Santiago en mí

Archivo para el día “marzo 22, 2012”

El Cobre: esencia de un poblado

 

Por: Israel Hernández Planas

Disimulado entre las serranías al noroeste de la ciudad de Santiago de Cuba se yergue un poblado de mitos y realidades, El Cobre, a 22 kilómetros de la ciudad, en plena simbiosis de elementos naturales y tradicionales.

Tierra de profundas minas y tradiciones centenarias,es aquí donde cada día es un canto a la rebeldía y a la fe inconmensurable de su gente. Desdoblándose de su geografía varios sitios se erigen como referencia obligada para residentes y visitantes.

Llegar hasta las antiguas minas de cobre es una sensación de ausencia terrenal. Tal pareciera que se ha llegado a un paisaje extra terrestre con laderas desoladas y un lago artificial de un azul que va desde el turquesa al marino más oscuro.

La actividad de la minería fue por muchos años el sustento de cientos de familias cobreras. Desafiando las profundidades obreros de todas las generaciones se dedicaron a explotar las connotadas minas de cobre a cielo abierto, primeras en América en ser detonadas y que llegaron a ser centro metalúrgico de incesante actividad.

“Es un trabajo muy duro. Yo entraba todos los día a las cuatro de la madrugada hasta las doce del día que entraba el otro turno, primero en las canteras luego en las trituradoras, súbete a un montacarga, arregla determinada maquinaria. Realmente uno no tenía apenas descanso pero a las personas les gustaba el oficio pues lo llevamos en la sangre”, dice Eutimio Nápoles La Rosa, quien entregó 34 años de su vida a la minería.

Hoy, sólo el silencio caracteriza las laderas y mesetas de la mina, y el quehacer minero se trasladó a la actual mina de oro barita, radicada en estos mismos contornos.

Recientemente quedó emplazado el Monumento al minero, como reconocimiento a los hombres dedicados a esta actividad, que junto a la religión y la esclavitud constituyen los componentes esenciales del desarrollo histórico cultural de El Cobre.

Alegres y serviciales por naturaleza los de esta tierra se aferran al destaque de su tierra por la cualidades humanas y las riquezas patrimoniales que encantan a todo el que hasta aquí llega.Aunque la minería ya no es la principal fuente de empleo sigue teniendo un lugar especial en los pobladores de este sitio. Otras actividades laborales como los servicios, la artesanía y el comercio han pasado a preponderar en el poblado.

El Cobre también ha visto el progreso de un poblado típico cubano. Escuelas, centros de salud, instalaciones de telefonía, un estadio, un joven club y hasta una pequeña televisora comunitaria son algunos de los ejemplos que más pudieran exponerse para denotar el desarrollo alcanzado por esta localidad.

De aquí también se admira el Santuario Nacional del Cobre, estancia perenne de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba; el monumento al Cimarrón, obra del destacado artista plástico Alberto Lescay y la Steel Band, una suerte de orquesta caribeña cuyos sonidos amarimbados nacen de bidones de acero y latón.

Por sus peculiaridades este ha sido un sitio frecuentado por personas corrientes y cientos de personalidades entre las que destacan artistas y deportistas.

“Hemos contado con la presencia del actor norteamericano Danny Gloover, de la esposa del cantante Harry Belafonte, de Abel Prieto, Miguel Barnet, entre otros tantos que vienen atraídos por las historias y el patrimonio de este pueblo”, expresa Juan González Pérez, director del grupo Cabildo el Cimarrón.

Por eso cuando se arriba al pequeño poblado, en este valle rodeado de montañas, el visitante no puede menos que quedar atrapado por la belleza de su caprichosa geografía, la mitología que la envuelve y el calor de su gente.

Tomado de tvsantiagoenlared: El Cobre: esencia de un poblado.

Maní con dictado rítmico

Desde una esquina del parque un rítmico golpear metálico se anuncia. Algunas personas insisten con la vista en tratar de hallar la fuente del repiquetear, mientras sus manos hurgan en los bolsillos. De pronto, desde el otro extremo del parque llega un sonido similar, como eco que naciera desde lo más profundo de  una cueva. En un instante, un concierto metálico se apropia de bancos y arboledas, una controversia entre hierros que en su conversación recorren múltiples sonoridades en las que se adivinan los remiendos de una cultura sonera, la clave cubana.

Ambos sonidos se acercan desde sus orígenes, el oleaje sonoro se va confundiendo en un único tableteo de metales hasta convertirse en uno solo cuando se cruzan en el camino. Pudiera pensar el público que asiste fortuitamente a este duelo, que la escena que le sigue emulará con los mejores filmes del oeste; y ya hay quien escucha en sordina la filarmónica, y hace un close up de los ojos de los duelistas. Pero la sangre no llega al río, los revólveres no abandonan las cartucheras, y el único gesto que se inicia por parte de ambos contendientes es un alzar de barbillas a modo de saludo, mientras alzan sus finas varillas metálicas y las descargan, casi al azar, sobre el pequeño trozo de metal que descansa contra la también metálica superficie de la lata.

Cada hombre sigue por su lado y unen al coro de metales la voz que convida: Maní, maní, maní.

Escenas como esta se viven a diario en calles y parques de Santiago de Cuba. La ciudad se ha visto inundada de maniseros que se acompañan de latas medianas, a las que hacen una abertura en su costado inferior para colocar brazas de carbón, y así mantener bien calentitos los cientos de cucuruchos de maní que llenan el interior del envase.

Como ha sucedido con otras inventivas populares (los bicitaxi, los dispensadores de “coppelitas”, etc) los vendedores de maní se han reapropiado de esta tecnología tradicional y ya son pocos los que no anuncian su producto con el golpeteo metálico.

A veces se congregan en un mismo sitio varios de estos maniseros y se puede entonces disfrutar de un simpar concierto en el cual, oídos dotados de musicalidad, serían capaces de identificar las preferencias rítmicas o las aptitudes musicales de cada expendedor.

Quizás se extrañe ese ingenio popular del pregón, inmortalizado en la voz de dos grandes de la cultura cubana como Rita Montaner y Bola de Nieve, pero no se puede negar el espacio que ha ido tomando este repiquetear de metales en la ciudad; a fin de cuentas, pudiera ser este rítmico aullar metálico una nueva forma de canto, reconocida ya por el pueblo, como el preludio de un calientito y rico cucurucho de maní.

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