Santiago en mí

El Papa en Santiago de Cuba: crónica lejos de la Plaza

Por fin el Papa Benedicto XVI llegó a Cuba. Sin embargo, no pretendo escribir una crónica oficial sobre la visita del Sumo Pontífice a esta ciudad de Santiago de Cuba. Las centenas de periodistas de medios de prensa nacionales y extranjeros ya se encargarán (se encargaron) de brindar los detalles del recibimiento oficial, el recorrido por los ocho kilómetros que separan al Aeropuerto Internacional “Antonio Maceo” del Arzobispado de la ciudad, y la misa ofrecida en horas de la tarde-noche en la Plaza de la Revolución que también ostenta el nombre del Lugarteniente General del Ejército Libertador Cubano.

Tampoco hablaré de los discursos del presidente cubano Raúl Castro, ni el de Monseñor Dionisio García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba; ni de las palabras pronunciadas por el Papa, antes y durante la misa.

Todos los medios de prensa que cubren este evento noticioso (incluidos los blogs) llenan desde ya la web con estos y otros detalles, así como con diversos puntos de vista, análisis y conclusiones sobre la visita. Se logra reconocer desde los propios titulares, la intencionalidad de la noticia, resaltando o minimizando a su antojo aquellos aspectos de la jornada que mejor respondan a sus intereses. Como se esperaba, la repercusión de la visita es extraordinaria y todavía dará mucha tela por donde cortar.

Pretendo, en cambio, comentar un poco sobre la otra arista de la visita, esa cotidianidad que escapó a las cámaras que siguen minuto a minuto los pasos del Santo Padre por tierras santiagueras; esa otra parte de la ciudad para la cual, lo acontecido en la Plaza de la Revolución, fue uno más de los sucesos que se han vivido en ese histórico escenario.

Confieso que llegué a hacerme la errónea idea de que, la presencia de Su Santidad en Santiago de Cuba cambiaría la dinámica de todos sus habitantes, creyentes y no creyentes, como consecuencia normal de todo el trajín que desde hace semanas se vive en esta urbe y de las medidas organizativas tomadas para garantizar la correcta celebración de la misa. Creí que al caminar por la ciudad notaría un vacío en las calles, el silencio de una ciudad que se vuelca por completo a la contemplación de la ceremonia que se desarrollaba a solo unos kilómetros. Pero no fue así del todo.

La propia convicción de que no basta la visita de un Papa para alterar el día a día de los cubanos la tuve en mi propio barrio donde, en una esquina, ajenos a los protocolos que se oficiaban en la cercana Plaza de la Revolución, varios jóvenes se jugaban el todo por el todo en un partido de fútbol, bajo la atenta mirada de otros coetáneos, a la espera de su propio turno en la cancha. Muy cerca de allí, al doblar de otra esquina, los eternos jugadores de dominó mantenían sus vociferantes duelos que opacaban las palabras del Sumo Pontífice, provenientes de un televisor en una casa cercana. (Por el camino me encontraría muchos otros duelistas de dominó que decidieron no posponer sus “rencillas personales” sobre la mesa de juego, a pesar de la celebración de la misa).

Los niños fueron otros para los cuales la trascendencia de la visita del Obispo de Roma a este archipiélago, no pasa de un tema recurrente de conversación entre los mayores, y la suerte de no haber tenido que ir a la escuela durante la jornada del lunes. Con esa inocencia que los caracteriza, llevan sus juegos a la calle, gritan, ríen, corretean por todo su barrio, bajo la mirada, atenta o no, de las madres que en las puertas de sus casas, o mientras se engalanan las uñas de los pies, comparten los últimos chismes del ambiente.

En la esquina de siempre, se comenta sobre la serie de moda, se discute de pelota y quizás, y como de soslayo, de la visita del Papa; mientras se comparte el trago de ron que facilita las palabras.

Y no es que no se siguiera con atención lo que en la misa oficiada en la histórica Plaza santiaguera sucedía. Todo lo contrario; en casi la totalidad de las casas que limitaban mi camino, muchos permanecían frente al televisor disfrutando de la ceremonia. En unos casos familias completas atentas a la pequeña pantalla, en otros, algún anciano adormilado meciéndose en su comadrita; en la de más allá, un albañil se concentraba en su trabajo, mientras a su espalda el Santo Padre guiaba una de las oraciones de la noche.

Todavía hoy la ciudad acogerá al Papa durante unas horas más, en las que visitará el Santuario de la Virgen del Cobre, antes de partir hacia La Habana, donde oficiará la última de sus misas en suelo cubano.

Poco a poco se ira retornando a una normalidad solo afectada por los desvíos del transporte público, la ausencia de Internet en las universidades, algún que otro plan pospuesto. La prensa nacional e internacional seguirán sacando lascas a cuanto acontezca durante las próximas horas, en su propio duelo mediático en el cual, muchas veces, el único perdedor es la objetividad noticiosa. Nuevas crónicas sobre la presencia de Benedicto XVI en tierras cubanas serán escritas, pero otras no alcanzarán las planas de los periódicos y los blogs.

Mucho se hablará en su momento sobre los resultados de esta visita; la mayoría referidos al acontecer político y las relaciones iglesia-estado. Unos y otros despotricarán sobre lo que pudo o no pudo ser, sobre verdades y traiciones. Cada quien desde su propia miseria.

Yo, mientras tanto, me quedo con los aportes personales, con esas otras historias silenciosas que la ciudad me regaló antes, durante y después del paso de Benedicto XVI por nuestro país. Me quedo con los detalles simpáticos: el increíble titular de Cubadebate (El “cocodrilo del Papa” llega hoy a Cuba); los carteles de Bienvenida al Sumo Pontífice en los más disímiles sitios de la ciudad (como un carrito de confituras y junto a los afiches de músicos cubanos en el espacio donde un comerciante vende discos de música y películas); el carro fúnebre que calle Calvario abajo, encabezaba el cortejo con un cartel que rezaba “Aseguramiento para la visita del Papa”.

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2 pensamientos en “El Papa en Santiago de Cuba: crónica lejos de la Plaza

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