Santiago en mí

Archivar para el mes “julio, 2016”

Carnavales 2016 en Santiago: desde los comentarios

Lo digo sin más: no fui a los carnavales. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice. Para mí, los carnavales de este 2016, fueron tan solo los esporádicos fuegos artificiales que me sobresaltaban, de vez en cuando. Ni siquiera vi la transmisión televisiva de los paseos. Pero me he enterado de los trozos que otros han vivido. Eso sí, los comentarios se repiten. Claro, entre el grupo de conocidos que hoy han inundado la oficina, no serán los mismos comentarios de los que disfrutaron del carnaval hasta el último segundo. Pero me conformo con estos, porque son el reflejo de algo más grande, algo que no es solo de los carnavales. Algo que, por conocido, no deja de preocupar: la música a todo dar (sobra decir que reguetton); las nuevas modas en el vestir (que casi que ni vestir necesita); la comida que permanece horas y horas bajo el sol, la lluvia, el sereno; las formas y maneras de los más jóvenes y no tan jóvenes; el mal olor
Basta la imagen de un amigo, fanático del cine: los carnavales cada vez más se parecen a una escena de Mad Max Furia.

La mochila: una cuestión de eficiencia

Hablo de ese invento con el que los jovenclubes de computación tratan de hacer frente al fenómeno del paquete semanal. Y digo tratan, porque en eso quedan, en el intento.

Del viernes acá (martes) en tres ocasiones he asistido al jovenclub de Enramadas para copiar la mochila. Las tres veces me ha sido imposible. Una vez por no percatarme (pobre de mí) que la institución cuenta con cuatro horarios diferentes según sea lunes, sábado, domingo o el resto de la semana. Y por supuesto, de poco valió que el sábado estuviera desde las ocho de la mañana en la puerta del establecimiento, pues ese día comenzaban a prestar servicios desde las diez. En las otras dos ocasiones, la falta de conexión con vaya usted a saber qué servidor central, me impidió copiar lo que sea que venga en ese otro paquete.

En el mismo período de tiempo, del viernes al martes, estoy seguro que más de un millón de cubanos han llevado a sus casas, en el momento que así lo entendieron, hasta ocho gigas en series, películas, documentales, música, en fin, todo lo que el nunca bien ponderado paquete les ofrece. Algunos de esos cubanos, lo han hecho en más de una oportunidad.

Entonces, ¿de qué hablamos? No se puede competir a la eficiencia, con la ineficiencia, ni con el rostro apático de las trabajadoras de una institución estatal.

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