Santiago en mí

Lumbersexual, ¿y eso qué es?

Ahorita hará diez años de andar con mi barba a cuestas. Si tuviera que recurrir a una imagen literaria diría que «cuándo desperté, mi barba estaba allí». Así de sorpresiva, sin proponérmelo, hija del descuido que implicaba estudiar intensivamente para un examen que, a último minuto, habían decidido posponer para unos días después de la fecha de mi pasaje de regreso a casa. Así creció mi barba. Desde entonces, excepto contadas oportundidades, me ha acompañado siempre.

Muy temprano la asumí como parte de mi estética. Porque sí, y no porque estuviera de moda o buscara objetivos ocultos entre sus hebras. Era simplemente una comodidad y eso, para mí, era suficiente.

Como todo, tuvo sus detractores y admiradores. Entre los primeros, incluso, una de mis mejores amigas a quien, finalmente, venció mi tozudez. Entre los segundos… pues muchos y entre esos muchos, debería decir muchas, incluida mi esposa, “quien cayó prendida ante los encantos de mi barba”, si bien en la distancia me confundió (lo confieso, aunque no he llegado a entenderlo todavía) con Ian Padrón.

A veces cuidadosamete recortada, otras abundante y desaliñada, hija del descuido del día a día; así ando con mi barba a cuestas. Sobreviviente de modas y estilos, siempre ha sido MI barba y no la que dicte nadie. Con ella, creí estar a salvo de etiquetas, hasta hoy.

Hoy entré en la oficina donde trabajo y, sonriente, me dice un colega: «eres un lumbersexual». En medio de la jocosidad que lo caracteriza no le di importancia, hasta que hizo una segunda mención. Entonces la curiosidad pudo más y pregunté «¿y eso qué es» y fue cuando salió a colación el artículo Tiempo de lumbersexuales, publicado en la edición dominical del periódico Juventud Rebelde.

De inmediato lo leí, por supuesto; tenía que saber bajo qué etiqueta se me colocaba ahora. Como suele suceder con este tipo de artículos, tan válido es lo escrito por el periodista, como los comentarios vertidos. No los comento y dejo que ustedes lo lean y (aunque suene a lugar común) saquen sus propias conclusiones.

Las mías ya las saqué y me siento reconfortado de tener mi barba no porque me parezca a Piqué o cualquier otra celebridad del momento (ojo, me han confundido ya varias veces con alguien llamado Alí, quien lo conozca, por favor, decirle que la curiosidad me mata); o porque haya leído en algún sitio que es lo último en el grito de la moda; o el opuesto a lo metrosexual; o porque en el Festival de Cine los extranjeros vinieron luciendo sus foráneas barbas.

Hasta hoy no había escuchado la palabra lumbersexual. A partir de hoy, para mi es como si jamás la hubiera escuchado mencionar. Seguiré con mi barba otros diez, veinte, tantos años más, aunque dentro de unos años nada se hable de metrosexuales o lumbersexuales, y otro sea el algosexual de moda.

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