Santiago en mí

Otra vez el Parque Serrano

Recientemente logré sentarme a una de las mesas en que, día a día, decenas de santiagueros, de diferentes edades, exponen sus estrategias al mando de los trebejos blancos y negros del ajedrez, bajo las sombras escurridizas de los árboles que adornan el Parque Serrano de esta ciudad, en la céntrica calle Enramadas.

Por unos minutos fui protagonista de una de las escenas ya cotidianas de este parque santiaguero; el combate de tradición silenciosa y meditabunda que aquí transmuta sus silencios protocolares el ambiente bullicioso del nuevo escenario, donde las únicas batallas no son la de los ejércitos de reyes y damas, sino que desde muy cerca, se libran otros combates, de mayor arraigo popular, entre las rectangulares anatomías de las fichas del dominó. Entonces, parece que los trebejistas se contagian de los exaltados comentarios que sellan cada mano del dominó, altisonante disertación sobre los principios del juego, y análisis milimétrico de las jugadas que, por hechas, ya no serán repetidas; y ellos mismos, los ajedrecistas, hablan sus pensamientos, a veces con ribetes de burla o reto, o simplemente en monótono murmullo de frases cuyo sentido depende de la batalla que se libra en el terreno de las 64 casillas. Puede suceder, incluso, que sin previo aviso, y ante la sorpresa de las mesas de combate y los pasos de los transeúntes, tres actores se adentren en los vericuetos dramáticos de una obra teatral, logrando, poco a poco, detener, primero incrédulos, luego curiosos, y finalmente expectantes, a los santiagueros que esas horas rebosan la arteria antes Ancha; quienes quedan a la espera ansiosa del fin de la historia de la mulata y los dos negritos.

El Parque Serrano exuda vida por todo su perímetro. Centro improvisado para el esparcimiento de sus ciudadanos, quienes doman sus duros granitos mientras degustan una merienda, juegan sus partidas de ajedrez o dominó, hurgan entre las ventas de bisutería, dejan correr el tiempo a la espera del curso de turno en las modernas aulas del Palacio de Computación, o simplemente disfrutan de la actuación del Órgano Oriental (instrumento del cual, necesariamente, tendremos que hablar en alguna oportunidad en este blog).

 

Vista de la antigua Oficina de Obras Públicas (1950) justo donde hoy se alza el Palacio de Computación en la calle Enramadas, frente al Parue Serrano

Cuando recorro la vista por este parque palpitante, me gusta adivinar cómo eran sus esquinas en aquellos años del Parque de la Carnicería, o en cual de sus extremos se habrá alzado la ignominiosa figura de la picota. Pero a veces resulta difícil sobreponer esas imágenes centenarias a la estampa mucho más reluciente de estos días.

Sin embargo, se descubre indignado la huella indolente de un cesto ausente, y se disparan las señales de alarma ante un posible futuro de desidia. Vienen a mi mente entonces, las quejas vertidas, allá por la década del cuarenta del pasado siglo, por los editores del Boletín ACCIÓN CIUDADANA en un artículo que, bajo el imperativo título de “Lea usted esto alcalde”, se lamentaban del estado deplorable en que permanecía por aquellos años el parque Serrano. En el número 4 del mencionado Boletín, se lee la protesta:

“(…) Todos conocemos el proceso condenable mediante el cual el parque Serrano se ha metamorfoseado en una cocina pública donde se cuela café, se fríen buñuelos, se lavan cacharros; y donde, desde luego, ya nadie puede sentarse a descansar o tomar el aire polvoriento de la ciudad, ni llevar sus niños a que tengan lo que la frase tan conocida califica de “un poquito de expansión”…

Un buen día (…) llegó un señor con su tablero de dulces baratos en torno al cual las negras moscas hacían rondas reverentes; luego, al del tablero le siguió un colega (…) y después fueron billeteros, expendedores de café, prú y heladillos. (…) Hoy las aguas de fregados corren por el piso, se elevan puestecitos por doquier, (…) y del parque Serrano no queda en realidad más que el nombre”

En ese mismo artículo se advertía sobre el mismo derrotero por el cual se encaminaba el cercano Parque del Carmen. Expresaban su alerta, los Editores del Boletín, en los siguientes términos:

“Hay que evitar ahora que la plaza del Carmen se convierta con el andar de los días en el mercado del Carmen.

Va camino de ello. Ya hay en el frente de esa plaza una fila de expendedores ambulantes súbitamente sedentarizados. Todavía no se cuela allí café ni se fríen buñuelos, peor ya las personas que quieren entrar al parque tienen que hacerlo por sus costados, no invadidos aún.”

Y sentenciaba el Boletín a modo de conclusión:

“ACCIÓN CIUDADANA da a tiempo el aviso para que no se empeores el desdichado aspecto de nuestra ciudad. Ud. tiene ahora la palabra, señor Alcalde Municipal.”

En estos recuerdos andaba cuando una pequeña niña llegó corriendo desde la cercana Enramadas, con un papel entre sus manitas y, en un inmenso gesto, casi con cariño, lo deposita en uno de los cestos sobrevivientes, que se mantienen incólumes con sus bocas insaciables abiertas. La pequeña, sin percatarse de su maravillosa acción, se aleja sonriente al encuentro con su madre, padre, o ambos, más allá de mi vista. La escena me roba una sonrisa de satisfacción mientras pienso que no todo está perdido. El parque no está amenazado por los vendedores ambulantes que acá, no lo son tanto, y mantienen alejado su “sedentarismo”; no hay más mercado que el de las bisuterías, y ese, no desangra sus restos hacia el pavimento.

Quizás muchos de los concurrentes al parque perdieron la oportunidad de ser testigos activos de esta escena, inmersos entre escaques, puntos y discusiones; en fin, en la costumbre de su día a día como parte viviente del parque. Poco a poco voy uniéndome al concierto rostros concentrados sobre el tablero. Los recuerdos quedan pospuestos hasta hoy. El parque de los mil nombres permanece como acogedor escenario para el esparcimiento de los santiagueros. En uno costados, el Callejón de Carmen exhibe sus renovados adoquines, en coqueto gesto que hace un guiño de vanidad a su vecino. El bullicio de la calle y los jugadores de dominó, van apoderándose del ambiente; mientras yo analizo la próxima jugada de mi torre, con la cual quedará definida de una vez y por todas, el destino de mi partida.

 

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