Santiago en mí

Desde las semipenumbras del Iris Jazz Club

Iris Jazz Club. Foto: Miguel Noa

Iris Jazz Club. Foto: Miguel Noa

Días atrás, al referirme al recién estrenado Iris Jazz Club de Santiago de Cuba, había escrito: “Aún no sé cuándo podré percibir por mis propias experiencias, la verdadera connotación de este sitio para el público santiaguero…”

Nunca pensé que apenas unos días después me encontraría a las puertas del salón principal del ya famoso establecimiento, dispuesto a convertirme en uno más de los que ya han traspasado sus hasta entonces míticos umbrales.

Eran alrededor de las nueve y treinta minutos de la noche del 31 de agosto y estábamos a la espera de comprar las entradas.

Apenas unas horas antes una amiga me había llamado y tras un breve rodeo me espetó: “Joaquín quiere invitarlos al Iris Jazz Club”. No recuerdo exactamente qué pensé, aunque lo que haya sido me hizo titubear, antes de ponerme a dar una serie de justificaciones para rechazar cortésmente la oportunidad.

No es que no me interesara. Todo lo contrario. Desde que se conoció del destino del local abandonado en una céntrica esquina frente a la Plaza de Marte, no pasaba una semana sin que deseara asistir al nuevo establecimiento. Pero al conocer los detalles de los precios de las entradas, esa posibilidad se me hizo más remota.

La cuenta era sencilla: “los 60 pesos por pareja [mínimo] que cuesta el acceso al salón principal, es un desembolso que no puedo permitirme sin pensarlo dos (y hasta tres) veces; quizás por aquello que representa destinar a pagar solo una entrada (sin consumo mínimo garantizado) alrededor del 12% de mi salario mensual”.

Pensé entonces que lo que para mi era un gasto excesivo, también lo sería para otros y, por tanto, me sentía avergonzado de ser causante de ese dispendio.

“Consultaré y luego te doy una respuesta”, respondí salomónicamente, en espera de buscar apoyo en mi pareja quien, a fin de cuentas, también había sido invitada.

Pero poco después el propio Joaquín me llamó: “No te preocupes que yo invito. Además, ese es mi regalo por tu cumpleaños”, dijo, convencido de poseer un argumento infalible. “Pero es que no te regalé nada para el tuyo”, respondí, con lo que creí una réplica de peso. “Otro año me regalas; en este me toca a mí”; sentenció sin dejar margen a dudas.

Así quedamos para la noche, en recorrido que comenzaría en el antiguo Ayuntamiento, disfrutando de una de las peñas de la ciudad y que tendría su intermedio en el Jardín de las Enramadas, en espera de la hora precisa para acudir a nuestro destino final.

Claro que yo había preparado, en complicidad con mi pareja, varias excusas para hacerlos cambiar de parecer, y aguardar unas semanas en que pudiéramos compartir al menos los gastos de la entrada.

Pero todo se vino abajo en una pequeña escaramuza en la que Joaquín impuso su razón (y sus libras) para, casi cargado y entre risas, hacerme entrar al Club.

Así que allí estábamos los cuatro, mirando como niños sorprendidos, absorbiendo todo a nuestro alrededor; mientras Joaquín pagaba los ticket que nos darían acceso al interior y yo ponía más empeño en observar los detalles, como para ocultar vergüenzas.

Así descubrí que ya la promoción del grupo invitado no quedaba a la suerte de un papel pegado con precinta sobre la superficie interior de los cristales (¿habrán leído nuestra crítica?), aunque la solución encontrada todavía carece de la creatividad necesaria. También me percaté del uso de esparadrapos sobre los interruptores eléctricos para señalar a cuál luminaria pertenece. Entonces no pude contener una media sonrisa de reproche.

Finalmente, las enormes puertas que dan acceso al salón principal desde el Bar Emiliano se abrieron y fuimos tragados por las semipenumbras del Iris Jazz Club.

Iris Jazz Club 1

Vista del escenario del Salón del Jazz en el Iris Jazz Club

Difícil describir nuestra primera impresión. Todos comentábamos, elogiábamos, señalábamos a un lado y hacia el otro.

El ambiente que se respiraba en el salón era extraordinario; la iluminación, la temperatura, la música grabada, el escenario…

En mi mente trataba de recordar mi visita a este mismo local cuando era ocupado por una pizzería de efímera existencia. Imposible. El diseño del lugar había sido exquisito e innovador para la ciudad.

A nuestra derecha una larga pared de ladrillos rojos recubierta con fotos de jazzistas cubanos y extranjeros. A nuestra izquierda, un balcón como nivel superior, en el que se acomodaban algunas de las mesas que componen un mobiliario sobrio el cual, sin embargo, no llegué nunca a saber si me resultaba el más adecuado para el local.

En esa misma dirección y unos pasos más adelante, unos sillones cautivaron de inmediato nuestra atención. “Se parecen a los de las películas”, dijo alguien, mientras recordábamos esos amplios sillones alrededor de una pequeña mesa, en los que, en los filmes, se definen los destinos de los protagonistas lejos de la curiosidad ajena.

Tal vez impulsados por ese ánimo holywoodense ocupamos sin dudar el más cercano al escenario, agradeciendo la intimidad que sus suaves cojines de altos espaldares nos ofrecían.

Todavía no nos habíamos acomodados en los mullidos cojines cuando un solícito camarero se nos acercó:

“¿Qué desean?”, preguntó con una sonrisa en los labios.

“Por ahora conversar un rato”- contestó Joaquín-, “pero ¿qué tienen?”, inquirió.

“De todo”, respondió en un segundo el mesero.

“¿De todo?”, repitió Joaquín y todos nos miramos con picardía; activando ese gen jocoso de los cubanos. “Tienen pulpo?, preguntó en una sonrisa Joaquín.

El camarero sin inmutarse respondió:

“¿Cómo lo quieren, vivo o muerto?”. Todos reímos.

“¿Y manatí?”, pregunté yo. El uniformado sonrío más ampliamente esta vez y con un gesto de la cabeza dijo: “Nooooo”; mientras reíamos con inocente estampa.

Pasado el efecto inicial del encuentro, el mozo nos instruyó sobre las ofertas. A medida que hablaba la sonrisa se me extraviaba, opacada por la mar de ideas que me vinieron la mente.

¡Toda la oferta gastronómica del salón era en divisa, en CUC, en moneda dura, o como quieran llamarle!

Y yo sacando cuentas, convirtiendo de una moneda a otra (de la que no tengo a la que me pagan –y tampoco tengo-), sintiendo dolor en el bolsillo vacío, como si el anuncio de los gastos llegara directamente hasta ellos.

Afortunadamente comenzó el show. La actuación del trío “Acordes” y su invitado, el saxofonista Iván Sánchez, logró relajar entrecejos y desviar mi atención de otros asuntos más terrenales; mientras la amenidad de la compañía y la conversación terminó por minimizar toda preocupación; incluso cuando la mesa asumió el pedido de refrescos y cervezas realizado por Joaquín.

El trío "Acordes" y su invitado Iván Sánchez

El trío “Acordes” y su invitado Iván Sánchez, fueron los encargados del acápite musical de la noche

Así devoramos las horas hasta la iniciada la madrugada. Para entonces ya el Iris Jazz Club había demostrado de qué y para qué estaba hecho. Un espacio para compartir, para alejarse del estruendo y la invasión “reguettónica”; un oasis bohemio, donde el trasnochar es un placer y el tiempo transcurre a un ritmo diferente: quizás de blues, quizás de jazz, pero definitivamente seductor.

Pero también un espacio que adolece del fino arte del acabado, donde las prisas florecen por todos lados (el tapiz roto del escenario, una pared pintada sobre un repello deficiente, los alambrotes que sostienen los lavamanos…), como si el toque distintivo que acerca a la perfección parece haberse extraviado entre planes y cronogramas de entrega.

Claro que cuando redobla la batería en controversia con el bajo, el saxo se adueña del espacio y el virtuosismo acaricia el teclado, no queda más que agradecer la gestación de un espacio como este en la ciudad; aunque las noches por venir sean de gargantas secas.

Iris Jazz Club 2

Vista interior del Iris Jazz Club

Iris Jazz Club 3

Vista interior del Iris Jazz Club

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5 pensamientos en “Desde las semipenumbras del Iris Jazz Club

  1. canario. en dijo:

    Por las imágenes, las fotos, parece que ese club está muy bien, muy atractivo. Pero también esta descripción que nos hacen aquí- ¿quién, autor?-, lo deja muy bien parado; como al que lo lee con ganas de visitarlo. La pena (la lástima) es que estamos a miles de kilómetros de distancia de Santiago; pero si todo se anda, o se puede andar, seguro que esa distancia la podremos recorrer un día feliz, y asistiremos a gozar del Iris y lo que él nos ofrezca.

  2. Pingback: Desde las semipenumbras del Iris Jazz Club | santiago en mi | Scoop.it

  3. Nos agrada mucho el detallismo del autor en su reflexión, y su balance de su apreciación tanto positiva como negativa, nos decribe un diamante con poco en bruto, pero diamante al fin.
    La história del jazz está atiborrada de variedad de recintos, los mas lujosos y adsolutamente detallistas, funcionan quizás con relativo éxito pero no tienen la gracia de los clubes originales y espontáneos de New Orleans, no para justificar detalles obvios de terminación que pudiera ser un objetivo del diseño, abrazado con la música y la plástica.
    He ido varias veces y es mejor lugar para disfrutar en Santiago y mucho mas allá.
    No hay obra humana perfectible, pero el lugar nos invita a ir y disfrutarlo sin ocultar verguenzas.

    • Hola Yelina, comparto tu opinión de que es un lugar para disfrutar en Santiago de Cuba, y por demás, necesario. Esperemos solo que éste permita que otro sitios se abran a este tipo de música, como ocurrió durante el encuentro de amigos en el jazz. Ojalá se convierta el Iris Jazz Club en un nucleador de cultura y prestigiosos visitantes para la ciudad.

  4. Anónimo en dijo:

    bueno, y ke prefieres, k cueste menos y se convierta en una discoteca, con mal ambiente?????

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