para alegría de muchos y desazón de no pocos. Entonces, no sólo se nos convierte en una semilla todo el planeta, sino que nos replanteamos la verdadera naturaleza del destino.

¿Qué hilos ocultos gobiernan nuestras vidas?¿Qué irregularidades del camino dirigen el rodar de las piedras que se encuentran?¿Qué probabilidades existen de que, entre los 493 mil 623 habitantes de esta urbe, conozcas a una persona, cuya existencia era totalmente ignorada con anterioridad, y de repente traiga de vuelta todo un pasado?

A ciencia cierta no lo sé. Pero si me preguntan por mi experiencia de los últimos meses, diría que muchas.

Tiempo atrás conocí a una joven estudiante de Historia del Arte, con la cual he entablado una buena amistad. Durante uno de nuestros encuentros veo una foto en la cual ella aparece junto a su novio, del cual hasta el momento sólo tenía referencias muy vagas. Cuál no fue mi sorpresa al percatarme que su pareja era un buen amigo de mi infancia, quien resultó que en la actualidad se desempeña como artista plástico, y al cual no había visto por más de 15 años.

Desde entonces, como suele suceder, la imagen, la presencia, el nombre de este amigo, fue ocupando espacios en mi amistad con su novia, pero, más allá de una fugaz conversación telefónica, no habíamos logrado el reencuentro. Mas, ayer en la tarde, cuando regresaba a casa por un camino poco acostumbrado en mis jueves, mis pasos me llevaron justo frente a un hombre alto, flaco (no tanto como yo), de una melena poco más corta que la de fotos recientes, y una gorra que se me antoja como característica de su anatomía. Era precisamente él, mi amigo de la infancia, el que ahora se me descubre como el artista plástico Roberto Botta.

Tal y como sucede entre amigos que se reencuentran, sin formalismos, permanecimos parados, conversando, en una de las esquinas del reparto Sueño, de esta ciudad. Llama la atención su voz grave, el tono seguro, que sería la envidia de muchos locutores de radio. En sus manos se descubre el oficio de quien anda entre pinceles, óleos, acuarelas. Ya no es la misma imagen del pequeño que gustaba de dibujar, aspecto este que, como él mismo advirtiera, fue quizás el punto de inicio de nuestra amistad. Pero yo tenía la ventaja de haber visto su imagen recientemente a través de fotografías. Él tuvo que redescubrir al mismo flaco de dientes saltones de su infancia, detrás de la estampa, igual de flaca, pero camuflada con una espesa barba.

La conversación trascurrió azarosa, como si los temas guardados durante años compitieran por ocupar el mejor espacio entre las palabras. Hablamos del pasado, del común y del que siguió a aquellos años en los que compartíamos más allá de las aulas de la Ciudad Escolar 26 de Julio, cuando nuestros juegos e intereses se extendían hasta la sala de su casa, en un edificio ubicado justo al frente del polígono del antiguo Cuartel Moncada; de ese pasado reciente que llevó mis pasos en una travesía de casi mil kilómetros hasta la Habana y luego de regreso; y el que impulsó a Botta a dedicarse por completo, desde hace casi cuatro años, a la creación artística en el mundo maravilloso de la plástica. Hablamos del presente, del común (gracias a su novia), y del que día a día nos convierte en lo que somos. Y, por supuesto, también hablamos del futuro, con la certeza de que los caminos que ahora se reencuentran no seremos nosotros quienes habremos de desviarlos.

En el tintero (o en la paleta) quedaron temas por tratar, pero estoy seguro que el momento oportuno vendrá y ya nos sentaremos calmadamente a desempolvar afinidades, a trazar planes, a compartir. Ahora, nuestros “pequeños mundos” individuales se abren a un mundo común que, tal vez, nos corrobore la inmensidad de esta ciudad, de este país, de este planeta.

Mientras tanto, como mismo voy descubriendo al Botta artista, se los presento a Uds. en las imágenes que acompañan esta entrada, y de esta forma también cumplo con mi amigo en darle promoción a su obra que, a fin de cuentas, es la obra de un artista santiaguero.

Para acceder a un breve currículum de la labor artística-profesional de Roberto Botta, pueden visitar el siguiente link.

http://www.futuristartplastic.com/2009/04/09/roberto-botta/comment-page-1/

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2 pensamientos en “Mi mundo chiquito

  1. Me gustan mucho sus pinturas, me recuerdan a las de Salvador Dalí.

    • me alegra que te recuerden a un grande, si hubieras visto otras de las que tengo de él pues también te hubieran provocado una sensación similar…ojala pronto tenga más que presentar

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