Santiago en mí

Restos

Dos lados de una misma moneda; tal vez aquella para pagar al Barquero: bajo el mismo sol, una multitud despedía a quien mucho debió faltar para morir; más acá, algunos que a multitud no llegábamos, dos años después, esperábamos para exhumar los restos de los que ya no están en esos huesos ennegrecidos.

Es mi primera vez. Por alguna extraña razón me ha correspondido dos tareas para las que nunca creí estar preparado -¿lo estuve?, ¿lo estoy?-: vestir el cadáver de mi abuela y extraer sus restos. En ambas ocasiones, el absurdo venció lo que de impresionante tenían ambas situaciones. Aquella quedó atrás en el tiempo (jamás olvidada: algunos poemas y tal vez un relato nacen de ese instante). La otra todavía me arde en la piel como el sol inclemente.

nichos cementerioA mi lado un hombre rompe en llanto ante lo que fue su familiar (¿un padre, una madre, un hermano?); hoy tela, polvo, huesos universales sin el rostro que los vestía. “Tienes que ser fuerte”, le decía una mujer; tal vez como hace dos años, en la funeraria, en esa misma bóveda de donde salen otros doce ataudes descompuestos. “Esto es más fuerte que el entierro”, aseveró alguien.

Busco con la vista un rostro apenas conocido. Minutos antes se había a ofrecido: “¿necesita ayuda para limpiar los restos?”. En mis manos siento aún el escozor de la tela funeraria; en mis pupilas la única imagen que fui capaz de mirar mientras trasladaba el bulto: la conocida blusa roja de la abuela. Al fin lo veo. Le recuerdo el “contrato”. Me señala a otro colega. “El lo hará”, me dice.

El nuevo “ayudante” me pregunta por los restos. Le indico y le pregunto: “¿cuánto sueles cobrar?”; “lo que usted me de”, responde. Jamás he sabido lidear con esa respuesta. “No compadre, valore su trabajo y me dice”. El hombre se para y me confiesa: “Mira, si yo te digo ‘tanto’, tú vas ‘a la oficina’ y dices que un sepulturero te cobró y me buscas un lío”. Fin del tema.

Con gestos del diario, el hombre toma los restos de donde yo los había colocado y los lleva unos metros más allá, a la sombra. Se sienta. Mientras hurga en los residuos que aún se sostienen en la blusa y el pantalón de la abuela, prende un cigarro. Se lamenta en voz alta con otro colega que “ayuda” a otros dolientes porque, según entendí, hay planificado un entierro para las 4:30 pm (ellos trabajan hasta las cuatro).

Uno a uno extrae los huesos. Los limpia con un trapo blanco que nos tocó traer. Pienso en mi abuelo. Cuántas veces le ha tocado hacer esto con tantos familiares de mi abuela, y hoy, sus 91 años le impiden estar aqui. Mejor así, me digo. Mientras el hombre sigue su faena con gestos rápidos y deshumanizados, escribo en la caja que nos facilitaron el nombre de la abuela y la fecha de su entierro: 30/12/11.

Unos minutos después ya están colocados los huesos dentro de su nuevo receptáculo. Se me antoja que lo ha hecho con precisión matemática. Los baña con alcohol y un poco de talco que sobró a otros. Cuando tapa la caja me pregunto si en verdad terminó todo.

El hombre ese pone la caja al hombro y sin decir nada echa a andar. Lo seguimos. “¿Y ahora?”, le pregunto. Me explica que la caja irá aun depósito hasta que terminen de construir los nuevos nichos. “En unos seis meses puede llamar para saber si ya trasladaron los restos”, me dice y me recalca el número del depósito. Todo lo ha dicho con un tono profesional que le ha devuelto un aire más humano. En el depósito coloca la caja con los restos mi abuela en lo más alto de una pila de unas diez cajas. Luego sale.

Le extiendo el dinero: 20 pesos, todo cuanto tengo en el bolsillo luego del fin de año y antes del cobro.

Cuando salgo por unas de las amplias puertas del Cementerio Santa Efigenia, me siento como envuelto en una burbuja de irrealidad. No sé si debí llorar. Ciertamente estaba conmovido; pero lo que debió ser un acto introspectivo se ha llenado de tanta rutina; de tanta vulgaridad, que no queda lugar para más.

Camino a casa solo puedo pensar que apenas comienza el año.

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