Santiago en mí

Abuelo

Camino al lado de mi abuelo. Le paso el brazo sobre unos hombres muy huesudos: su anatomía parece un soplo, hasta temo dañarlo. Sus pasos arrastran el lastre de cada uno de sus noventa años; no son ni la sombra de aquellos que en mi niñez me enseñaron a caminar rápido, al ritmo de una tonada vaquera, como si estuviera en esas películas del oeste que tanto aún le divierten, por los disparos que no tienen fin. Ahora sus pasos duran apenas unos pocos metros.

Hace años, él era un abuelo de siete décadas que no sumaban a mis ojos, y me llevaba de la mano a la escuela, en cómplice simpatía. Hoy el camino nos lleva a un hospital, para los análisis de costumbre, y extraño ese andar inquieto, el tararear que ahora es un hilillo de voz ininteligible. Ahora soy quien lo lleva de la mano; pero la probable tonada se queda en el nudo de la garganta.

Son noventa años, para muchos es más de lo que vivirán, incluso para él, que en las noches sufre sus insomnios y añora aquellas manos que no temblaban como estas, y la abuela muerta que sé que en las noches lo visita. Mi abuelo se me apaga día a día.

¿Seré acaso egoísta por sentir que noventa años no son suficiente?

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