Santiago en mí

Vicios santiagueros

Por José Antonio Tejera

Dicen muchos personas que el santiaguero, la santiaguera, son viciosos. Eh, un momento, no se vaya muy lejos que es necesario escuchar lo que sigue. El vicio es sinónimo de adición, de practicar todas las veces que se puede e incluso algunas de las que no se puede, un acto que nos da placer.

Mire, por ejemplo, estamos casi seguro de que usted todas las mañanas necesita tomarse una tacita o una tazona de café. Y cuando por esas cosas de nuestra vida no tiene ese buchito tan necesario, tan indispensable para comenzar bien el día, entra en crisis, le da dolores de cabeza, malestar estomacal, su sistema olfatorio se desarrolla al máximo, trata de tomarse el olor del café colado en casa del vecino y sale más temprano que de costumbre para poder disfrutarlo en la calle. Entonces respira profundamente. Y es posible que no le sea necesario, que no vuelva a tomar café en todo el día, pero ese, el de la mañana, ese es su vicio. No, no vamos a tocar el tema del cigarro, que ya es notorio el número de personas que han abandonado ese vicio tan dañino y tan caro, muchas de ellas, sobre todo por su última cualidad: el precio.

Hoy queremos referirnos a otro tipo de vicios que manifiestan los santiagueros: los inofensivos. Sea honesto y dígame si cuando usted va por una de nuestras calles y siente, golpear un metal contra otro metal y una voz que sin ser Ignacio Vila, bien podría también ser llamado Bola de Nieve, ¿no le entra como una especie de escozor y siente la necesidad de comprarse un cucuruchito de maní? Y es que para muchos de nosotros, el maní, es uno de esos pequeños pecados que cometemos sin arrepentirnos de ello. Lo mismo sucede con los pasteles, que no sabemos por qué, pero nos llaman más la atención cuando son pregonados que cuando están en una dulcería, fríos, estáticos, como si supieran que serán llevados al matadero. Y mire un nuevo vicio establecido: las rositas de maíz, esas que sólo se veían de feria en feria, ahora han tomado por asalto un costado del Parque Labra, santiagueramente llamado Serrano, aunque cuando llegan los carnavales, se multiplican por toda la ciudad e incluso aquellos que señalan que no es un real alimento, al sentir su aroma, mirando a todas partes, como para no ser descubiertos, se compran sus rositas. ¿Y qué decir de los caramelos? Hay quienes lo llevan en su cartera justo al lado de las pastillas contra el dolor de cabeza, generalmente ajeno: ¿Tienes una duralgina?, bien puede ser sustituido, y de hecho lo es, por un ¿tienes un caramelito? Nada que muchos son los pequeños vicios que tenemos en esta ciudad de maravillas.

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