Santiago en mí

De leyenda…

Después de 1515, cuando Diego Velásquez fundó la villa de Santiago de Cuba, ésta comienza a extenderse sobre el gran anfiteatro natural que brinda la topografía del terreno, dando lugar, con el paso del tiempo, a la ciudad que hoy admiran habitantes y visitantes, marcada por los perfiles zigzagueantes de su calles empinadas. Casi quinientos años de vida, se soportan sobre los pilares de la historia, pero también, entre los resquicios de los hechos documentados, se cuelan no pocas leyendas.

Hoy, de la mano de la MSc Raquel Blanco, y tomando como base un artículo publicado en el número 75.del Boletín ACCIÓN CIUDADANA, por Mario Vaillant Luna, les propongo conocer una de esas leyendas que nos remite a los años primigenios de la villa santiaguera, cuando aún desandaban por nuestras apisonadas calles, algunos de los primeros pobladores de la isla.

“Por entonces, la naciente ciudad gozaba de aparente tranquilidad; Sarmientos, aquel ambicioso Obispo que tan ingratos recuerdos dejara, hacía meses, había puesto el Atlántico por medio, y Doña Guiomar, su acérrima enemiga que tan inmerecida fama tuviera de escandalosa dado su carácter varonil y despreocupado; después de conquistar el corazón de un gobernador, había embarcado con éste, y de dejado para siempre las playas de Santiago de Cuba, escenario donde el destino había querido que jugara tan importante papel”

Entre los indios pertenecientes a la encomienda de la polémica Doña Guiomar, había uno de nombre Yarayó, hijo de un Cacique Saramaguacan, radicados en la zona de Camagüey, y que fueron hechos prisioneros por Narváez, quien los trajo a la villa santiaguera y los sometió a la esclavitud. La exigente vida del trabajo forzoso cobró la vida del viejo Cacique; pero su hijo tuvo la suerte de quedar en la dotación de Doña Guiomar, en la cual pasó su niñez y juventud.

Al partir el ama, Yarayó logró obtener su libertad. Se estableció en su humilde bohío no lejos de la desembocadura de (en ese entonces) un río de claras aguas que corría por el noroeste de la ciudad Pero la vida no se le hizo más fácil. Ya libre, tuvo que buscarse los medios para subsistir, para lo cual se dedicó a las labores agrícolas y a la pesca, algo que sus antepasados dominaban a la perfección. Cuentan que se le veía a menudo en las aguas de la bahía santiaguera (también conocida como “puerto del Rey”, título conferido en su momento por Cristóbal Colón), en la cual realizaba su pesquería, cuyo fruto vendía en las tardes a los vecinos de la vecina villa, justo antes de dedicarse a las labores de la tierra, hasta la caída del sol.

Cierta vez, navegando hacia la bahía para su diaria labor de pesca, vio en la orilla a una hermosa india, de la cual, como suele suceder en estas leyendas, quedó prendidamente enamorado. El objeto de la admiración de Yarayó se llamaba Guymeya y pertenecía a la dotación de Don López de Mendoza. Según cuenta Mario Vaillant en su historia, Guymeya era originaria de Jagua, y había vivido junto a su madre como miembros de la encomienda de Don Vasco Porcado, hasta que la pequeña fue vendida a Don López de Mendoza.

Desde el primer encuentro casual a orillas del río, el amor entre ambos indios había ido fortaleciéndose, hasta que “él, cantando areítos, le había dicho que la amaba, y ella había correspondido a su amor en idéntica forma”, escena sólo presenciada por el río, y el paisaje circundante, y que sólo la insaciable imaginación humana nos lleva a describirla de esta forma. Desde es entonces, Yarayó prometió a su amada trabajar sin cansancio para lograr obtener su libertad.

Pero López de Mendoza no espero por los esfuerzos del joven Yarayó y decidió la venta de Guymeya a favor de Cristóbal de Ayala.

Ante la posibilidad de un futuro separado de su amado, la india huyó de la encomienda y fue a refugiarse en los brazos de Yarayó. Narra Vaillant:

“(…) en rústica morada del indio, levantó la cortina que servía de puerta, y corrió a arrodillarse en el suelo donde dormía su adorado para contarle…entre lágrimas y sollozos”

Yarayó se encontró ante una gran incertidumbre, aunque quisiera defender a su amada se encontraba totalmente indefenso ante el poder de sus perseguidores. Con el rostro seguramente transfigurado en una mueca de dolor y decisión “atrajo a su amada hacia él, los cuerpos se ciñeron, sus callosas manos subieron por su espalda hasta la nuca…las dos bocas se unieron y al terminar aquel beso fatal, los hercúleos dedos del indio estrecharon fuertemente el cuello de la amada”.

Luego de depositar cuidadosamente sobre el suelo el cuerpo inerte de Guymeya, tomó una cuerda de su cayuco y, de un salto, ganó una de las ramas de un mangle que se extendía sobre el arroyo. Cuando llegaron los perseguidores de la india, encontraron a la india inmóvil sobre el suelo, y el cuerpo sin vida de Yarayó, balanceándose suavemente sobra la transparente superficie de las aguas del río.

Desde ese entonces, el río, testigo del trágico desenlace, asumió el nombre del joven indio enamorado; y aunque en la actualidad las aguas del arroyo sólo renacen del olvido cuando las lluvias inundan la zona urbana que se adueñó de su espacio, permanece, cómo vestigio de su existencia, el Fuerte de Yarayó.

Dos vistas del fortín de Yarayó. A la izquierda, su imagen actual. A la derecha, el Fortín se refleja sobre las aguas del río homónimo.

 

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