Santiago en mí

Memorias de Sandy (I)

La última frase que escribí en Santiago en mí fue “¿la calma antes de la tormenta?”; en alusión a la situación reinante en Santiago de Cuba en la mañana del 24 de octubre de 2012, horas después de haberse decretado la Fase Informativa para las provincias orientales, ante la cercanía de la entonces todavía tormenta tropical Sandy.

Todavía restaban unas horas para que se decretaran, con diferencias de minutos prácticamente (como si con eso bastara), las fases de Alerta y Alarma, en ese orden. Sandy ya sería un poderoso ciclón categoría 2. Su impacto contra el territorio santiaguero era inminente. Pero en ese mismo minuto en que presioné el botón “Publicar”, para dejar escrito lo que tal vez sería la última entrada de Santiago en mí antes de Sandy , la frase “la calma antes de la tormenta” no tenía gran sentido, sino palabras escuchadas decir durante toda mi vida en disímiles situaciones, olvidadas ya, como suele suceder, de aquella tormenta primigenia que le diera origen. Luego, al referirme a esa tempestad que vendría tras la aparente calma del 24 de octubre, poco podría imaginar sobre su magnitud.

En verdad, dudo que muchos en Santiago de Cuba imaginaran la verdadera amenaza que representaba Sandy. Incluso, cuando Lázaro Expósito, Primer Secretario del Partido en esta provincia, aparecía en la televisión provincial (luego encadenada a la nacional), con rostro que bien hubiera merecido un Oscar a mejor actuación dramática, de no ser porque su preocupación, la tristeza de sus facciones se sabían reales, hijas de experiencias similares en otras provincias del país; todavía aquello parecía una exageración. “Será un golpe muy fuerte, un planazo contra la ciudad”, repetía una y otra vez el dirigente, ante las cámaras de la TV nacional. Y lo que hubiera podido ser tomado como un mal ejemplo de oratoria, se convertía en un discurso de gestos que no sabían ya cómo alertar sobre la amenaza.

Cuando Expósito hablaba en la televisión nacional, todavía Sandy no era mucho más que otros ciclones anteriores: un poco de lluvia y un viento ligero. No importaban los partes premonitorios (¿lo
suficiente?) del Dr. José Rubiera; todavía yo disfrutaba de la derrota del Real Madrid ante un equipo alemán de la ciudad de Dortmund. Todavía faltaba mucho para el parte meteorológico de la medianoche, que nunca llegaría a ver. El apagón fue el preámbulo.
¿Cómo describir el impacto de Sandy? Con una palabra: miedo. Miedo como el que solo se siente una vez en la vida. Del que te sacude el cuerpo en un temblor y hace temer por la resistencia de las rodillas y del estómago; miedo, como diría mi abuela, para cagarse; aunque en esta ocasión la expresión no quedara solo en letras. Miedo de cada sacudida de la casa (así debe sentirse un terremoto), el temor que te mantiene de pie durante horas, asido con firmeza a un columna de madera (otrora marco) de un cuarto, como si la sola presión de mi mano temblorosa protegiera contra el derrumbe (¿habrá sido así?). Miedo de ver a mi abuelo, mi madre, y dos vecinas tener sus propios miedos. De ver a mi perro cagarse de miedo frente a todos, de ver a mi gata bajo el abrigo, y a su madre perdida, para preocupación de la mía.

Y dentro del miedo, la desazón. Desazón de saberse indefenso ante la naturaleza; de ver cómo el cielo se asomaba entre el maderamen desecho del techo (¡mi casa sin techo!); la desazón de lo desconocido; los gritos sin garganta, los ruidos sin origen (o de todos los orígenes), las horas interminables…

La terrible desazón del primer remanso, las primeras evidencias del desastre. Sandy se había ido, quién sabe por dónde y con qué restos entre sus fauces. Pero aquí, en esa calle brumosa, en la que se arremolinaban todavía vientos y todos los vecinos, apenas comenzaba…

Dicen los viejos (y no tantos) que vivieron el hasta hace poco imbatible Flora, que aquel no fue nada comparado a este. Yo, que crecí entre las historias propias y ajenas de aquel ciclón, sin haberlo sentido en carne propia, sé que no fue igual. Flora llovió sobre una ciudad en crecimiento; Sandy se ensañó con ramalazos de doscientos kilómetros por hora sobre casi medio milenio…

Publicado por correo electrónico. Pedimos disculpas por cualquier dificultad en la lectura.

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2 pensamientos en “Memorias de Sandy (I)

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