Santiago en mí

Archivar para el mes “diciembre, 2013”

Matar un pollo

Hoy maté un pollo. No es algo de lo que me enorgulleza (tampoco es la primera vez), pero la necesidad obliga. No sé si alguien disfruta el matar estos animales, o chivos, puercos, va…en fin, animales. Yo no lo disfruté. Podría decir muchas cosas negativas del acto de matar a un pollo.

Empezaría por la persecusión. Son muy díficiles de atrapar los pollos. Ponen en tela de duda su supuesta irracionalidad. ¿Presienten? el acto vil. Se mueven nerviosos, sin dejar de espiarte con esa mirada de lado. Tanto y de tan ridículas formas te hacen correr tras ellos, que no sería ilógico posponer el crimen un día más, mientras recuperas el aliento.

Luego, la fragilidad de su cuello. Es como apretar el aire, pero con peores consecuencias. Y su mirada -otra vez su mirada-, es un grito; un grito que hay que acallar aunque sea con una mano sobre ese ojo redondo como su vida.

Suele suceder, como de hecho sucedió, que entres a buscar el agua caliente para desplumar el cadáver, y al regreso descubras que aún no ha muerto; es una masa semi-inerte en el piso, pero palpitante, un fuelle que aún mueve aire a sus pulmones. Un ojo abierto. Entonces no queda más remedio que volver al paso anterior. Vivir dos veces la misma escena macabra.

En fin; podría decir muchas cosas negativas del acto de matar un pollo. Podría, pero justo hoy maté un pollo, y no me enorgullece decirlo. La necesidad obliga. Hay imágenes que aún no se borran: hoy maté un pollo que es pura sopa. Después intenté tronchar sus carnes con un cuchillo sin filo. Esa fue la peor parte de mi crimen.

Llueve en Santiago…menos para los meteorólogos

Quizás la de meteorólogo, sea una de las profesiones más desagradecidas. Tanto así, que desde pequeño aprendimos el juego de palabras “mentirología”, para referirnos a la ciencia que que día a día, o mejor, noche a noche, nos alertaba de secas y lloviznas, huracanes y calor.

Esto, empero, no ha impedido que algunos de los profesionales que alternan en la emisión especial del Noticiero de Televisión, hayan logrado alcanzar cierta popularidad entre los cubanos; basten los ejemplos del Dr.C. José Rubiera y el fallecido Armando Lima, con su “les deseo loooooooo mejor”.

Pero, la suerte de los meteorólogos está dictada desde el momento en que basan su comentario, en un pronóstico. Y es como en la pelota, que nunca nadie es tan malo como pierde ni tan bueno como cuando gana. En el caso que nos ocupa, ni tan bueno cuando acierta, ni tan malo cuando no.

Estas ideas vuelven a mi mente por estos días en los que las lluvias en Santiago de Cuba se han adueñado de las tardes, en ese horario susceptible de la salida del trabajo o la escuela, cuando recordar que la sombrilla quedó en casa ya es innecesario.

Justo ayer, sorprendidos por un aguacero, un grupo de personas comentábamos al respecto. Alguien dijo: “Y yo salí sin sombrilla porque en el noticiero no anunciaron lluvia”, inocente comentario que bastó —ya que la culpa nunca ha de caer al suelo— para lanzarnos contra los meteorólogos de la TV.

Nació la hipótesis, con cierta dosis de verificación, de que Santiago no ingresaba en los pronósticos sencillamente porque el (o la) meteorólogo (a), cubría con su cuerpo la provincia, mientras daba el parte del día.

Ha sucedido que durante le reporte del tiempo, al mencionarse los acumulados de lluvia en determinadas provincias, muchos se preguntan cómo no ha aparecido Santiago, “con el palo de agua que cayó”. Luego, el asombro alcanza límites de absurdo, cuando se asegura “en el resto del país, aislados chubascos”.

Así es, llueve en Santiago y el noticiero no se entera. Qué esperar entonces cuando anuncien lluvias: cuando menos el diluvio.

Claro que son exageraciones mías, o mejor, frases que he tomado de otros en no pocas ocasiones. No obstante, a veces no queda más remedios que hacerlas propias cuando un impenetrable cortina de agua detiene a la ciudad durante unos horas y el pronóstico nos habla tan solo de “aisladas lluvias”, sea lo que quiera decir eso.

Con esta entrada, medio en broma, medio en serio, llegue un saludo a todos los trabajadores de la Meteorología, que también han sabido acumular, a pesar de críticas válidas o no, suficientes méritos y agradecimientos. Ellos, como los árbitros en el beisbol, difícilmente puedan satisfacer a todos al mismo tiempo.

¿Las futuras profesoras de mis hijos?

Siete de la mañana. Caminan, a unos pasos de mí, con sus uniformes impecables, como solo suelen verse los lunes, primer día de clases. Reconozco los colores de esas escuelas que hoy forman, desde el nivel medio, una formación pedagógica en los jóvenes santiagueros: blusa blanca, saya azul, medias hasta las rodillas, tan blancas como la camisa; al hombro, un distintivo que no logro leer. La de la derecha le comenta a su acompañante:

—¡Oye, la ‘fieta’ quedó prendía!

A continuación, expone los argumentos que le llevaron a emitir esa afirmación. Mientras habla, pienso que, en otro lugar, en otro tiempo, otros profesores también hablaron así delante de ellas; o en su casa, en su barrio. Pienso que así se expresarán delante de sus futuros alumnos, y estos crecerán en otras casas, en otros barrios donde también se hagan “fietas que ten prendías”. Y hablarán como ellas, que hablan como otros, que hablan como otros y así…

Solo espero que para entonces, todavía yo sea capaz de al menos imaginar lo que quisieron decir.

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