Santiago en mí

Archivar para el mes “julio, 2015”

El 500 vox populi

No puede ser de otra forma; ya sabemos que el cubano es así, cuando la coge con algo Y qué mejor que un quinientos aniversario y todo lo que conlleva y conllevará.

Sí, porque, como dicen los comentaristas deportivos, «esto no se acaba hasta que se acaba», y el año del Quinientos comenzó este 25 de julio y se extiende hasta el 25 de julio de 2016, Expósito dixit.

Nada, que todavía hay tiempo para seguirnos asombrando, para disfrutar de tanta inauguración y reinauguración, para terminar de saber por fin si venderá queso en la esquina de San Félix y Heredia; si montaremos en el tranvía; para revisitar el Museo Bacardí, la Galería Oriente, la Casa de la Cerámica.

Ya vendrán los turistas a hospedarse en el Imperial, cuando las lonas que cubren aún parte de la construcción inconclusa, den paso a oropeles similares a los que ya engalanan el lobby.

Ya habrá tiempo. Todo un año. Y mientras, la vida sigue, y las personas no terminarán de sacar de su mente y de sus labios este aniversario. Y cuando no estén contentos con algo: el helado derretido, las tiendas sin jaba de nailon, el transporte que no llega; las medicinas «en falta»; se les escuchará decir, «y eso que estamos en quinientos»; como si la efeméride, por sí sola, fuera a convocar milagros.

La gente, la misma gente que se conmovió con la voz de Vilma acompañada al piano, en una gala artística (creo) muy digna, aunque otros puedan diferir. que aplaudió, aun desde la distancia, el maravilloso espectáculo de pirotecnia con que se dio la bienvenida al 25 de julio.

Todavía hoy se habla de estas últimas jornadas: del carnaval, de las galas, de por qué Eusebio Leal y no Olga Portuondo, y todo bajo el influjo de los quinientos. Y eso no es malo. A fin de cuentas, no todos los días se cumple esa edad. Malo sería caer, una vez más, en eso de la «furia»: «cogerlo todo con furia». ¿Y después?

Después, la vida. La misma de todos los días, en una ciudad un año más vieja, pero que intenta, a toda costa, rejuvenecer, modernizarse. Acompañémosla en ese intento, pero porque lo merece, y no por una fecha, una meta, un compromiso. Santiago es más que un aniversario. Ninguno de nosotros estará dentro de quinientos años más, entonces, lo que vayamos a hacer, hagámoslo ahora. Y bien.

Carnaval plus

Un dedo lastimado me hace cada paso un martirio. Pero camino, porque en casa el agua se reduce a un cubo muy pequeño, y regreso, como a través del desierto, a la casa natal, para tomar el baño de rutina y necesidad; tal vez, incluso, comer, para evitar la imposible fregada en ese otro hogar que me he armado y donde duermo.

Ya todos preguntan «¿y cómo te va el carnaval?», como si fuera lo más importante del día; en sustitución de los saludos habituales. Son días en que parece relegarse el resto de los problemas, aun cuando una conga sume a su estribillo, en frases ciertamente obscenas, el reclamo por el agua; aun cuando algunos, esos que no visitarán las áreas de quioscos y cervezas, se pregunten cómo limpiarán las calles.

Yo soy de esos, no tanto de los que se preguntan, aunque me pregunte; si no de los que no saben qué responder a ese «¿y qué tal el carnaval?», porque lo veo desde las distancias de las calles adyacentes, o porque, sin buscarlo, llega hasta mi ventana a las 2:30 am en los acordes estridentes de una conga trasnochada y los gritos jubilosos que le persiguen.

De tanto en tanto reviso la pluma (la llave, el grifo o como quieran llamarle) en busca de algo más que el ruido asfixiante de la sequía, y advierto cómo el humor se me agria, el ceño se retuerce de sol y preocupaciones. Eso, cuando no camino rumbo a casa, la natal, para quitarme los calores del día. Entonces paso frente a las nuevas fuentes de la ciudad y, por primera vez, las veo en funcionamiento. Tímidas, como toda primera vez. No soy el único. Todos la miran. Obreros y transeúntes. Los unos, atentos a los detalles, a esa agua que tal vez (pienso) no debería derramarse sobre la acera; los otros, curiosos, admirados tal vez, escépticos.

Y arriba, sin saber de dónde viene o en dónde se oculta minutos después, un dron. Sí, un pequeño (comparado, imagino, con los otros, los peligrosos, los de bombas), dron de seis brazos e igual número de hélices, sobrevuela las obras. Alguien ya me lo había comentado, pero vista hace fe.

Allí, sobre nosotros, en inquieto equilibrio, el hielo de Macondo. Ni tiempo a tomarle una foto, un video (como hacen otros); apenas para la anécdota, el instante que dura una nueva punzada en mi dedo lastimado.

Camino a casa, por calles llenas de polvo y sol. Un año atrás, esa esquina estuviera llena de gente, de quioscos, de música. Hoy el sonido de la corneta no nos alcanza. Pero igual estamos en carnaval.

¿Barberos y carnavales?

Comienzan hoy los carnavales de Santiago de Cuba. De ellos ya habrá tiempos de conversar, o no, por ahora les dejo esta crónica de Juan Antonio Tejera.

Por: Juan Antonio Tejera

Mire usted, los carnavales, no hay dudas de ellos, son las fiestas más populares de la ciudad. Justo en ese día se despiertan toda una serie de sentimientos y acciones que son difíciles de comprender. Lo agradable de ello es que aunque no nos demos cuenta, somos parte de ello y un lugar, no tanto ahora, que jugaba un papel muy importante en ellos era la barbería. Uno se asombra y otro se sonríe. Recuerdos presentes. Y es que era en la barbería donde los miembros de un paseo o de una comparsa iban en busca de información. Gestos de extrañeza. ¿Recuerda usted que el santiaguero es del cará? Nada, hay que retroceder en el tiempo, cuando los caperos, los poseedores de capas en ocasiones monumentales, que eran la regla y no la excepción, se vestían desde temprano en la mañana de los días de desfiles que generalmente tenían lugar en la Avenida Jesús Menéndez, a la que lo santiagueros llamamos Lorraine que era uno de sus nombres iniciales y que la persona a la que respondía tal apelativo, tenía méritos más que suficiente para que permaneciese. Pues esto comparseros iban muy temprano como dijimos, buscando que le colocaran en su traje lleno de lentejuelas, la moña. Que era una especie de roseta a la que se agregaba un billete, generalmente de a peso. Y por si las mocas, ellos llevaban ya preparada la moña y hasta el alfiler de niñera, pequeñito para prenderla. ¿Lo de la barbería y la información? Ellos iban primero allí a enterarse con el barbero de las posibilidades económicas de las casas circundantes y justo a ellas iban en primer lugar. Los santiagueros, como quiera que se trataba de una tradición, nunca decían que no y usted veía a muchos trajes de carnaval, llenos de estas moñas que de esa forma también se comportaban los carnavales en esta ciudad de maravillas.

Fechas límites

Entre el ruido y el hollín del abundante tránsito en la esquina de Aguilera y San Félix; el polvo de la construcción se eleva, cae por todas partes, en todas las narices, se prende de las paredes, minúscula y persistente erosión que borra poco a poco, hace ininteligible el cartel donde se anuncia que la obra sería entregada el 30 de mayo. Ya estamos en julio y aún falta para que los trazos informativos desaparezcan bajo una nueva capa de pintura que oculte para siempre su ineficiencia.

Más abajo falta el cartel que informe, pero algo dice que otra fecha se incumplirá. No hará ni un mes que el Hotel Bayamo, ha sido desmantelado para una (nueva) reconstrucción. Una cerca perimetral lo rodea, el polvo se confunde con otros polvos. Los constructores se mueven con una laboriosidad de cámara lenta.

En otra esquina, Santo Tomás y Enramadas, el mítico Hotel Imperial. Imponente aun cuando era ruinas, desdén, nostalgias de una ciudad. No deja impasible al transeúnte. Su fachada rejuvenece. Los detalles se perfilan nuevos y el blanco de la pintura les da aliento. Todos alzan la cabeza cuando pasan a su lado, por el estrecho margen que deja otra cerca perimetral. Todos miran, todos sacan cuentas. El cartel anuncia la entrega del inmueble para el 25 de julio, fecha de celebraciones, la ciudad cumple 500 años y el Hotel Imperial deberá ser el lazo del regalo. Pero muchos dudan. Faltan poco más de diez días. El plazo tiembla.

Es la costumbre. Cada nueva construcción (o remodelación) lleva su fecha límite o fechas de entrega. En grandes letras a veces, lanzan a los ojos la confianza: ¡Cumpliremos! En otras, lo dicen en voz más baja, pero en la prensa, en la radio. Es la costumbre. Una fecha relevante por algún motivo, casi siempre histórico, se convierte en meta. El peso mayor lo suelen llevar el 26 de julio y el 30 de noviembre. Ahora le correspondió al 25 de julio, a los 500 años de fundada la otrora villa de Santiago de Cuba.

Ahora todo: la casa de Aguilera y San Félix, la de San Félix y Heredia (La casa del queso), el Hotel Bayamo, el Hotel Imperial, la Alameda y el nuevo Malecón, la Galería Oriente, y más, mucho más que a veces escapa a la vista de ese centro histórico; todo, deberá inaugurarse para el 25 de julio. Vaya día con tamaña responsabilidad.

El conteo regresivo se hace con las campanadas de la Catedral (otra que aún levanta polvos constructivos). Cada golpe del badajo es un día menos, una tachadura en el almanaque, una cinta que alista para ser cortada, sin la certeza de dar paso a algo más que una fachada.

Crónicas entre plumillas y acuarelas

Quienes lo conocen (y no fue difícil percatarnos que son muchos) aseguran que si algo lo caracteriza es su versatilidad. Graduado de Ingeniero en Automática en la extinta Unión Soviética, docente en la Universidad de Oriente durante más de treinta años, Pedro Milá sorprende no solo por su carácter afable que tantos amigos le ha ganado, también por el trazo firme, el talento que demuestra en plumillas, acuarelas, óleos que llevan su firma.

Precisamente por su arte, por esas piezas en las que la ciudad de Santiago de Cuba muchas veces es protagonista, Pedro Milá fue el invitado especial a las Crónicas de mi ciudaddel mes de julio.

No deja de asombrar el quehacer de Milá, el detallismo en sus obras, en las que es posible hallar un registro visual del Santiago decimonónico: la Catedral; el Club San Carlos; la otrora vivienda de una de las familias de alcurnia de la ciudad, donde hoy se erige el Centenario Hotel Casa Granda; y en medio de todo el escenario, sus habitantes, sus costumbres, su vida.

Pedro Milá

Las artes plásticas le vienen de familia, aun cuando, como en su caso, no pasaran de ser una afición.

Afición o no, siempre le han acompañado, incluso en aquellos tiempos en la Unión Soviética cuando, junto a un amigo yugoeslavo, tuvo que pintar durante días, un gran mural: «esa fue mi escuela», asegura. O en los tiempos del Grupo Santiago, en la Universidad de Oriente, de donde le llegan los recuerdos de exposiciones y obras, algunas aún hoy en oficinas y salones de la Casa de Altos Estudios santiaguera.

De su vida, de su arte, de su pasión por el pirograbado, de lo hecho y lo por hacer, conversó Giselle Lage, anfitriona de Crónicas, con Pedro Milá. Éste, con humildad, con sencillez, nos regaló su mundo, ese que lleva en el trazo firme y paciente de su mano, y lo convierte en arte.

Pero mucho más tuvo la más reciente edición de las Crónicas de mi ciudad. Hasta el patio de la Casa Natal del poeta José María Heredia llegó, una vez más, la gracia de Georgina Soler (como Milá, maestra) quien dedicó un hermoso homenaje a Nicolás Guillén, con el acompañamiento espontáneo y sorprendente de uno de los presentes en el público que, dejado llevar por el momento, mostró dotes histriónicas y musicales al improvisar un fondo de bongó, solo con la voz.

Otro que regresó a este encuentro fue el trovador Fernando Guerrero, fundador de la peña; quien ofreció tres temas de su autoría y, como en aquellos primeros meses del espacio, acompañó enotros a Giselle Lage.

Por último (y como dice la necesaria coletilla: no menos importante), destacar la presencia de los buenos amigos y colaboradores del Dúo Estocada (Carlos Javier y Julio), quienes tuvieron a su cargo una buena parte del momento musical de la tarde y cerraron con el tema Santiago, de la autoría de Carlos Javier; dedicado al 500 aniversario de la fundación de la otrora villa.

Otra tarde entre amigos, entre fieles que se vuelven imprescindibles cada segundo viernes de mes. Ahora un descanso estival durante el mes de agosto y el reencuentro queda planeado para el mes de septiembre y la celebración del segundo aniversario de Crónicas de mi ciudad.

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