Santiago en mí

Para aliviar el malestar de un amigo

Temprano en la mañana leo el correo de un amigo. Las primeras líneas me alertan de algún problema grave, algo que requiera mis mejores dotes de consejero: «Tengo un encabronamiento arriba que solo puedo compartirlo contigo».

Me apresto a leer sobre peleas entre novios, sobre algún altercado familiar, o algo por el estilo. Pero la segunda línea me pone de lleno al tanto de su malestar: «Acabo de escuchar en el noticiero del Mediodía, que el Santiago de Cuba ha mejorado».

Y entonces me pone al tanto de las maravillosas estadísticas oficiales que dicta el noticiero: de los 27 ruteros nuevos, de las 10 Dianas y las guaguas biplanta, etc. Luego, me habla de su verdad, la del día a día viviendo en uno de los centros urbanos de la ciudad.

Me habla de las colas en las paradas, de las carreras detrás de los pisa-y-corre, de la amiga que desistió de ir al trabajo porque «que esto es por gusto». Me habla, y vuelvo a sentir por sobre el frío mensaje electrónico, el malestar que lo embarga cuando me dice: «y entonces viene a insultarme en la cara con ese reportaje».

Leo temprano este correo de mi amigo, y no tengo más palabras que decirle que escribiré esta crónica para mi blog, para que su malestar no quede en un mensaje electrónico.

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