Santiago en mí

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Alí

No lo conozco ni en fotos; aunque he llegado a pensar que no me hace falta: bastaría mirarme al espejo. Por n-ésima vez me confunden con él. Justo hoy, un hombre, a unos escasos metros de mí, me llama por su nombre: Alí. Sabedor del equívoco le aclaro, tal como hice con la señora que una vez me preguntó por una joven, dueña, seguramente, de los afectos de Alí.

He asumido andar por la vida como si él fuera mi sombra (o yo la suya). He sido blanco de miradas curiosas, incrédulas, de sorpresa. Me han saludado con sincera simpatía, para luego asistir a la turbación ajena. He compartido, incluso, con personas que también compartieron su trato. Todos, de una forma u otra, me lo confirman: somos muy (muy, recalco) parecidos.

Hasta ahora sólo sé que vive fuera de Cuba. Que pocos años atrás estuvo otra vez en Santiago de Cuba, de visita. Que, al parecer, era (es) una buena persona (al menos, nadie me ha agredido bajo el pretexto de su nombre).

No sé, sin embargo, si alguna vez lo han confundido conmigo. Si es consciente de esta similitud. Si en algo lo afecta, o le divierte. Si también a través de la empatía con otros que tal vez le sean ajenos, llegue a la conclusión sobre mis valores humanos.

Así andamos, Alí y yo, Yo y Alí, por estos mundos. Jugarreta de la vida. Me pregunto: ¿cuántos más llevarán a cuesta nuestros rostros?

Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 34.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 13 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Los toros desde la barrera

Varias veces me he escuchado diciéndole a quienes todavía estudia(ba)n en la Universidad, que aprovecharan sus tiempos de estudiantes, porque cuando comenzaran a trabajar era otra cosa. Les hablaba siempre con un tono de hombre mayor, responsable (no es que antes no lo fuera), de «tío», como suelen llamarme cada vez más seguido los niños en la calle.

Quizás, antes entendía que era lo correcto decir esto; que era parte de la nostalgia propia y, a la vez, una forma de acercarnos en el tiempo a ese momento crucial y extraordinario de los años universitarios, que todavía nos eran tan cercanos.

Cada año que pasa, en cambio, se aleja más la cuenta. En 2016 cumpliré mi primera década de graduado en la Universidad de la Habana y, aunque los recuerdos de aquel tiempo los guardo tan nítidos, como el salitre del cercano malecón de la ventana de mi cuarto en beca, no puedo dejar de reconocer la tristeza que me trae esta otra manera de envejecer. Sobre todo en estos días de inicio de curso, en los que siento que falta algo.

Ya lo he dicho otras veces: el inicio y el fin de curso eran los mejores momentos de mi vida. Tal vez era la sensación de que algo pasaría, la inminencia de hechos que, aún sin preverlos, los adivinaba trascendentales. Los reencuentros y las despedidas.

Ahora no. Me hablan de uniformes y lápices, de forros para libretas, y asisto a esos trajines como desde otro mundo. La promesa de la intensificación del trabajo, tras estos meses estivales que, aún sin vacaciones se viven en una especie de sopor; no alcanzan a poner en mí el salto en el estómago de antaño.

Desde mañana las calles de Santiago, de toda Cuba, retomarán ese bullicio de cada septiembre. Será como despertar en una especie de «país de maravillas»; una sensación que dura poco, hasta que la maravilla se vuelva rutina.

A veces, como para unirme al festejo, me gusta imaginar dónde estaría, como sería regresar a esa beca, cómo el reencuentro, esos primeros momentos donde la clase pasa a un segundo plano y lo que importa, lo verdaderamente vital, es la conversación con los amigos. A veces, simplemente, sueño despierto.

Después regreso al trabajo: a mirar los toros desde la barrera.

El 500 vox populi

No puede ser de otra forma; ya sabemos que el cubano es así, cuando la coge con algo Y qué mejor que un quinientos aniversario y todo lo que conlleva y conllevará.

Sí, porque, como dicen los comentaristas deportivos, «esto no se acaba hasta que se acaba», y el año del Quinientos comenzó este 25 de julio y se extiende hasta el 25 de julio de 2016, Expósito dixit.

Nada, que todavía hay tiempo para seguirnos asombrando, para disfrutar de tanta inauguración y reinauguración, para terminar de saber por fin si venderá queso en la esquina de San Félix y Heredia; si montaremos en el tranvía; para revisitar el Museo Bacardí, la Galería Oriente, la Casa de la Cerámica.

Ya vendrán los turistas a hospedarse en el Imperial, cuando las lonas que cubren aún parte de la construcción inconclusa, den paso a oropeles similares a los que ya engalanan el lobby.

Ya habrá tiempo. Todo un año. Y mientras, la vida sigue, y las personas no terminarán de sacar de su mente y de sus labios este aniversario. Y cuando no estén contentos con algo: el helado derretido, las tiendas sin jaba de nailon, el transporte que no llega; las medicinas «en falta»; se les escuchará decir, «y eso que estamos en quinientos»; como si la efeméride, por sí sola, fuera a convocar milagros.

La gente, la misma gente que se conmovió con la voz de Vilma acompañada al piano, en una gala artística (creo) muy digna, aunque otros puedan diferir. que aplaudió, aun desde la distancia, el maravilloso espectáculo de pirotecnia con que se dio la bienvenida al 25 de julio.

Todavía hoy se habla de estas últimas jornadas: del carnaval, de las galas, de por qué Eusebio Leal y no Olga Portuondo, y todo bajo el influjo de los quinientos. Y eso no es malo. A fin de cuentas, no todos los días se cumple esa edad. Malo sería caer, una vez más, en eso de la «furia»: «cogerlo todo con furia». ¿Y después?

Después, la vida. La misma de todos los días, en una ciudad un año más vieja, pero que intenta, a toda costa, rejuvenecer, modernizarse. Acompañémosla en ese intento, pero porque lo merece, y no por una fecha, una meta, un compromiso. Santiago es más que un aniversario. Ninguno de nosotros estará dentro de quinientos años más, entonces, lo que vayamos a hacer, hagámoslo ahora. Y bien.

Carnaval plus

Un dedo lastimado me hace cada paso un martirio. Pero camino, porque en casa el agua se reduce a un cubo muy pequeño, y regreso, como a través del desierto, a la casa natal, para tomar el baño de rutina y necesidad; tal vez, incluso, comer, para evitar la imposible fregada en ese otro hogar que me he armado y donde duermo.

Ya todos preguntan «¿y cómo te va el carnaval?», como si fuera lo más importante del día; en sustitución de los saludos habituales. Son días en que parece relegarse el resto de los problemas, aun cuando una conga sume a su estribillo, en frases ciertamente obscenas, el reclamo por el agua; aun cuando algunos, esos que no visitarán las áreas de quioscos y cervezas, se pregunten cómo limpiarán las calles.

Yo soy de esos, no tanto de los que se preguntan, aunque me pregunte; si no de los que no saben qué responder a ese «¿y qué tal el carnaval?», porque lo veo desde las distancias de las calles adyacentes, o porque, sin buscarlo, llega hasta mi ventana a las 2:30 am en los acordes estridentes de una conga trasnochada y los gritos jubilosos que le persiguen.

De tanto en tanto reviso la pluma (la llave, el grifo o como quieran llamarle) en busca de algo más que el ruido asfixiante de la sequía, y advierto cómo el humor se me agria, el ceño se retuerce de sol y preocupaciones. Eso, cuando no camino rumbo a casa, la natal, para quitarme los calores del día. Entonces paso frente a las nuevas fuentes de la ciudad y, por primera vez, las veo en funcionamiento. Tímidas, como toda primera vez. No soy el único. Todos la miran. Obreros y transeúntes. Los unos, atentos a los detalles, a esa agua que tal vez (pienso) no debería derramarse sobre la acera; los otros, curiosos, admirados tal vez, escépticos.

Y arriba, sin saber de dónde viene o en dónde se oculta minutos después, un dron. Sí, un pequeño (comparado, imagino, con los otros, los peligrosos, los de bombas), dron de seis brazos e igual número de hélices, sobrevuela las obras. Alguien ya me lo había comentado, pero vista hace fe.

Allí, sobre nosotros, en inquieto equilibrio, el hielo de Macondo. Ni tiempo a tomarle una foto, un video (como hacen otros); apenas para la anécdota, el instante que dura una nueva punzada en mi dedo lastimado.

Camino a casa, por calles llenas de polvo y sol. Un año atrás, esa esquina estuviera llena de gente, de quioscos, de música. Hoy el sonido de la corneta no nos alcanza. Pero igual estamos en carnaval.

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