Santiago en mí

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Del Zika y otros demonios

Si mal no recuerdo, la última nota de prensa del Ministerio de Salud Pública se había quedado en unos 29 casos de zika en nuestro país, la mayoría de ellos importados (si otra vez no recuerdo mal, solo 3 autóctonos). Y ahora descubro que por mi casa hay varios niños ingresados con sospecha de zika. Lo descubro días después que alguien me comenta que por no sé que parte de la ciudad (disculpen, pero no presté en su momento mucha atención a los detalles), varias personas están ingresadas con (sospecha de ) zika; o que suspendieron su sesión de fisioterapia porque los trabajadores de salud andan de pesquisa.
Pudiera pasar inadvertido, incluso tratar de ocultarlo, pero es que cuando van más de diez personas por día a la casa de esos niños, incluidos altos directivos de los policlínicos, a confirmar que se fumige una y otra vez, que se le tome la temperatura a los familiares, no hay manera que todo se comente.
Imagino que algo similar ocurre en todo el país. Entonces, cuándo se comentará en la televisión nacional al respecto. ¿Es correcta la estadística del Ministerio de Salud Pública, cuando tantas personas son sospechosas de haber contraído la enfermedad? ¿Habrá que esperar que se cree, una vez más, un estado de opinión basada sobre lo que «informan» medios foráneos? ¿Cuándo aprenderemos?

Mirar la feria desde la distancia

Por primera vez en mucho tiempo no participaré de la edición santiaguera de la Feria del Libro. Otras tierras reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos; estaré en la Feria del Libro de Sancti Spiritus, invitado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura de esta provincia.

Casi medio millar de kilómetros separan una Feria de la otra. Y una idiosincrasia.

La Feria santiaguera la conozco. Sus virtudes y defectos. Desde afuera y desde dentro. La extrañaré. La espirituana se abre como un abanico de posibilidades, como un misterio, al que camino expectante.

Poco entonces tendré que decir de cuanto ocurra en el Complejo Cultural Heredia, del 20 al 24 de abril. Otros serán los encargados de valorar la calidad de esta Feria, ya con el handicap de su versión habanera, que tanto dio de qué hablar en los medios digitales y de comunicación cubanos.

Solo destacar las actividades que se planean dedicar a José Soler Puig en su Centenario, como preámbulo del coloquio que a finales de año celebrará la vida y obra del autor El pan dormido; y la presentación de reediciones extraordinarias como el propio El pan dormido, El derrumbe, y La isla de Cuba, esta última de Hypolitte Pyron.

Poco más que decir. Habrá que esperar al cierre de este recorrido del libro por toda Cuba, para sacar las conclusiones pertinentes. Mientras tanto, un consejo: obvie las colas, las insatisfacciones por el libro que no encuentra; piense que siempre habrá, en algún estante, al alcance de la mano, otro libro, un libro que tal vez sea el que, en realidad, marque para siempre su vida.

La lucha contra el Aedes: ¿la otra enfermedad?

Foto: Cubadebate

Ni una puerta cerrada. Ese es el slogan. Realmente siempre lo ha sido, pero ahora, adquiere otras dimensiones. El Zika «sale hasta en la sopa» y el país toma sus medidas extremas. Ni una sola puerta cerrada, es la indicación. Detrás todo un sistema que llega hasta los tribunales. Sobre ello he escuchado de todo, y en todos los tonos. Pero también ha dejado sus anécdotas:

No más llegar pregunté por él. «No vino a trabajar», me dijeron. «Y eso, ¿está enfermo?», pregunté. «Sí, de la otra enfermedad, la fumigación: hoy tocaba en su casa y tenía que esperar por los fumigadores».

El lugar hace la gente

Al menos así debería ser. Estoy convencido de eso. Sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar un lugar en la ciudad (¿en el país?) en el que se pueda compartir con unos amigos sin la agresión de la música de moda (no hablemos ya del volumen). No basta siquiera el nombre, la referencia del lugar. Así me sucedió con Rock Café, un bar temático ubicado en el populoso barrio de Santa Bárbara, a unos pasos de Ferreiro. De atractivo diseño interior, de una sobria y bien pensada identidad en cuanto a diseño se refiere, en sus inicios se preciaba de ser el espacio ideal para disfrutar de la música rock de todos los tiempos, con énfasis, a no dudarlo, en esos setenta prodigiosos. De aquel afán poco queda hoy, al menos por lo visto en esta visita. De cerrar los ojos hubiera dado lo mismos que estuviera en el salón del Rock Café que en la pista Pacho Alonso, o sentado frente a uno de los múltiples programas musicales de la TV cubana. Reguetton en todas sus variantes, con alguna que otra laguna de lo que más suena hoy en Cuba.

Uno logra, no obstante, abstraerse un poco al malestar, a la decepción que significa ver rota la idea que sobre el lugar se tenía, y se deja llevar por la conversación con los amigos, hasta que, en medio de un silencio repentino, se da cuenta que está gritando para entenderse.

También en uno de esos momentos de calma, uno se pregunta por qué la gente debe hacer los lugares y no viceversa; por qué un bar temático como Rock Café debe caer en la tentación de la música de moda para atraer clientes. Para muchos la respuesta quizás sea obvia. Pero a mí no me convence. Creo en que el gusto se forma y cada lugar debe tener su público; un público que sabe qué recibirá en el lugar al que va. De otra forma, sería como pretender que alguien entre a la Sala Dolores esperando ver un concierto de Gente de Zona.

Esto, de cierta forma, es otro azadonazo en ese mar revuelto en que en ha convertido el tema de la cultura en Cuba. Pero es el azadonazo que todavía no estoy dispuesto a dejar de dar.

Alí

No lo conozco ni en fotos; aunque he llegado a pensar que no me hace falta: bastaría mirarme al espejo. Por n-ésima vez me confunden con él. Justo hoy, un hombre, a unos escasos metros de mí, me llama por su nombre: Alí. Sabedor del equívoco le aclaro, tal como hice con la señora que una vez me preguntó por una joven, dueña, seguramente, de los afectos de Alí.

He asumido andar por la vida como si él fuera mi sombra (o yo la suya). He sido blanco de miradas curiosas, incrédulas, de sorpresa. Me han saludado con sincera simpatía, para luego asistir a la turbación ajena. He compartido, incluso, con personas que también compartieron su trato. Todos, de una forma u otra, me lo confirman: somos muy (muy, recalco) parecidos.

Hasta ahora sólo sé que vive fuera de Cuba. Que pocos años atrás estuvo otra vez en Santiago de Cuba, de visita. Que, al parecer, era (es) una buena persona (al menos, nadie me ha agredido bajo el pretexto de su nombre).

No sé, sin embargo, si alguna vez lo han confundido conmigo. Si es consciente de esta similitud. Si en algo lo afecta, o le divierte. Si también a través de la empatía con otros que tal vez le sean ajenos, llegue a la conclusión sobre mis valores humanos.

Así andamos, Alí y yo, Yo y Alí, por estos mundos. Jugarreta de la vida. Me pregunto: ¿cuántos más llevarán a cuesta nuestros rostros?

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