Santiago en mí

Los ciclones de antaño.

satélite SandyPor Juan Antonio Tejera

Ya lo hemos dicho en otras ocasiones: los santiagueros somos del “cará”. Y tenemos razones más que justificadas para esta expresión que lejos de ser peyorativa, es de admiración y reconocimiento.

Mire, el huracán Sandy realmente nos sorprendió, nos tomó desprevenidos a pesar de que contamos con uno de los mejores servicios meteorológicos. Y luego nos sorprendió aun más, que no se hubiesen tomados las medidas necesarias y previstas para la protección de algunos elementos, sin dejar a un lado las más serias como evacuaciones y asistencia médica que sí estuvieron en la vanguardia.

Y algún que otro porta canas, luego del susto inicial producido sobre todo por el ruido, qué digo ruido, por el escándalo del viento, comentaba entre risas y apretones de manos y salutaciones, por el poco daño recibido en comparación con los demás, que el anuncio de un huracán, de un ciclón que es como hemos acostumbrados a llamarle, en algunos años atrás, era motivo, además de medidas de previsión, de alegría.

No, no se asombre ni piense que estamos relacionando la presencia de ese fenómeno meteorológico con las presas vacías que fue símbolo de Santiago antes del triunfo de la Revolución. Decimos alegría porque cuando el ingeniero Millás, director del único centro de este tipo que existía en el país, anunciaba la proximidad de un ciclón, todo el mundo se ponía en movimiento, las ferreterías hacían su agosto aunque estuviésemos en octubre, porque se compraba todo el clavo en existencia. Se aseguraban las puertas, las ventanas, se guardaban los animales, se podaban las matas, se acopiaban comidas, velas y sobre todo, unas botellitas de aguardiente de caña o de ron Paticruzado o Albuerne, para poder soportar el momento terrible del ciclón.

Ah, pero también se tenía a mano un juego de dominó o de parchís, que en algo había que entretenerse para no pasarse el tiempo pidiendo misericordia. Luego, que no deja de ser cierto que por lo general los ciclones nos han respetado, quedaba la lluvia, lo que no impedía que se saliese a averiguar cómo lo había pasado el compadre o la comadre, si la panadería estaba produciendo pan caliente, aunque la leña estuviese mojada, si en la bodega quedaba alguna penca de bacalao o de arenque y sobre todo, comentar lo que no había sucedido. Claro, esas conversaciones entre hombres terminaban con una invitación para acabar con lo que quedaba del resguardo alcohólico. Y ya de una vez, armar una partidita de dominó y junto al ron un buen trago de café. Y todo ello era luego motivo de más comentarios en esta ciudad de maravillas.

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