Santiago en mí

Alí

No lo conozco ni en fotos; aunque he llegado a pensar que no me hace falta: bastaría mirarme al espejo. Por n-ésima vez me confunden con él. Justo hoy, un hombre, a unos escasos metros de mí, me llama por su nombre: Alí. Sabedor del equívoco le aclaro, tal como hice con la señora que una vez me preguntó por una joven, dueña, seguramente, de los afectos de Alí.

He asumido andar por la vida como si él fuera mi sombra (o yo la suya). He sido blanco de miradas curiosas, incrédulas, de sorpresa. Me han saludado con sincera simpatía, para luego asistir a la turbación ajena. He compartido, incluso, con personas que también compartieron su trato. Todos, de una forma u otra, me lo confirman: somos muy (muy, recalco) parecidos.

Hasta ahora sólo sé que vive fuera de Cuba. Que pocos años atrás estuvo otra vez en Santiago de Cuba, de visita. Que, al parecer, era (es) una buena persona (al menos, nadie me ha agredido bajo el pretexto de su nombre).

No sé, sin embargo, si alguna vez lo han confundido conmigo. Si es consciente de esta similitud. Si en algo lo afecta, o le divierte. Si también a través de la empatía con otros que tal vez le sean ajenos, llegue a la conclusión sobre mis valores humanos.

Así andamos, Alí y yo, Yo y Alí, por estos mundos. Jugarreta de la vida. Me pregunto: ¿cuántos más llevarán a cuesta nuestros rostros?

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