Santiago en mí

Una ciudad, miles de ciudades

Hay instantes, etapas, épocas, en las que las sensibilidades andan a flor de piel; entonces, ese mundo nuestro, el tantas veces acusado de inamovible, monótono, perpetuo, se nos revela con nuevos matices e intensidades que nos sorprenden y, a la vez, renueva nuestra confianza en lo maravilloso.

Y creo que hice bien en declarar desde el principio ese mundo nuestro, porque, en esencia, lo que nos rodea no es más que un reflejo personal de una realidad preexistente, es la propia reconstrucción que hacemos, desde nuestras percepciones, desde nuestros recuerdos y vivencias, de ese entorno en el cual nos desarrollamos en ese diario que se llama vivir.

La ciudad no escapa de esta metamorfosis sensorial. Por el contrario, no creo hallar mejor ejemplo de cuanto digo que una ciudad, por ser ella el campo de nuestras acciones y, a la vez, la fuente de nuestras percepciones.

Cada ciudad es, potencialmente, miles (millones) de ciudades. Y no desde la aritmética sencilla del sumar cada uno de sus habitantes, sino desde la compleja matemática de ese otro mundo (inmenso, convulso y misterioso) que resulta la individualidad del ser humano.

De una de mis primeras lecturas de Saramago guardo una extensa cita que ha marcado profundamente mis creencias en el ser humano, y que en cierta medida creo que todos compartimos. Dice el universal portugués (y aquí, adrede, les transcribo un fragmento de la cita):

Viven en nosotros innúmeros (…) y de tantos innumerables que en mí viven, yo soy cuál, quién, qué pensamientos y sensaciones serán las que no comparto por pertenecerme a mí solo, quién soy yo que los otros no sean, o hayan sido o sean alguna vez.

Si damos por cierta nuestro carácter plural, entonces nos es más fácil entender esa volubilidad de nuestro entorno puesto que cada uno de nuestros innúmeros percibiría a la ciudad desde su propia naturaleza “individual”.

No obstante, pienso que para ser testigos activos de esa multiplicidad, se requiere de una sensibilidad exaltada, ya sea por don ¿divino? (natural, genético), tal y como ocurre a los artistas; o por sucesos que nos conmocionen (positiva o negativamente). Ambos casos son condiciones que se repiten durante la vida (incluso los artistas de mayor sensibilidad han de buscar experiencias que nutran ese don de llevar al arte la realidad), y cada una de ellas (llamémosle cada nueva experiencia) va conformando nuestra verdadera ciudad.

De esta forma, cada esquina, cada calle, cada parque, balcón, corredor, boulevard, adoptará la forma de nuestras experiencias en ellos. Ya la esquina no será la esquina, sino el lugar del encuentro fortuito; ya el parque no será el parque, sino el escenario del primer beso (o de la ruptura); ya la calle no será la calle, sino el camino que nos lleva hacia alguien o algo; y así, en un ciclo infinito que se renueva según nuestras propias vivencias.

Claro, también está el aporte físico, palpable, real, de la ciudad. Pocos la conocen en su totalidad. El día a día individual nos da una imagen sesgada de ella. Así, Santiago, para algunos, no es más grande que aquella villa primigenia que se escapaba del mar hasta la Ermita de Dolores; otros la extienden en una horizontalidad impuesta por los medios de transporte; no pocos la ven desde las nocturnidades bohemias de sus pasos; los menos, y más afortunados, son capaces de ubicarse en cualquiera de sus extensiones con sólo un risible esfuerzo mental; pero, incluso éstos, ¿cuán seguro están de conocer la ciudad? Creo que no mucho, y ellos mismos se sorprenderán redescubriendo barrios, callejones, parques, según sus propias historias vividas en ellos.

Es una estrategia interesante que adopta la ciudad para reinventarse; ¿o nosotros para reinventarla?, para no caer en la tentación de ceder a su fachada añeja, para renovar, con ella, ese amor que nos ata a sus perfiles empinados y a sus calles angostas, para convencernos que no hay barrios marginales sino marginados; para sentir que, en definitiva, la ciudad somos todos.

 

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