Santiago en mí

Santiago se sacude

Reconozco que hasta el momento no he sentido ninguno de la casi una veintena de sismos perceptibles que, desde ayer en la madrugada, mantienen en vilo a Santiago de Cuba.

De hecho, el domingo en la mañana sufrí la rara de sensación de sentirme totalmente desorientado: primero, cuando el panadero me comenta que había sido la primera casa en que había tenido que tocar, pues todos estaban en la calle; luego, al percatarme camino a casa de mi madre que, en efecto, había muchas personas en la calle, mochilas incluidas.

No fue hasta unas cuadras después que la palabra temblor llegó a mis oídos. Y unos minutos más tarde, ya frente a la radio, que escuché los detalles de la decena de temblores que sacudieron la madrugada de la ciudad.

Y ya que hablo de palabra, me parece desafortunado el uso del término terremoto para referirse, en esta situación (una y otra vez), a estos sismos. No es que sea incorrecto, per se, como sinónimo, pero desde la percepción de las personas, el término trae aparejado destrucción, catástrofe, caos; de ahí que su uso reiterado por los periodistas en los medios provinciales, en referencias a movimientos sísmicos de un máximo de 5 de la escala de Richter, solo puede contribuir a exacerbar el pánico en una población ya de por sí asustada.

No está de mal alertar, preparar, aconsejar a las personas (que, valga el paréntesis, supieron actuar de manera bastante organizada, según lo orientado por la Defensa Civil, no solo en esta sino en otras oportunidades), pero usemos los términos adecuados.

Para el santiaguero, terremoto fue el del 32 (por solo mencionar el más cercano en la memoria) y la mención del término traerá aquellas imágenes solo comparables, hasta hoy, con el amanecer post-Sandy. Sinónimos hay muchos; no escojamos el peor.

De regreso a los temblores, hoy me dicen que en la madrugada volvió a temblar. Una vez más no lo sentí y no logro saber si sentirme agradecido o preocupado. Mientras, escucho una y otra vez el tema en bocas de todos; la gente anda como a la expectativa, sintiendo como nunca la tierra bajo sus pies, en busca, quizás, del menor síntoma de una nueva sacudida.

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