Santiago en mí

Callejeros, pero no olvidados

Día a día deambulan por las calles de la Habana Vieja. Para los habitantes de este municipio capitalino ya son parte de la cotidianidad; ahora también para todos los cubanos que disfrutamos de la más reciente Crónica del domingo de Julio Acanda, en el Noticiero Nacional de Televisión. Son (aún) perros callejeros, pero ahora el adjetivo los dignifica, gracias a una suerte de carnet de identidad que cuelga de sus cuellos.

No sé de quién habrá sido la idea original, pero una vez más hay que agradecerle a la Oficina del Conservador de la Ciudad de La Habana (OCCH), bajo la dirección de Eusebio Leal, por estas muestras de civilidad y cultura que regala a todo un país. Con este gesto, la OCCH demuestra que en el rescate de una urbe no olvida a nadie, ni siquiera a esos seres vivos que componen su paisaje y se vuelven (ya lo sabrán los custodios de los centros aledaños) compañía imprescindible.

Ahora oficializados merced de su nueva identidad, estos perros han escapado al destino que aún acecha a otros tantos similares, no solo en la capital, sino en toda la isla, porsupuesto, también y tristemente, aquí en Santiago de Cuba. A los de Leal ya no los persigue el carro-jaula, sino los turistas con sus cámaras; ya no encuentran motivo para huir a la mano de hombre, ahora les aceptan gustozos los restos de comida que le ofrecen.

Tan sencillo.

Ojalá la crónica de Acanda haya conmovido a muchos, como hizo conmigo. Me gustaría caminar por Enramadas y no tener que esconder la mirada ante el lamentable espectáculo de un perro abandonado a su suerte y a la sarna, temeroso de la mano que le tiende un trozo de comida (¡tantos palos que le dio la vida!); haciendo equilibrios en su tanta hambre.

Me gustaría poder acariciar la cabeza oficializada de un cachorro con su identidad al cuello; que en las noches reposa sus patas andariegas junto al custodio de alguna institución, compartiendo panes e insomnios. Mucho que me gustaría.

Nosotros, tan dados que somos a copiar lo ajeno, al menos deberíamos ser capaces de imitar lo realmente imitable. Este sería un buen ejemplo. Ahora sería un buen momento.

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