Santiago en mí

Desempolvando: la crónica que pudo ser

Hoy casi no se habla de otra cosa en Santiago de Cuba, que del paso del huracán Sandy y sus efectos devastadores, en una ciudad que se acerca al medio milenio de vida. La vida, aunque inmersa ya en su cotidianidad, no permite, aunque se quiera, olvidar las secuelas. Todavía resta mucho por hacer. Pero como parte de ese proceso innegable de recuperación, hay eventos que pueden pasar inadvertidos, aún cuando, si se analiza bien, son una muestra fehaciente de nuestra resiliencia.

Ya lo decía hace poco el MSc Rafael Duharte Jiménez, al reiniciar el curso de Historia de la cultura cubana, cuando aún el edificio del Centro Cultural “Francisco Prat Puig” sacudía los restos de la tormenta: “actividades como estas también ayudan a la recuperación de la población”.

De ahí que, más que desatino (¿quién asistirá a estos eventos?), es digno de elogio la decisión de retomar varios de los espacios culturales de la ciudad: librerías, teatros, peñas culturales, poco a poco, retoman sus calendarios.

Dentro de ellos, una de las primeras Peñas en “renacer” fue “Desempolvando, espacio que cada tercer viernes de mes celebra el Archivo Histórico Provincial (AHP) de Santiago de Cuba y que, en esta ocasión, tal y como ya habían anunciado hace unos meses sus organizadores, se dedicó precisamente, a la historia del edificio que ocupa el AHP; temática en la cual, no puedo dejar de notar una más de las coincidencias misteriosas que rodean a esta peña: pues qué fue sino Sandy para esta ciudad, y dentro de ella el Archivo, que un hito dentro de la historia.

Así que, conocido el tema, me alisté para participar una vez más en este espacio. Pero las cosas no siempre salen como uno las espera. Contrario a otras ocasiones, antes de dirigirme hacia el Archivo decidí hacer una parada previa en mi trayecto. Justo en ese momento, comenzó a llover sobre Santiago de Cuba, luego de varios días en los que el tiempo había sido generoso para con los que aún no tienen un techo que los proteja o, en el mejor de los casos, los que viven bajo las cubiertas rescatadas de las garras del ciclón.

Llovió con insistencia sobre Santiago y yo dividía mis preocupaciones entre lo que en mi casa se estaría viviendo en esos momentos y la segura (pensaba) cancelación de la Peña. Para la nueva edición del Desempolvando se había anunciado a la Banda Municipal de Conciertos y a la destacada agrupación coral Música Áurea, por lo que, pensé, era difícil reacomodar a tantos artistas, instrumentos y posible público en uno de los salones que habían salvado de anteriores aguaceros al quehacer de la peña.

A las cinco de la tarde ya casi no caían gotas sobre la ciudad. A las cinco de la tarde debía haber concluido el espacio que, ante la prisa de los ocasos por estos tiempos, comenzaría media hora antes de lo acostumbrado. ¿Qué hacer? ¿Cómo saber si en definitiva la lluvia rompió planes?

Pues curiosos como somos, decidimos darnos un salto hasta el AHP, para averiguar qué fue del Desempolvando.

No más llegar nos percatamos que todo había concluido. ¡La peña no creyó (una vez más) en lluvias, y se celebró entre los pasillos del Archivo, y lo que fuera la antigua capilla de la Cárcel Provincial de Oriente.

Al llegar al AHP me dirigí a un grupo donde, entre otros, se encontraba la MSc Zelma Corona, directora de la institución, y Pini, Director Artístico y conductor de Desempolvando.

Al verme, Zelma me comentó: “De lo que te perdiste”, y antes de que pudiera justificarme (ni que hiciera falta), a mis espaldas Pini corrigió: “de lo que te salvaste”.

Y ahí me contaron una historia en la que yo tendría en mi poder un antiguo brazalete del Movimiento 26 de julio y, ajeno a todo, sería protagonista de una de las escenas preparadas para la ocasión, durante la cual, “guardias del ejército de Batista” me requisarían y me encerrarían en uno de las celdas (hoy oficinas) en las que tantos próceres cubanos habían estado prisioneros. Mientras me narraban pícaros lo que me habían deparado, sentía en mi una extraña mezcla de tristeza y alivio: tristeza de no haber podido compartir otra de las ocurrentes tardes ideadas por los organizadores del Desempolvando, aliviado, porque no me imagino cómo me hubiera sentido en medio de tamaña jugarreta, si hubiera sido capaz de no enrojecer de timidez hasta lo indecible.

Ahora no sé si agradecer o lamentar la lluvia que me impidió asistir a la más reciente edición de Desempolvando. No obstante, agradezco la perseverancia de sus organizadores y la confianza de involucrarme en sus andanzas. A cambio, les regalo esta crónica de lo que pudo ser.

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