Santiago en mí

Memorias de Sandy (II)

De vez en cuando la naturaleza nos recuerda cuán insignificantes somos (a pesar del daño que le hemos causado). Y en esos instantes, en los que la evidencia abruma, y podríamos bajar humildes la cabeza y aceptar su superioridad, el ser humano (o debería decir como aquel que ahora no recuerdo: el hombre, el único animal que se asemeja al ser humano), sin embargo, es capaz de asombrar por sus reacciones ante los desastres.

A veces el asombro parte de las acciones más venerables: del vecino que en medio del primer amaine, entre proyectiles de todo origen, abandona la seguridad de su hogar y acude en busca de quienes quepan entre sus cuatro paredes inamovibles, de aquellos que tiemblan entre las sacudidas de un techo ausente.

O aquellos que sin apenas sacudirse el susto, rearman su modesta casucha y ¡a vivir de nuevo! O los que comparten loo poco que tienen y del primer desayuno sale un vaso de leche tibia para el abuelo ajeno, nonagenario que lloró inconsolable ante la imagen nunc avista de su casa.

La voluntad de ese mismo nonagenario, que es el primero en levantarse, en perderse entre escombros y humedades, entre trozos de zinc, entre cables eléctricos sin vida, en su vivienda; el patriarca que merece otro cuerpo para su voluntad.

Pero, por otro lado (acaso esa tan necesaria como a veces
incomprensible balanza), está el asombro ante las miserias humanas: aquellas que robaron, acapararon, el alza indiscriminada de precios; los que quedaron impasibles ante la necesidad ajena y pasaron (pasan) días entre escombros que no ayudaron a recoger, conversando, jugando al dominó, bebiendo ron; cuando hay tanta casa sin techo, una mujer que carga cubos con agua, tanto por hacer; los que, afortunados de no sufrir daños, viven de puertas cerradas, ajenos a cuanto tenga lugar a su alrededor.

¿Quién escribirá la historia de ellos?

No sé. A veces hasta tienen la suerte de llenar cuartillas honradas.

Publicado desde el correo electrónico.

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