Santiago en mí

La primera del 2015

Allí estaba, agazapada en una gota de las lluvias que se debe la ciudad, la primera gripe de este 2015. Todavía sin nombre; de dudoso pedigrí, quiero pensarla diferente a esa que un amigo definió como «cariñosa», por las semanas, meses que demoró en abandonarlo.

Llegó como tantas otras, como una leve molestia en la garganta. Y como tantas otras también, lo hizo de noche; cargada de sueños molestos y la imperativa necesidad de buscar un pañuelo, que a las tres de la mañana se antoja cada vez más escurridizo.

Ya son tres los pañuelos gastados en media mañana, tres también los caramelos consumidos para aliviar (solo temporalmente) el ardor de la garganta, y el cuerpo parece arrastrar la cama que tanto reclaman a estas alturas las ojeras que tengo por ojos.

Y todo en medio de una ciudad que es polvo, hollín y la amenaza (solo amenaza) de una lluvia que se diluye en esas gotas traicioneras, heraldos de las gripes de verano que, aún sin bautismos, ya van dando de que hablar.

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