Santiago en mí

Rayao

Por: Juan Antonio Tejera

Ahora queremos comentar sobre toda una serie de elementos que giran alrededor de los rayaeros, es decir, esas personas que nos enfrían si no el alma, el cuerpo con uno de esos productos fríos que en algún momento de transitar por esta caliente ciudad, necesitamos. Lo primero es que, desde nuestro punto de vista, ha cambiado el universo de los usuarios del rayado, vamos a decirlo correctamente aunque lo popular sea válido. Sí porque si bien el rayado ha existido desde tiempo inmemoriales en nuestra ciudad, antes era un privilegio de los vejigos. También antes los vendedores tenían como un itinerario con un horario fijo y en cada cuadra se sabía a qué hora iban a cruzar. Por supuesto, los muchachos, inteligentes al fin y al cabo, ya conocían del momento en el que el rayado iba a estar a su alcance y minutos antes ya estaban solicitando el quilo para sí, eso dije: Quilo. ¡Eso era lo que costaba un rayado! ¡Y no hagamos comparaciones! Además, se daban el lujo, me refiero a los fiñes, de detenerse unos segundo mirando las coloraciones de los ¡jugos de frutas! que llevaba el rayaero. ¿Tengo que repetirlo? ¡Jugos de mango, de guayaba, de mamoncillo, de zapote, de marañón, en fin, de frutas! Y ello a pesar de que ya se habían inventado los refrescos instantáneos. Muchos recuerdan la famosa invasión del Kool Aid, un polvito muy semejante a los que existen en la actualidad, como el tal Piñata. Pero volviendo al tema, eran muy pocas las madres que de forma evidente, adquirían un rayao, ¡y muchos menos un padre, un varón! Y es que los universos estaban muy bien definidos y cada cual sabía el espacio que le correspondía, al contrario de los que sucede hoy que casi es extraño ver a un fiñe frente a un rayaero, que de ese modo nos desarrollamos en esta ciudad de maravillas.

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2 pensamientos en “Rayao

  1. Leonides Hernàndez Leliebre en dijo:

    Muchas felicidades para todos esos padres santiagueros que cada día salen a la calle a trabajar para buscar el pan nuestro de cada. Y en especial a ese hombresito que siempre esta creando libris y sueños para los demás Roberto Leliebre Camue.

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