Santiago en mí

Archivo para la etiqueta “Avenida Garzón”

Carnaval plus

Un dedo lastimado me hace cada paso un martirio. Pero camino, porque en casa el agua se reduce a un cubo muy pequeño, y regreso, como a través del desierto, a la casa natal, para tomar el baño de rutina y necesidad; tal vez, incluso, comer, para evitar la imposible fregada en ese otro hogar que me he armado y donde duermo.

Ya todos preguntan «¿y cómo te va el carnaval?», como si fuera lo más importante del día; en sustitución de los saludos habituales. Son días en que parece relegarse el resto de los problemas, aun cuando una conga sume a su estribillo, en frases ciertamente obscenas, el reclamo por el agua; aun cuando algunos, esos que no visitarán las áreas de quioscos y cervezas, se pregunten cómo limpiarán las calles.

Yo soy de esos, no tanto de los que se preguntan, aunque me pregunte; si no de los que no saben qué responder a ese «¿y qué tal el carnaval?», porque lo veo desde las distancias de las calles adyacentes, o porque, sin buscarlo, llega hasta mi ventana a las 2:30 am en los acordes estridentes de una conga trasnochada y los gritos jubilosos que le persiguen.

De tanto en tanto reviso la pluma (la llave, el grifo o como quieran llamarle) en busca de algo más que el ruido asfixiante de la sequía, y advierto cómo el humor se me agria, el ceño se retuerce de sol y preocupaciones. Eso, cuando no camino rumbo a casa, la natal, para quitarme los calores del día. Entonces paso frente a las nuevas fuentes de la ciudad y, por primera vez, las veo en funcionamiento. Tímidas, como toda primera vez. No soy el único. Todos la miran. Obreros y transeúntes. Los unos, atentos a los detalles, a esa agua que tal vez (pienso) no debería derramarse sobre la acera; los otros, curiosos, admirados tal vez, escépticos.

Y arriba, sin saber de dónde viene o en dónde se oculta minutos después, un dron. Sí, un pequeño (comparado, imagino, con los otros, los peligrosos, los de bombas), dron de seis brazos e igual número de hélices, sobrevuela las obras. Alguien ya me lo había comentado, pero vista hace fe.

Allí, sobre nosotros, en inquieto equilibrio, el hielo de Macondo. Ni tiempo a tomarle una foto, un video (como hacen otros); apenas para la anécdota, el instante que dura una nueva punzada en mi dedo lastimado.

Camino a casa, por calles llenas de polvo y sol. Un año atrás, esa esquina estuviera llena de gente, de quioscos, de música. Hoy el sonido de la corneta no nos alcanza. Pero igual estamos en carnaval.

Esperando por las cascadas

La primera vez que escuché hablar del proyecto fue a manera de queja. Mucho después el tema ha salido a relucir, una y otra vez, en diferentes oportunidades, escenarios, y de boca de diferentes personas; pero siempre mantuvo el tono de reproche. ¿Una nueva fuente y una cascada de agua en Santiago de Cuba; con esta sequía?

Hasta hoy me había abstenido de emitir criterio alguno. En primer lugar porque he seguido el proceso de construcción de ambas obras como algo ajeno, que veo crecer, de un día a otro, entre las barandas de las camionetas en las que paso rumbo a (o desde) Plaza de Marte. En segundo lugar, porque cuanto sabía del mismo era fruto de los comentarios de la gente en la calle; por un motivo u otro no había accedido a la información oficial sobre el proyecto en ejecución.

Ahora aparece en la edición digital del semanario Sierra Maestra, un detallado artículo sobre estas «cascadas de agua en el centro de Santiago de Cuba». Entre los muchos aspectos técnicos expresados en el mismo, el artículo explica: «El proyecto lleva una cisterna para alimentar los surtidores, que impulsarán el agua que luego descenderá por entre las piedras hasta un receptor que la enviará nuevamente a la cisterna, para reciclarla».

El resaltado es mío. La palabra, creo, es clave: reciclaje; al menos me parece que esa fue la intención. Por sí sola debería calmar los ánimos: no se gastará agua en exceso, con unos pocos metros cúbicos bastará, siempre será la misma agua. Tal vez.

Lo cierto es que habrá que esperar a ver en marcha las tan mentadas fuentes y cascadas para apreciar mejor lo que hasta el momento es ladrillos, rocas y cemento. Llegará el momento de mirar con asombro esta obra de ingeniería y, por qué no, sentirnos orgullosos de nuestros constructores, proyectistas, ingenieros, etc. Habrá que esperar.

No obstante, este nuevo proyecto, de los tantos y tan achacados al quinientos aniversario de la ciudad deja, al menos para mí, una lección. ¿Se le consultó a las personas si estarían de acuerdo con la realización del mismo?. ¿Acaso no son los que día a día pasan por esta céntrica intersección, los que viven cerca, todos los santiagueros, los principales usuarios de esta obra? Me gustaría pensar que de haberse hecho tal consulta, la respuesta hubiera sido «sí, hágase»; porque me gustaría creer que los gestores del proyecto habrían tenido la capacidad, los argumentos, la paciencia, para convercerlos.

Tal vez así, cuando un transeúnte protestara ante las nuevas fuentes y cascadas, que hoy, en medio de esta sequía se erigen, quizás, como la típica soga en casa del ahorcado, o el pan en casa del hambriento; otro le sabría explicar de qué va todo, con capacidad, argumentos y paciencia.

Eso sí, espero que una vez en marcha nunca, nunca, les falte el agua y pasen a ser, como suele ser la la tan cercana fuente del Parque Abel Santamaría, otras moles de cemento reverberando bajo el bochornoso verano santiaguero.

Obras de las cascadas de Garzón. Foto: Sierra Maestra

Navegador de artículos