Santiago en mí

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En el Cuerpo de Guardia

«Atiendan acá. Vamos a dar una charla educativa sobre el Zika» Dice la enfermera y, sin importar el murmullo, el ir y venir de pacientes y familiares, comienza a leer con voz que delata la necesidad del cambio de espejuelos y el enfrentamiento, por primera vez, a las dos hojas de papel impreso que tiene en las manos, una diatriba llena de terminología médica sobre el virus del Zika.

Cuando llega al acápite de los síntomas, logra atrapar algo más la atención. Alguien entre los que esperan ser atendidos por uno de los médicos de guardia pide que repita los síntomas. Con más confianza en sí misma, la enfermera repite la sintomatología. De pronto se percata de una mujer que, parada a su derecha, muy cerca de la puerta que oculta a los médicos, asiste sin muchos ánimos a la sorpresiva charla.

«Miren –dice la enfermera, parándose muy cerca de la mujer y señalándola con un dedo–, miren acá. En ella pueden ver los síntomas claros. Vean los ojos rojos por la conjuntivitis, el rash, que algunos confunden con una alergia, pero no, es un rash propio de esta enfermedad–en este punto la mujer, digno ejemplar de conejillo de indias, asiente ante cada indicación de la uniformada–. A veces puede dar fiebre…¿Te dio fiebre, mi niña? –la mujer asiente, y dice que una sola–. Ven, puede dar fiebre…» y sigue con su perorata.

Yo no podía dejar de preguntarme si en las próximas horas escucharía leer a Serrano, con su voz engolada, una nueva nota informativa sobre este nuevo caso de zika, diagnosticado, obra y gracia de una enfermera santiaguera y un papel impreso, en medio de un cuerpo de guardia, de esta ciudad.

Foto: Telesur

Foto: Telesur

Después de Matthew

I

Solo quien haya pasado cuatro horas, sostenido a un horcón de madera, sintiendo cómo el mundo se derrumbaba afuera, y en su apocalipsis se llevaba la cubierta de los años; solo quien halla sentido en sus propios huesos, el miedo y el temblor de la madera; solo quien al amanecer tuviera las pupilas llena de espanto, de temor, de alivio y de asombro, ante la imagen irreconocible de la calle de siempre, de la calle que lo vio nace; solo quien viera al anciano llorar entre los restos de la casa que sabe no podrá ayudar a reconstruir; quien haya dormido bajo la ilusa protección de un naylon, y haya probado el sabor del tizne en la comida y el agua; es capaz de sentir como propio el dolor, la desesperación, la frustración que hoy sienten los habitantes de Baracoa.

II

Baracoa; una ciudad que llevo en mí como propia. Los años que caminé por sus calles, que me bañé en sus playas, los fines de semana en el río Miel, los paseos interminables y extraorindarios al monte; esa imagen de ciudad abrazable, parecen haber desaparecido bajo los escombros. Pienso en la gente que conocí allí, o en aquellos a quienes me unió el simple hecho de compartir esa nombre, Baracoa. Pienso en esos campesinos de amabilidad fácil, qué será de ellos, dónde estarán, cómo.

Siempre me gustaría ver esta imagen de Baracoa, la imagen de la tranquilidad, de la naturaleza amiga. Foto: Solwayscuba.com

Siempre me gustaría ver esta imagen de Baracoa, la imagen de la tranquilidad, de la naturaleza amiga. Foto: Solwayscuba.com

III

Matthew dejó mucho más que esas imágenes de terror

De bueno: la magnífica cobertura informativa. Bravo por la televisión; bravo por la radio, que nunca había disfrutado tanto de escuchar. Bravo, bravo, por los periodistas, excelentes coberturas, profesionales. De bueno: la preparación, la percepción del riesgo, como nunca, algo que siempre habrá que agradacer, después de todo, a Sandy. La solidaridad.

De malo: los que todavía se quieren aprovechar de lo mínimo para explotar a otros. Los obtusos que viven de lo establecido, y son incapaces de aceptar un consejo tan simple como poner varios puntos de venta para despachar unas galletas, porque «ese es el departamento de despachar galletas».

IV

Fue mucha tensión. Eso fue Matthew para mí. La desesperación de no saber a qué atenernos. El esfuerzo por convencer a mi familia de evacuar, de irse de esa casa levantada con esfuerzo y no con las condiciones que hubiera querido. La pesadilla recurrente en esos días, de ver todo otra vez en el piso, de empezar de nuevo. Pero solo fue eso, la tensión. Unos dicen afortunadamente. Pero entonces pienso otra vez en Baracoa. Y no hay fortuna alguna.

Para aliviar el malestar de un amigo

Temprano en la mañana leo el correo de un amigo. Las primeras líneas me alertan de algún problema grave, algo que requiera mis mejores dotes de consejero: «Tengo un encabronamiento arriba que solo puedo compartirlo contigo».

Me apresto a leer sobre peleas entre novios, sobre algún altercado familiar, o algo por el estilo. Pero la segunda línea me pone de lleno al tanto de su malestar: «Acabo de escuchar en el noticiero del Mediodía, que el Santiago de Cuba ha mejorado».

Y entonces me pone al tanto de las maravillosas estadísticas oficiales que dicta el noticiero: de los 27 ruteros nuevos, de las 10 Dianas y las guaguas biplanta, etc. Luego, me habla de su verdad, la del día a día viviendo en uno de los centros urbanos de la ciudad.

Me habla de las colas en las paradas, de las carreras detrás de los pisa-y-corre, de la amiga que desistió de ir al trabajo porque «que esto es por gusto». Me habla, y vuelvo a sentir por sobre el frío mensaje electrónico, el malestar que lo embarga cuando me dice: «y entonces viene a insultarme en la cara con ese reportaje».

Leo temprano este correo de mi amigo, y no tengo más palabras que decirle que escribiré esta crónica para mi blog, para que su malestar no quede en un mensaje electrónico.

Carnavales 2016 en Santiago: desde los comentarios

Lo digo sin más: no fui a los carnavales. No recuerdo cuándo fue la última vez que lo hice. Para mí, los carnavales de este 2016, fueron tan solo los esporádicos fuegos artificiales que me sobresaltaban, de vez en cuando. Ni siquiera vi la transmisión televisiva de los paseos. Pero me he enterado de los trozos que otros han vivido. Eso sí, los comentarios se repiten. Claro, entre el grupo de conocidos que hoy han inundado la oficina, no serán los mismos comentarios de los que disfrutaron del carnaval hasta el último segundo. Pero me conformo con estos, porque son el reflejo de algo más grande, algo que no es solo de los carnavales. Algo que, por conocido, no deja de preocupar: la música a todo dar (sobra decir que reguetton); las nuevas modas en el vestir (que casi que ni vestir necesita); la comida que permanece horas y horas bajo el sol, la lluvia, el sereno; las formas y maneras de los más jóvenes y no tan jóvenes; el mal olor
Basta la imagen de un amigo, fanático del cine: los carnavales cada vez más se parecen a una escena de Mad Max Furia.

La mochila: una cuestión de eficiencia

Hablo de ese invento con el que los jovenclubes de computación tratan de hacer frente al fenómeno del paquete semanal. Y digo tratan, porque en eso quedan, en el intento.

Del viernes acá (martes) en tres ocasiones he asistido al jovenclub de Enramadas para copiar la mochila. Las tres veces me ha sido imposible. Una vez por no percatarme (pobre de mí) que la institución cuenta con cuatro horarios diferentes según sea lunes, sábado, domingo o el resto de la semana. Y por supuesto, de poco valió que el sábado estuviera desde las ocho de la mañana en la puerta del establecimiento, pues ese día comenzaban a prestar servicios desde las diez. En las otras dos ocasiones, la falta de conexión con vaya usted a saber qué servidor central, me impidió copiar lo que sea que venga en ese otro paquete.

En el mismo período de tiempo, del viernes al martes, estoy seguro que más de un millón de cubanos han llevado a sus casas, en el momento que así lo entendieron, hasta ocho gigas en series, películas, documentales, música, en fin, todo lo que el nunca bien ponderado paquete les ofrece. Algunos de esos cubanos, lo han hecho en más de una oportunidad.

Entonces, ¿de qué hablamos? No se puede competir a la eficiencia, con la ineficiencia, ni con el rostro apático de las trabajadoras de una institución estatal.

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