Santiago en mí

Segundos de Papa

Hace días debí haber escrito sobre el Papa Francisco. En realidad sobre su visita a Cuba. Seguí cada una de sus actividades con una fervor digno de una fe mayor que la poca que yo profeso. Algo estaba claro desde el principio: su visita no pasaría inadvertida para nadie. Y así fue. Por eso debí haber escrito mis impresiones hace ya varios días. Pero me dejé llevar por el soponcio de los días; por la vida que, más allá de la permanencia de carteles y pegatinas con el rostro afable de Panchito, sigue en esta tierra de calor y sequía. El Papa sigue su gira por Estados Unidos. Apenas he podido ver nada de sus actividades por allá, aunque tengo la certeza que nada tendrá que ver con las demostraciones de afecto y admiración dedicadas al Papa por los cubanos (creyentes y no creyentes, como se gusta decir).

Guardo, no obstante, un imperecedero recuerdo de su estancia en Santiago; más de lo que nunca intenté hacer con sus antecesores por estas tierras. Hora y media de calor, sudor y sed, para unos (demasiados) breves segundos de Papa, al frente de su caravana. Nada que lamentar. Otros, a mí alrededor, esperaron más tiempo, y al final, todavía les restaban ganar de reír, festejar, admirarse como si el Papa los hubiera estrechado a todos, en un solo abrazo.

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