Santiago en mí

Los toros desde la barrera

Varias veces me he escuchado diciéndole a quienes todavía estudia(ba)n en la Universidad, que aprovecharan sus tiempos de estudiantes, porque cuando comenzaran a trabajar era otra cosa. Les hablaba siempre con un tono de hombre mayor, responsable (no es que antes no lo fuera), de «tío», como suelen llamarme cada vez más seguido los niños en la calle.

Quizás, antes entendía que era lo correcto decir esto; que era parte de la nostalgia propia y, a la vez, una forma de acercarnos en el tiempo a ese momento crucial y extraordinario de los años universitarios, que todavía nos eran tan cercanos.

Cada año que pasa, en cambio, se aleja más la cuenta. En 2016 cumpliré mi primera década de graduado en la Universidad de la Habana y, aunque los recuerdos de aquel tiempo los guardo tan nítidos, como el salitre del cercano malecón de la ventana de mi cuarto en beca, no puedo dejar de reconocer la tristeza que me trae esta otra manera de envejecer. Sobre todo en estos días de inicio de curso, en los que siento que falta algo.

Ya lo he dicho otras veces: el inicio y el fin de curso eran los mejores momentos de mi vida. Tal vez era la sensación de que algo pasaría, la inminencia de hechos que, aún sin preverlos, los adivinaba trascendentales. Los reencuentros y las despedidas.

Ahora no. Me hablan de uniformes y lápices, de forros para libretas, y asisto a esos trajines como desde otro mundo. La promesa de la intensificación del trabajo, tras estos meses estivales que, aún sin vacaciones se viven en una especie de sopor; no alcanzan a poner en mí el salto en el estómago de antaño.

Desde mañana las calles de Santiago, de toda Cuba, retomarán ese bullicio de cada septiembre. Será como despertar en una especie de «país de maravillas»; una sensación que dura poco, hasta que la maravilla se vuelva rutina.

A veces, como para unirme al festejo, me gusta imaginar dónde estaría, como sería regresar a esa beca, cómo el reencuentro, esos primeros momentos donde la clase pasa a un segundo plano y lo que importa, lo verdaderamente vital, es la conversación con los amigos. A veces, simplemente, sueño despierto.

Después regreso al trabajo: a mirar los toros desde la barrera.

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