Santiago en mí

Archivar para el mes “mayo, 2015”

Lumbersexual, ¿y eso qué es?

Ahorita hará diez años de andar con mi barba a cuestas. Si tuviera que recurrir a una imagen literaria diría que «cuándo desperté, mi barba estaba allí». Así de sorpresiva, sin proponérmelo, hija del descuido que implicaba estudiar intensivamente para un examen que, a último minuto, habían decidido posponer para unos días después de la fecha de mi pasaje de regreso a casa. Así creció mi barba. Desde entonces, excepto contadas oportundidades, me ha acompañado siempre.

Muy temprano la asumí como parte de mi estética. Porque sí, y no porque estuviera de moda o buscara objetivos ocultos entre sus hebras. Era simplemente una comodidad y eso, para mí, era suficiente.

Como todo, tuvo sus detractores y admiradores. Entre los primeros, incluso, una de mis mejores amigas a quien, finalmente, venció mi tozudez. Entre los segundos… pues muchos y entre esos muchos, debería decir muchas, incluida mi esposa, «quien cayó prendida ante los encantos de mi barba», si bien en la distancia me confundió (lo confieso, aunque no he llegado a entenderlo todavía) con Ian Padrón.

A veces cuidadosamete recortada, otras abundante y desaliñada, hija del descuido del día a día; así ando con mi barba a cuestas. Sobreviviente de modas y estilos, siempre ha sido MI barba y no la que dicte nadie. Con ella, creí estar a salvo de etiquetas, hasta hoy.

Hoy entré en la oficina donde trabajo y, sonriente, me dice un colega: «eres un lumbersexual». En medio de la jocosidad que lo caracteriza no le di importancia, hasta que hizo una segunda mención. Entonces la curiosidad pudo más y pregunté «¿y eso qué es» y fue cuando salió a colación el artículo Tiempo de lumbersexuales, publicado en la edición dominical del periódico Juventud Rebelde.

De inmediato lo leí, por supuesto; tenía que saber bajo qué etiqueta se me colocaba ahora. Como suele suceder con este tipo de artículos, tan válido es lo escrito por el periodista, como los comentarios vertidos. No los comento y dejo que ustedes lo lean y (aunque suene a lugar común) saquen sus propias conclusiones.

Las mías ya las saqué y me siento reconfortado de tener mi barba no porque me parezca a Piqué o cualquier otra celebridad del momento (ojo, me han confundido ya varias veces con alguien llamado Alí, quien lo conozca, por favor, decirle que la curiosidad me mata); o porque haya leído en algún sitio que es lo último en el grito de la moda; o el opuesto a lo metrosexual; o porque en el Festival de Cine los extranjeros vinieron luciendo sus foráneas barbas.

Hasta hoy no había escuchado la palabra lumbersexual. A partir de hoy, para mi es como si jamás la hubiera escuchado mencionar. Seguiré con mi barba otros diez, veinte, tantos años más, aunque dentro de unos años nada se hable de metrosexuales o lumbersexuales, y otro sea el algosexual de moda.

De Santiago los personajes…

Les llaman «personajes populares». Algunos realmente lo son. Otros se acogen al eufemismo que los equipara con los primeros, aunque no salgan en las revistas y ni en las promociones que venden esta ciudad folclórica.

Todos tienen su minuto de gloria: el de lograr atrapar la atención de muchos, detener momentáneamente el tránsito feroz de personas por la populosa Enramadas y salir, en el mejor de los casos, con unos pesos de más.

Para ello se valen de las armas que tienen. Unos, la propia personalidad, esa que sin emitir palabra alguna los identifica, los define para el resto de sus congéneres, los exalta a símbolo de una ciudad que desde El diablo rojo y El caballero Roberto, quizás, había quedado huérfana de similares. Otros, son menos sutiles. Arman su tinglado en medio de la calle y comienza el espectáculo.

Cantos y bailes suelen ser los ingredientes más comunes: el que imita a grandes músicos; el que revienta el cuero de placas radiográficas y cubos plásticos, para que su «partenaire», con su vejez semidesnuda, ejecute sin igual danza.

Otros, sin embargo, acuden a destrezas dignas del Discovery Channel o cualquiera de los otros programas transmitidos por Multivisión. Para demostrarlo anda por ahí, convertido en píxeles, de memoria en memoria, a la velocidad del paquete, ese que introduce por su nariz cuando objeto alargado encuentre: lapiceros, trozos de metal, hasta la punta de un fino taladro; siempre ante la mirada atónita, estupefacta, incluso asqueada, de numerosos transeúntes.

No le hacen daño a nadie, podría decir alguien. Y no le faltará razón. Más allá de la estética de cada uno de estos personajes, o de la aceptación o no que tengan en determinado sector poblacional, lo cierto es que están ahí, formando parte de este Santiago de hoy. Si prevalecerán o no, solo el tiempo lo dirá. Por lo pronto, algunos de ellos serán protagonistas el Segundo Festival de Personajes Populares, en el céntrico parque Serrano, que es como decir, en casa.

Unos metros más lejos, mientras tanto, otros personajes seguirán mostrando a la ciudad, una imagen menos folclórica y mucho más discutible.

Bertha La pregonera será una de las protagonistas del Festival de Personajes Populares

La primera del 2015

Allí estaba, agazapada en una gota de las lluvias que se debe la ciudad, la primera gripe de este 2015. Todavía sin nombre; de dudoso pedigrí, quiero pensarla diferente a esa que un amigo definió como «cariñosa», por las semanas, meses que demoró en abandonarlo.

Llegó como tantas otras, como una leve molestia en la garganta. Y como tantas otras también, lo hizo de noche; cargada de sueños molestos y la imperativa necesidad de buscar un pañuelo, que a las tres de la mañana se antoja cada vez más escurridizo.

Ya son tres los pañuelos gastados en media mañana, tres también los caramelos consumidos para aliviar (solo temporalmente) el ardor de la garganta, y el cuerpo parece arrastrar la cama que tanto reclaman a estas alturas las ojeras que tengo por ojos.

Y todo en medio de una ciudad que es polvo, hollín y la amenaza (solo amenaza) de una lluvia que se diluye en esas gotas traicioneras, heraldos de las gripes de verano que, aún sin bautismos, ya van dando de que hablar.

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