Santiago en mí

Una tarde con Ciro Bianchi

Que soy un lector empedernido lo sabe quien me conoce, quien ha sido testigo de mi necesidad imperiosa de tener entre mis manos un libro y devorarlos uno tras otro, en ocasiones, sin darme un respiro entre el punto final de un texto y el prólogo del siguiente. Esto no significa que sea un buen lector; no presumo de ello. No obstante, he logrado hacerme de mi propia “biblioteca” donde atesoro una pequeña parte de lo leído durante mis casi tres décadas de vida; pequeña pero significativa muestra de cuanto he admirado, y admiro, en materia de literatura.

Muchos de esos autores llegaron a mí desde sus póstumas inmortalidades y desde entonces siento sana envidia de sus contemporáneos, de aquellos que compartieron el placer de la espera por el nuevo libro a publicar. A otros autores tuve la suerte de conocerlos en su plena capacidad creativa y pude entonces disfrutar de la expectativa ante cada una de sus novedades o de sus apariciones ante la prensa.

Sin embargo, unos y otros tuvieron, para mí, una lamentable inaccesibilidad fuera de sus textos, entrevistas u homenajes. Los unos (Carpentier, Cortázar, Borges), fallecidos mucho antes que yo llegara a enamorarme de sus prosas –muchas todavía por descubrir—; los otros (Saramago, Núñez Rodríguez,…) se me hicieron esquivos aún cuando en más de una ocasión compartieron su verbo, su presencia, con sus fieles lectores en otros escenarios del país. De éstos guardo el sabor amargo de una muerte, a mi entender, prematura, y la sensación de que me deberé eternamente el haber podido conocerlos.

Pero esta vez la suerte me sonrió; la vida me dio la oportunidad de presenciar, de disfrutar del verbo vivo de otro de esos admirados: Ciro Bianchi.

Vista de la Galería "La Confronta"

El periodista quizás más leído en Cuba, como lo definiera la escrita GinaPicart, se encuentra por estos días en Santiago invitado por el Comité Provincial de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Entre sus actividades en esta ciudad se planificaron dos conversatorios con sus lectores, ambos con sede en la Galería de Arte “La Confronta” anexa al Comité Provincial de la UNEAC, en la populosa calle Heredia. El primero de estos encuentros tuvo lugar ayer a las cuatro de la tarde y estuvo dedicado a la figura de Lezama Lima, a quien lo uniera una amistad cuya modestia no le deja reconocer. La segunda de estas citas será hoy, en similar horario, para conversar de su labor como cronista, labor esta que le ha ganado, quizás, la mayor popularidad entre los lectores cubanos, gracias a su columna semanal en la edición dominical del periódico Juventud Rebelde.

Con esto antecedentes en mente, llegué a la Galería “La Confronta” a las tres y media de la tarde.  Se trata de una casona de puntal alto, amplios espacios y patio interior típico de las casas coloniales santiagueras, en busca de una brisa que se escurre, agradablemente furtiva, desde la calle dejando fuera, gentilmente, todo el bochornoso calor que el sol de la tarde derrama sobre la anatomía citadina.

Cuando aún quedaban asientos por ocupar, hizo entrada el invitado dela jornada. Vestido de forma austera: pantalones vaqueros y guayabera de atípico color marrón en cuyo espaciosos bolsillo superior derecho descansa un pequeña agenda y un bolígrafo, resabios, quizás, de su época de reportero; la bonachona figura de un hombre de estatura media y algo pasado de libras trajo a mi mente de inmediato la imagen similar aprendida en la distancia de tantas otras entrevistas.

Bianchi caminó sin pausas hasta el sitio designado para él frente a uno de los micrófonos que permitirían imponer su voz por sobre el constante ruido ambiente de autos, gente, incluso una tempranera corneta china, que se adueña de las estrecheces de una calle tan transitada como Heredia. Se sentó sobre la menuda silla plástica con la desenvoltura de quien se siente como en casa: las manos entrelazadas sobre el grueso abdomen, los ojos convertidos en dos líneas oscuras —¿cansados? ¿soñolientos? ¿pensativos?— tras los cristales de los espejuelos. Bastó entonces una breve introducción y de inmediato la tarde quedó presta para las palabras.

Las primeras surgieron intermitentes, tanteando el ambiente, como calentamiento previo a la oleada de historias, anécdotas y recuerdos que pronto nos llegarían, no sin antes agradecer a los presentes por asistir a esta cita en una hora en que “ningún cubano que se respete” debería salir a la calle, según, asegura Bianchi, gustaba decir a la Marquesa de Merlín.

Para los que leemos asiduamente a Bianchi, ya sea desde las volátiles ediciones de sus libros o desde su columna dominical, no fue sorpresa encontrarnos con un interlocutor formidable, dueño de una memoria extraordinaria que se deleita en los detalles e hilvana historias y personajes con la fluidez de una imagen cinematográfica. No limitó su exposición al Lezama, a quien “tuvo el privilegio de conocer, el privilegio de tratar,” luego de tantos infructuosos intentos por abordarlo, sino que tomó su recuerdo como pretexto para mostrar, ante los rostros expectantes del auditorio, a otras excelsas figuras de la intelectualidad cubana pre y post revolucionaria. Por los espacios de “La Confronta” desfilaron Virgilio Piñeira, Cintio Vitier, Fina García Marrúz, “Pepe” Rodríguez Feo, Nicolás Guillen y otros muchos intelectuales que, en mayor o medida, influyeron en la vida de Lezama.

Habla Bianchi de José Lezama Lima como un hijo del padre querido, o del abuelo veterano, o del hermano añorado. Su rostro refleja el vaivén de la mar de recuerdos, de vivencias compartidas con el universal habanero. Nos muestra a un Lezama desmitificado, humano, bromista, vulnerable: al hombre.

Y en este recorrer por el mundo lezamiano nos adentra Bianchi en los duros años vividos por una gran parte de la intelectualidad cubana, allá por la década de 1970. Años sombríos, define quien padeció en carne propia el estigma inmerecido, y trabajara durante ¡siete largos años! sin cobrar un centavo, en una batalla que al final ganó, asegura. Época que, a la larga, también hizo mella en Lezama.

Ciro Bianchi se nos muestra, tal y como su prosa, dueño de una cubanía infinita: se me antoja que pudiera haber sido un cubano más alrededor de una estridente partida de dominó, o con el que se comparte una botella de ron sentados en una esquina mientras se degusta con la mirada el contoneo voluptuoso de una mulata. Su rostro bonachón desborda de picardía cuando a la mente le viene un chiste, o una de los cientos de simpáticas anécdotas que involucran a eminentes personalidades de la cultura cubana; y ríe (como debe haber reído muchas veces, como tal vez haga en algún instante de soledad cuando los recuerdos llegan sin avisar) como un adolescente, el eterno adolescente que Lezama pretendió ser.

Dos horas inolvidables las que nos regaló Ciro Bianchi este 21 de abril; aperitivo exquisito para lo que hoy promete ser el plato fuerte, cuando obsequie otras horas vespertinas para conversar sobre su faceta de cronista. Plato fuerte que quisiera poder degustar, aún cuando mis propios intentos por abordarlo puedan quedar en anhelos.

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