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Boletín “ACCIÓN CIUDADANA”: una fuente de crónicas santiagueras

Ya me he referido en este blog al Boletín ACCIÓN CIUDADANA, cuyos números ha puesto a mi disposición, generosamente, la MSc Raquel Blanco.

Del por qué surgió este Boletín, allá por la década del 40 del pasado siglo; y quienes fueron sus principales protagonistas, abundo hoy en esta entrada.

La Asociación ACCIÓN CIUDADANA, cuya sede radicó en la calle Estrada Palma (hoy Santo Tomás), en la casa marcada con el número 560, tenía como objeto y finalidad, según rezaban sus estatutos, “cuanto se relacione con el mejoramiento de esta ciudad de Santiago de Cuba en orden material, moral y administrativo, el mejoramiento de las costumbres ciudadanas y la más acertada inversión de los fondos públicos municipales”.

A sus filas podía pertenecerse bajo diversas condiciones, según el pago de una tarifa mensual. De esta forma, su miembros podían catalogarse como Socio Protector, para lo cual abonaba 10 pesos mensuales; Socio Numerario, en el caso de los que abonaban menos de 10 pesos mensuales; y para aquellos que no pudieran pagar tarifa alguna, pero a los cuales les interesara el destino de su ciudad, existía la condición de Socios Supernumerarios, quienes estaban exentos de pago.

En la larga lista de Asociados se podían encontrar los nombres de los más selectos miembros de la sociedad santiaguera de la época, incluidos, entre otros, varios miembros de la familia Bacardí, y el propio Pepín Bosch, presidente de la afamada Compañía Bacardí.

El Consejo Directivo de la Asociación, en 1940, estaba conformado de la siguiente forma:

Presidente: Dr. Rafael G. Ros Estrada

Secretario: Dr. Miguel A. Ibarra Téllez

Tesorero: Ing. Alberto Ferrer Vaillant

Vocales: Luis Casero Guillén; Gerardo Abascal Berenguer; Dr. Agustín Ravelo Hechavarría; Benjamín Bonne B.; Ricardo Bordes y, el Coronel Esteban Rojas.

En septiembre de 1940, los directivos de ACCIÓN CIUDADANA decidieron que su quehacer “resuene y se difunda, saliendo de la cámara de sus consejos y del recinto de sus asambleas”; y crean así, el Boletín ACCIÓN CIUDADANA, cuyo primer número sale a la luz pública el 15 de septiembre de 1940.

En las primeras páginas del Boletín queda registrado el propósito del mismo, en forma de un firme Editorial el cual, además, deja constancia de la situación de la urbe que por entonces vivía sus 425 años de fundada:

“Santiago de Cuba, la ciudad olvidada, la ciudad pestilente de la que huyen sus hijos (…)la ciudad menospreciada por los poderes públicos para los que nada significa ser cuna y sepulcro de muchas de las más grandes figuras de la Cuba legendaria, sacando fuerzas de sus incontables desventuras, se ha incorporado en su lecho de dolor y parece decidida a reconquistar (…)aquellos timbres que en días no lejanos , le dieron, ante propios y extraños, brillo, notoriedad y prestancia (…)¡No es posible seguir consintiendo que un indiferencia criminosa que hasta aquí no han dado más frutas que la censura encubierta o el esgrimo cobarde, hayan convertido la ciudad bienamada, que ha debido ser siempre galardón y orgullo de sus hijos, en vergonzoso exponente de su rebajamiento y menosprecio!

(…) aparece hoy el primer número de ACCIÓN CIUDADANA, revista que será, en todo momento, vehículo de los levantados propósitos de la entidad; instrumento para la consecución de sus nobles fines y patrióticos anhelos; lazo para hacer más estrecha la hermandad que anima a sus componentes; voz serena y desapasionada a través de la cual será distribuida sin debilidad y sin bastardo interés, el aplauso o la censura.

En ningún momento este órgano (…) acudirá a la lisonja (…) para obtener su favor [de los que gobiernan]. Menos empleará en la censura, siempre que censurar deba, la frase malsonante o el concepto lujurioso. El aplauso vendrá determinado por los merecimientos de quien los reciba, en modo alguno por el propósito mezquino de granjearse su afecto para traducirlo en beneficios. En el terreno de la crítica seremos respetuosos y seremos veraces en nuestras informaciones; prestos siempre a rectificarlas cuando en error se incurra, inflexibles en cuanto a exigir el cumplimiento de la ley; severos cuando haya de demandarse la responsabilidad que deba su origen a un principio de conducta impropia, arbitraria o delictiva.”[1]

Entre los colaboradores de este Boletín se encontraban relevantes figuras de la historia santiaguera como: el Coronel del Ejército Libertador Federico Pérez Carbó, y el periodista e historiador Carlos E. Forment Rovira, quien en la primera mitad del pasado siglo se dio a la tarea de continuar la impresionante labor recopilatoria de don Emilio Bacardí, al publicar su primer tomo de Crónicas de Santiago de Cuba[2]; lo cual garantizaba el aporte de excelentes retratos del Santiago de esa época, pero además, vívidos recuerdos de la historia reciente de la que ellos mismos, en muchos casos, fueron protagonistas activos[3]. Así, por ejemplo, en las páginas de ACCIÓN CIUDADANA, se pudo conocer sobre hechos y figuras de las guerras de independencia, contada por los propios mambises que en ella combatieron.

El Boletín ACCIÓN CIUDADANA se estuvo publicando hasta 1960.

En próximas entradas de este blog de seguro haremos nuevas referencias a los artículos publicados en esta inapreciable fuente de crónicas de esta ciudad de Santiago de Cuba.


[1] Puede descargar aquí el editorial en su totalidad.

[2] El segundo tomo no fue publicado hasta varias décadas después, gracias a la labor del Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba, bajo la edición de Ediciones Alqueza.

[3] Entre los colaboradores con que contaron esos primeros números de ACCIÓN CIUDADANA estaban: Antonio Martínez, José J. Tejada, Francisco Ravelo, Alberto Ferrer Vaillant, Gerardo Abascal, Dr. Miguel A. Ibarra, Dr. Agustín Ravelo, Dr. Rafael G. Ros Estrada, Luis Casero, Coronel Federico Pérez Carbó, Dr. Carlos Pera Conesa, Carlos E. Forment Rovira, Francisco Palacios Estrada, Dr. Juan María Ravelo Asencio, Rafael Argilagos, Roberto Ravelo, Dr. Roberto Pujals, Dra. Berta Armaignac y Aurelio Arango.

El murciélago de los Bacardí

En 1862, después de tanto experimentar con la destilación de rones, Facundo Bacardí Massó dio con la fórmula de un ron que con los años se convertiría en el más afamado del mundo. Para la  producción y comercialización del nuevo ron, los hermanos Bacardí Massó (Facundo y José) compraron, ese mismo año, un alambique nombrado “El Marino”.

Cuentan que al entrar por primera vez a la destilería, la esposa de don Facundo, Lucía Victoria Moreau (para algunos Amalia Victoria), se percató del gran número de murciélagos que habitaban las añejas vigas y sin pensarlo mucho propuso que fuera este el símbolo de la nueva bebida.

A los murciélagos se les veía en la tradición como símbolo de salud, fortuna y unidad familiar, lo que para la familia Bacardí se cumplió ampliamente pues el negoció fructificó (no sin sus altas y bajas), llegando a ser una de las familias más acaudaladas de la época y manejando en la actualidad un capital que sobrepasa los varios miles de millones de dólares. Desde su creación asimismo, el negocio ha permanecido como un negocio familiar y privado.

Muchos ven también en la propuesta de doña Lucia Moreau una inteligencia pragmática pues un logotipo fácilmente reconocible podía ser identificado incluso, por el gran número de analfabetos que en el siglo XIX, podían ser clientes en potencia de la bebida.

El murciélago de los Bacardí: el logotipo que identifica a la famosa marca de Ron

La tradición del Ron Bacardí ha sido transmitida de generación en generación guardando siempre el secreto de la fórmula lograda por el primero de los Bacardí en estas tierras santiagueras.

Santiago y los Bacardí

Allá por el año 2007 invité a un amigo ecuatoriano a compartir la experiencia inigualable que representa un partido de pelota entre Santiago e Industriales (ambos en su mejor forma deportiva). El juego tendría como escenario el estadio Guillermón Moncada de esta ciudad. Aún cuando llegamos al con suficiente tiempo de antelación, tuvimos que conformarnos con una dura esquina en lo más alto del jardín izquierdo, o más exactamente, allá donde la línea de tercera base se une con lo más remoto de la pradera izquierda. El estadio estaba a desbordar y, en verdad, mucho no se podía disfrutar desde nuestra posición. Ya comenzaba a lamentarme de mi fortuna cuando desde mi izquierda me llegó una voz que resultó provenir de una hermosa joven de pelo negrísimo. Recuerdo que  llamó su atención el pulóver que yo usaba con la estremecedora foto de Marilyn Manson, pues, al decir de ella, no le resultaba muy común verlo en Santiago, donde la timba y el reguetton se adueñan de casi todo el gusto popular. La chica en cuestión resultó ser habanera y estaba de vacaciones en Santiago junto con unos primos; y más allá que pronosticó una victoria industrialista que a la postre se consolidó, la conversación se tornó tan interesante que poco me importó el resultado final. De cuántos temas no se puede conversar durante las casi tres horas que dura un partido. Hubo un instante en el que se mostró interesada por el “Museo Bacardí” pues creían (ella y sus primos) que estaba dedicado a la famosa y polémica marca de Ron Bacardí y planeaban visitarlo. Me correspondió entonces sacarla de la duda, hablarle de Emilio Bacardí, primer alcalde electo de la ciudad de Santiago de Cuba y de por qué el museo lleva su nombre. Sin embargo siempre quedó en mí la imagen de esa conversación, la coincidencia de un apellido que ha alcanzado notoriedad entre los cubanos por causas tan diversas y, sobre todo, cuál es la verdadera relación del “Hijo Predilecto” de Santiago de Cuba, con la famosa marca de ron. Les hablo pues un poco de los Bacardí y en especial de don Emilio Bacardí Moreau.

La historia de esta familia fue llevada a la literatura, en forma de ficción, por el más encumbrado de los novelistas santiagueros, el Premio Nacional de Literatura José Soler Puig en su novela de 1982 Un mundo de cosas (1982), donde muestra una visión profunda de cómo la familia hizo su fortuna gracias a la fabricación de uno de los rones cubanos más afamados, y cómo influyeron sus diversos personajes en la vida del Santiago de su época.

El linaje de los Bacardí en Cuba comienza con Facundo Bacardí Massó nacido en una región costera de Cataluña, España y que se estableció en Cuba con apenas 16 años. Hijo de comerciantes de vino, en tierra cubana se dedicó al negocio de sus padres y años después, por el  1852 comenzó a experimentar con la destilación de ron con vistas a obtener una bebida más suave. Una vez logrado su objetivo adquirió en Santiago de Cuba, con ayuda de su hermano José, una destilería con la cual funda en 1862 lo que sería la mundialmente reconocida empresa Bacardí, una empresa netamente familiar que con el pasar del tiempo, y no sin algunos tropiezos, se adueñó del comercio del ron en Cuba y buena parte del mundo. Pronto las características únicas de este ron le ganaron amplia popularidad entre los bebedores, lo cual vino a ser respaldado por varios reconocimientos entre los que destaca la Medalla de Oro de la Exposición Universal de Filadelfia en 1876. En es propio año 1876, Facundo se retira del negocio dejándolo en manos de sus hijos, quienes en unión de Enrique Schueg expanden mucho más el negocio y obtienen nuevos mercados. Diez años después de su retiro, el 9 de mayo de 1886, fallece el creador de la marca del Murciélago.

Enrique Schueg descansa junto al alambique de la fábrica adquirida en 1862, por Don Facundo Bacardí. (Dato ofrecido por Igor Guilarte)

Facundo Bacardí, casado desde 1843 con Lucía Victoria Moreau (para algunos Amalia Victoria Moreau), de origen francés, engendró  tres hijos: Emilio, José y Facundo. Aunque los todos se dedicaron al negocio familiar, el mayor, Emilio Bacardí Moreau, trascendería como un patriota ejemplar, historiador, novelista, dramaturgo y, ante todo, un divulgador de la cultura y cronista indiscutible de Santiago de Cuba.

Don Emilio Bacardí Moreau

Emilio Bacardí Moreau, Hijo Predilecto de Santiago de Cuba

Nació el 5 de junio de 1844 en la ciudad de Santiago de Cuba, y a la corta edad de 8 años fue llevado por sus padres a España, huyendo de una epidemia de cólera que se desató en la ciudad entre 1852 y 1853. En Barcelona realizó entonces, el pequeño Emilio, los primeros estudios. A los 14 años regresó a su tierra natal donde continuaría con su formación bajo la tutela de Don Francisco Martínez Betancourt. Su vida en el extranjero, sin embargo, no logró borrar del joven santiaguero los sentimientos criollos que lo llevó a oponerse al régimen colonial.

Como el mayor de los hermanos, al morir su padre, se queda al frente del negocio familiar. Sin embargo, asuntos mayores pronto reclaman su atención. El inicio de la Guerra de los Diez Años lo sorprendió con apenas 24 años y de inmediato se unió a un movimiento que intentó, fallidamente, deponer al gobernador del Departamento Oriental e instaurar en su lugar una Junta Democrática de gobierno. Junto a su hermano Facundo, mantuvo su colaboración activa para con la causa mambisa en cada etapa de lucha, llegando incluso a reunirse con José Martí en 1893 en la vecina isla de Haití  Su imagen de comerciante y hombre de fortuna, miembro de una de las familias más acaudaladas de la época, le favoreció para su movimiento entre la ciudad de Santiago de Cuba y el campo, sirviendo de enlace con el mambisado. Siempre dispuesto a prestar ayuda material y moral a cuanta empresa patriótica lo necesitara, su actividad independentista pronto le granjeó la enemistad de las autoridades coloniales que optaron por su deportación y encarcelamiento en el exilio en dos oportunidades, la primera de ellas durante cuatro largos años en varias cárceles españolas. Al obtener la libertad regresa a Cuba con motivo de la muerte de María Lay quien fuera su primera esposa y con la cual engendró seis hijos, uno de los cuales (Emilio Bacardí Lay) formó parte del Estado Mayor de Antonio Maceo durante la Guerra del 95. La muerte de María fue un duro golpe para don Emilio, quien cayó en una profunda depresión de la cual saldría gracias, en parte, a los cuidados de Elvira Cape, con la que contrajo matrimonio en 1887 y quien se convertiría en su eterna compañera en la vida y en la acción.

La intromisión de los Estados Unidos en la guerra que los cubanos sostenían contra la colonia española sorprende a don Emilio en el exilio por segunda vez, en esta oportunidad en Jamaica.  Ante la nueva situación de la isla los exiliados y desterrados cubanos retornan inmediatamente a Cuba, entre ellos Emilio Bacardí. Consigo trae dos placas de mármol para ser colocadas en las respectivas tumbas de Carlos Manuel de Céspedes y Martí, lo que constituyó el primer acto genuinamente cubano por la veneración de estos dos héroes.

En noviembre de 1898 el mando norteamericano, como reconocimiento a los méritos de Emilio Bacardí, lo designa como alcalde municipal de Santiago de Cuba. Adoptó don Emilio su nuevo cargo entereza y humildad admirable y encaminó sus esfuerzos a fomentar el desarrollo comunitario, brindar trabajo y atender los intereses locales. Durante su gestión honesta y justa fundó instituciones culturales, abrió escuelas y bibliotecas para pobres, hospederías y casa de beneficencia para desamparados, mejoró el estado de sanidad, reparó y construyó calles, restableció servicios públicos, emprendió un plan de mejoras en la urbanización y todo, con un celoso control del presupuesto público. Igualmente fundó una Asamblea de Vecinos integrada por 20 notables santiagueros mediante la cual los mismos santiagueros debatían y planteaban medidas sobre temas vitales para la recuperación y florecimiento de la ciudad. Esta asamblea demostró la capacidad de los cubanos para autogobernarse. Su actitud antidogmática y opuesta a la intervención norteamericana, le valió la enemistas del gobernador de la provincia por lo que renunció a su cargo dejando tras de sí, una ejemplo de administración admirable.

Su encomiable gestión le valió que, en 1901, se convirtiera en el primer alcalde santiaguero elegido por voto popular con una mayoría del 61% de los sufragios. Aprovecharía entonces el nuevo período de cuatro años al frente de la ciudad para llevar a feliz término proyectos inconclusos y comenzar el desarrollo de otros de igual beneficio popular.

En 1906 recibió el nombramiento como Senador de la República, cargo en el cual continuó con su labor de bienestar social. Sin embargo, más tarde también renunciaría a este cargo al evidenciar  el descrédito del gobierno neocolonial. En 1909 se retira de la vida política dedicándose por completo a su labor literaria.

Entre las numerosas huellas que dejó la gestión de don Emilio Bacardí como alcalde de la ciudad de Santiago de Cuba podemos señalar los siguientes:

  • Creación del Museo Municipal, primero de su tipo en Cuba
  • Cooperó en el rescate y conservación de la casa natal del poeta José María Heredia, dando a una calle cubana, por vez primera, el nombre de un patriota
  • Fundó la Banda de Música Municipal
  • Creó la Academia de Bellas Artes, así como escuelas y bibliotecas públicas.
  • A él se debe la electrificación de buena parte de la ciudad, el asfaltado de sus calles, la construcción de la escalinata de Padre Pico y la Fiesta de la Bandera, cada 31 de diciembre (idea original de Ángel Chichi Moya)
Vista del Museo Emilio Bacardí en Santiago de Cuba

Como reconocimiento a su incansable labor y entrega por el desarrollo y bienestar de su ciudad natal, a la cual dedicó todos sus esfuerzos, el 21 de marzo de 1906 el Ayuntamiento lo declaró como Hijo Predilecto de Santiago de Cuba.

El 28 de agosto de 1922, a los 78 años de edad, expiraba el último suspiro don Emilio Bacardí, en su quinta del poblado de Cuabitas, en las afueras de la ciudad querida. La noticia cobró titulares y su sepelio se convirtió en una muestra de dolor y cariño de toda la población santiaguera acompañó, sin distinción de razas, religiones ni banderas, el paso de la caravana mortuoria en una de las mayores muestras de duelo popular vistas en la ciudad de Santiago de Cuba.

Quedaron para la posteridad sus contribuciones para el desarrollo urbanístico de su Santiago y una extensa obra literaria e histórica que incluye novelas donde se describe de modo realista la vida santiaguera de siglos precedentes. Una de sus obras cumbre resultaron los diez tomos de “Crónicas de Santiago de Cuba” donde de manera detallada describe cuanto sucedió en la séptima de las primeras villas fundadas en tierra cubana desde su instauración a mediados del 1515 hasta inicios del siglo XX y que sirven de invaluable fuente de información para historiadores y lectores en general.

Igor Guilarte Fong, autor de la monografía “Emilio Bacardí: diamante de múltiples facetas”, se lamenta, no sin razón, que “en los tiempos actuales, pese a sus numerosos méritos para ser valorado cual piedra preciosa, el nombre del Hijo Predilecto de Santiago de Cuba es apenas conocido entre hojarascas; y su vida y obra vagamente tratadas desde perspectivas especializadas. ¿Acaso hombre tan excelso no merece el reconocimiento de las presentes generaciones?”. Esperemos que con este breve bosquejo también contribuyamos a poner a la figura de don Emilio Bacardí en el altar que merece.

El “triste destino” de la marca Bacardí

Después de la muerte de Facundo Bacardí el negocio familiar continuó su ascenso en el mercado nacional e internacional, siempre bajo la tutoría de los Bacardí, abriendo oficinas en varios países y llegando a manejar durante la época de 1920 un capital que ascendía a los seis millones de pesos. La huella de don Emilio también quedó en esta esfera. Obra de su gestión es la construcción en la década del 20 del siglo XX del edificio Bacardí en la capital (Avenida de Bélgica No. 261 entre Empedrado y San Juan de Dios) considerado uno de los mejores ejemplos de Art Decó en La Habana y el cual estaba encaminado servir de las oficinas de la sucursal de la marca Bacardí.

Edificio Bacardí. Su construcción culminó en 1930 y fue utilizado como sede de la sucursal habanera de la marca Bacardí.

En 1960, la fábrica de los Bacardí pasó a ser propiedad estatal. Los miembros de la acaudalada familia, como muchos otros dueños de bienes nacionalizados, se marcharon de la isla con su capital y se asentaron en Puerto Rico desde donde se produce en la actualidad el ron que mantiene la marca Bacardí, aunque sus oficinas centrales radican en la actualidad en España.

En el año 2000 el escritor colombiano Hernando Calvo Ospina, publicó su libro “Ron Bacardí: la guerra oculta” donde demuestra los vínculos de los dueños de la marca de Ron con la Central de Inteligencia Americana (CIA) y la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), en actos de violencia contra la Revolución Cubana. Un triste final para un apellido que tanto hizo por Cuba y su independencia.

Para profundizar en la vida y obra de Emilio Bacardí les recomiendo leer el trabajo de Igor Guilarte Fong “Emilio Bacardí: diamante de múltiples facetas disponible en: http://www.monografias.com/trabajos76/emilio-barcardi-diamante-multiples-facetas/emilio-barcardi-diamante-multiples-facetas.shtml

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