Santiago en mi

Mi breve espacio

Advierto a los lectores que esta entrada la dedico a mí, surge a modo de agradecimiento a esas personas que sin grandes pretensiones nos brindan una vuelta a la realidad y nos permiten salvarnos de los abismos que nos sorprenden en algún momento de este viaje que es vivir. A esos amigos, oportunos,…y por supuesto, a mi ciudad, dedico este breve espacio.

Tengo varios temas en el tintero. Me miran desconfiados de una espera que se traduce en días. Los miro condescendiente y comprensivo, sabedor de la aparente desidia, pero la cotidianidad me había absorbido, con su pragmatismo, sus miserias, sus giros inesperados; chocando contra mis días con un oleaje de acontecimientos imprevisibles y aletargantes que pospusieron los ímpetus y los ánimos.

Pero una vez más la ciudad sale a mi encuentro, como si por alguna extraña razón se viera comprometida (disculpen la vanidad) a retribuirme por estos últimos meses de renovado romance, por las horas trasnochadas e insomnes dedicadas a su estudio, a su redescubrimiento, siempre desde la humildad de mis ignorancias; la ciudad me abre sus noches tantas veces pospuestas, y me regala su más apacible instante y sus brisas barredoras de entuertos.

El milagro, como todos los que me ocurren con una frecuencia alarmantemente baja, una vez más no es divino, sino que llega de la mano de uno de esos amigos eternos, de los que se redescubren escondidos tras las décadas y se nos muestran reverdecidos, misteriosos, y en este caso, sumamente oportuno. Amigo que resurge de entre los olvidos involuntarios gracias a otra gran amiga, no menos misteriosa, no menos oportuna. Ambos, y la ciudad, me arrastran a otra cotidianidad, tan lejos de la propia que por un instante sólo somos tres (con la agradable omnipresencia de la cuarta).

Santiago, de noche, es un espectáculo que se lamenta haber pospuesto durante años casi. Sentarse en el Parque Céspedes cuando aún lo recorren los retardados pasos post jornada laboral, o va siendo tomado poco a poco, imperceptiblemente, por los bohemios de siempre, los que comienzan su vida cuando ya mis huesos se retiren de las inmediaciones de la plaza.

El Parque me hace un guiño cómplice de quien sabe se sabe expuesta a una nueva visión que se permite descubrir en sus arquitecturas, la historia que se escurre zalamera entre tantas otras cotidianidades. Ya me es difícil ver al Antiguo Club San Carlos sin sus tres pisos pre-terremoto, la Catedral se me antoja una vez más vulnerable a posibles sacudidas de tierra y a veces me descubro adivinando el sitio exacto en el que se alzaran alguna vez el espléndido y aún desconocido Arco de Triunfo, mientras supongo que de existir, tal vez pondría un poco más de gloria a la imagen anacrónica del Banco que hoy se roba el espacio y la historia del Antiguo Hotel Venus.

Por momentos me olvido de todo y sólo somos mi amigo, el parque y yo, pero de pronto pasa una afro descendiente con sus carnes gritando entre las dos tallas más cortas que intentan apresarlas y se abre un paréntesis…Sabes por qué las latinas son tan hermosas, porque son las mezcla perfecta entre las afro descendientes y las españolas?…la sentencia sin pretensiones se va detrás de las voluptuosidades y la noche vuelve a nosotros con su “atemporalidad.”

Luego el parque se hace caminata, las calles aprehendidas en la claridad de mis días se renuevan en matices de sombras y luces artificiales, como extendiendo sus encantos por las venas abiertas de la vetusta ciudad. Al final de mis pasos me exploro, me miro desde la misma hipercrítica posición en las que por estos días me observo, y una media sonrisa me alerta sobre los olvidos, los lastres abandonados y este pecho que ya no duele al respirar. Mañana será otro día. Gracias a la ciudad y los amigos, ya no da miedo despertar.

 

Obra del artista santiaguero Roberto Botta, el amigo.

 

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