Santiago en mí

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El lugar hace la gente

Al menos así debería ser. Estoy convencido de eso. Sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar un lugar en la ciudad (¿en el país?) en el que se pueda compartir con unos amigos sin la agresión de la música de moda (no hablemos ya del volumen). No basta siquiera el nombre, la referencia del lugar. Así me sucedió con Rock Café, un bar temático ubicado en el populoso barrio de Santa Bárbara, a unos pasos de Ferreiro. De atractivo diseño interior, de una sobria y bien pensada identidad en cuanto a diseño se refiere, en sus inicios se preciaba de ser el espacio ideal para disfrutar de la música rock de todos los tiempos, con énfasis, a no dudarlo, en esos setenta prodigiosos. De aquel afán poco queda hoy, al menos por lo visto en esta visita. De cerrar los ojos hubiera dado lo mismos que estuviera en el salón del Rock Café que en la pista Pacho Alonso, o sentado frente a uno de los múltiples programas musicales de la TV cubana. Reguetton en todas sus variantes, con alguna que otra laguna de lo que más suena hoy en Cuba.

Uno logra, no obstante, abstraerse un poco al malestar, a la decepción que significa ver rota la idea que sobre el lugar se tenía, y se deja llevar por la conversación con los amigos, hasta que, en medio de un silencio repentino, se da cuenta que está gritando para entenderse.

También en uno de esos momentos de calma, uno se pregunta por qué la gente debe hacer los lugares y no viceversa; por qué un bar temático como Rock Café debe caer en la tentación de la música de moda para atraer clientes. Para muchos la respuesta quizás sea obvia. Pero a mí no me convence. Creo en que el gusto se forma y cada lugar debe tener su público; un público que sabe qué recibirá en el lugar al que va. De otra forma, sería como pretender que alguien entre a la Sala Dolores esperando ver un concierto de Gente de Zona.

Esto, de cierta forma, es otro azadonazo en ese mar revuelto en que en ha convertido el tema de la cultura en Cuba. Pero es el azadonazo que todavía no estoy dispuesto a dejar de dar.

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¿Día de la cultura nacional?

Por estos días todo gira en torno a una fecha: 20 de octubre; Día de la Cultura Cubana. Jornada se le da en llamar a todo cuanto se hace bajo este signo. Y todo, es una larga programación de actividades, como las que a veces no hay en todo un mes; y se espera que en cada una el público rebose los espacios, como si de pronto una epifanía les convierta en amantes de la música clásica, del canto lírico, de la trova o de una obra de teatro.

Pero el cronograma no debe de fallar: ¿diez actividades?, pues diez actividades; ¿veinte?, pues que sean veinte. Qué importa que el guitarrista concertista comience su actuación agradeciendo al distinguido y exiguo público que ocupa apenas dos de las sillas dispuestas para el espectáculo; o que en el breve espacio de una cuadra, unos bafles a todo volumen molesten a los que asisten a una peña cultural adyacente, o filtren el sonido de tambores sobre los acordes de un grupo de jazz que ahora se inserta en la salsa.

Es la cultura nacional, y hay que celebrarla. Porque así mandan los planes de trabajo que piden desde arriba. Qué importa que las actividades no sean lo suficiente atractivas como para apartar a niños y jóvenes de sus móviles, tablets, de sus paquetes.

¿Qué es la cultura nacional? Cada vez el término me suena más a artesanía, a feria para turistas; a pasado relegado. ¿Suena pesimista? Será porque el sábado en la noche me enfrenté a 23 y M y tuve que soportar la oda al mal gusto que fue la presencia de los cantantes de la Charanga Habanera; como sacados de un molde, no sólo físico, sino mental, que tristemente se repite día a día en nuestras calles, en nuestros medios. ¿Esa es nuestra cultura?, ¿lo es la celebración de Halloween?, ¿lo son las piyamadas?

Martí dijo, Patria es humanidad. La Patria delante, antes que todo. Pero hoy parece invertirse la fórmula, la Humanidad es la Patria. La patria, lo nacional, lo cubano, de último. Mientras más foráneo, mejor. No importa. Ya se encargarán los planes, los cronogramas, de recordarnos cada año que hay una semana para celebrar eso que llaman cultura nacional. Hasta un día

Pablo Milanés, desde la sección B-5

Pablo Milanés en Santiago de Cuba

Vista del concierto de Pablo Milanes en Santiago de Cuba. Foto: Sierra Maestra.

Después de veinte años Pablo Milanés cantó en Santiago de Cuba, en un Teatro Heredia desbordado y participativo (como me gusta verlo), durante más de hora y media.

Fue una deuda saldada con creces. El público (más de dos mil personas), agradeció cada canción, y coreó, como “coral fantástica”, los temas más reconocidos del cantautor. Fue un concierto del que, no dudo, la prensa solo sabrá brindar elogios. Y no dudo que los valga; de parte de Pablo y sus músicos todo contribuyó a ello. Pero esas alabanzas al concierto ofrecido en el “majestuoso” escenario santiaguero, solo pueden ser dichas por quien no se halla sentado en la sección B-5, fila 3, butaca 8 del balcón del complejo cultural Heredia, o en cualquiera de las butacas de dicho balcón, incluso, por algunos que alcanzaron sitio en la platea del teatro.

Y es que en ese rincón de la edificación el concierto se escucha como si intentáramos reconocer sonidos que emergen desde los instrumentos de músicos que tocan en un local cerrado, mientras permanecemos en la calle.

La música y la voz de Pablo nos llegaban reverberantes desde el escenario, y a mis espaldas se podía sentir, casi tocar, un silencio decepcionante. Graves faltas en el sistema de audio de un escenario como el del Heredia, mutaron hasta lo irreconocible algunas canciones y todos los comentarios del cantautor. Temas como “Proposiciones”, “Los días de gloria”, “De qué callada manera”, “Ámame como soy”, hasta el fantástico cierre con “El breve espacio”, fue posible escucharlas con mejor calidad gracias a que, como buen cubano, nos corre por la sangre y las cantamos desde el recuerdo; y al extraordinariamente afinado coro de mil gargantas que acompañaba estas piezas clásicas.

Lamentable que un espacio como el Heredia, llamado a ser el escenario de las grandes actuaciones en esta ciudad, prive a sus clientes el disfrute a plenitud de cuanto acontece en su tarima, debido a un deficiente diseño de sonido que silencia en varias secciones de la edificación, cuanto se dice en el proscenio.

Pablo cantó, después de dos décadas y Santiago de Cuba lo agradeció como sabe hacerlo con los grandes artistas. Él cumplió, pero al Heredia le queda mucha deuda todavía con su público.

 

Artículos relacionados:

http://www.sierramaestra.cu/santiago/cultura/como-coral-fantastica-califica-pablo-milanes-a-publico-de-santiago-de-cuba

http://www.cubasi.cu/cubasi-noticias-cuba-mundo-ultima-hora/item/20150-santiagueros-cantaron-con-pablo-milanes

 

Tony Ávila: trova para reír con la cabeza

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Si alguna vez alguien preguntara a qué se debe la popularidad alcanzada por el trovador matancero Tony Ávila, bastaría con invitarlo a uno de sus conciertos; uno, tal vez, como el ofrecido este miércoles, durante más de dos horas, en la Sala Dolores de esta ciudad; como parte de las jornadas del 51 Festival Internacional de la Trova “Pepe Sánchez”.

Dicharachero, jodedor, ocurrente, “científicamente negro”, Tony enseguida cautiva a su público, y los hace cómplices de su música inteligente, aún cuando algunos (muchos) no puedan mantenerse quietos en sus asientos, movidos por ritmos de una sonoridad cubana por todos lados.

Con una poética ya (me atrevería a decir) característica, Tony retrata a la sociedad cubana en sus más polémicas aristas y lo hace, sin pelos en la lengua, pero sí con una simpatía que no oculta en la sonrisa la reflexión.

La emigración, la racialidad, el día a día de los cubanos pasa por los textos del cardenense y llega contundente a un público que entre aplausos y risas, exclama una y otra vez afirmativo, y dice “así mismo es”, como si estuviera en cualquier debate político.

Y es que la canción de Tony tampoco oculta su marcado carácter político, o de “canción protesta”, por la que él mismo confirmo su afinidad; pero sin caer en retóricas o discursos fáciles, más bien añadiendo esa gracia propia de los cubanos y unos versos que se me antojan solo pueden salir de sus manos.

En diferentes momentos de la noche, acompañaron a Tony los trovadores Pepe Ordaz, Sonia Silvestre y Eduardo Sosa, en una especie de cofradía que añadió puntos extras a un, de por sí, ya admirable concierto; que brinda ribetes excepcionales a una nueva edición de los Festivales de la Trova en Santiago de Cuba, y habla muy bien de las gestiones de Eduardo Sosa, como presidente del Festival.

Todavía queda mucha cuerda por sonar y pareciera que las noches no alcanzan, para tanta música. Hasta ahora, el “Pepe Sánchez” late con fuerza.

Arte entre montañas

“A mí me gusta compay, vivir aquí donde vivo…”
Fragmento del tema A mí me gusta, compay,de Eduardo Sosa.
Eduardo Sosa sí que ama a Tumba 7. No solo lo dicen sus canciones: ahora lo reafirma un nuevo proyecto que pretende crear para llevar hasta allí lo más destacado de la cancionística cubana.
 Su peña cultural en la Casa del Alba en La Habana ha sido el punto inicial de esta idea con alcance nacional, y en la que ya se incluyen las provincias de Villa Clara y Camagüey.
 “Cuando la solicitud de Villa Clara para que estuviera allá solo puse una condición: que me llevaran a los municipios. De esa manera he tenido a Corina Mestre en Corralillos; por Manicaragua han paso Angelito Quintero y Martha Campos; Raúl Torres cantando en un parquecito chiquito en Quemado de Güines; en Camajuaní, Calabazar… lugares así poco favorecidos con el arte”.
¿Sueño por cumplir?
 “Lo que yo digo es que estoy matándome el enanito que no pude matar en mi infancia. Yo me volvía loco por querer ver a mucha gente allá en Mayarí, y en Tumba 7 ya era soñar demasiado, pero que pasaran por ahí para poder verlos no solo por televisión. Entonces estoy tratando de que esos sueños, que todavía mucha gente los tiene en esos lugares, los haga realidad.”
 Municipios camagüeyanos como Vertientes, Sibanicú y Esmeralda ya han disfrutado de reconocidos intérpretes de la cancionística cubana gracias a la idea de Sosa de extender el arte por comunidades poco beneficiadas con la cultura. Excelente intención que ahora tiene a Santiago de Cuba como próximo destino.
“Hacerlo aquí va a ser el punto culminante de todo este proyecto, de este gran sueño, porque entonces sí podré llevar a muchos artistas a Tumba 7, a Guamá, a Chivirico, a Tercer Frente… a esos lugares a donde nadie va, o si van es solo a las fiestas populares. Pero yo quiero que lo mismo en el patio de un museo que en una casa de cultura, la gente pueda compartir con esos artistas, que lo toquen, que vean cómo es que toman un café, o qué le gusta y qué no, y además de eso, ellos actúen para la comunidad”.
 Los encuentros pretenden realizarse cada dos meses, siempre con la conducción de Eduardo Sosa y con la presencia de actores, músicos, cantantes y otras personalidades del mundo cultural cubano.
 He aquí el sueño de un trovador santiaguero, la ilusión de un guajiro devenido en uno de los más importantes y auténticos exponentes de ese género en el país, que sabe lo que puede cambiar el arte, y cómo en medio de la montaña, el sonido de una guitarra y una voz se escuchan diferentes.

Tomado de lo que no te había dicho

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